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La llegada de los primeros días de calor ha provocado que muchos ciudadanos acudan a las playas de Cantabria, a pesar de que la temporada oficial de vigilancia aún no ha comenzado. En arenales como Loredo, Somo o Liencres, ya es habitual ver a bañistas y familias en la orilla, una situación que entraña un riesgo considerable al no haber socorristas. Así lo advierte Damián Freeman, monitor de surf en Loredo con más de 20 años de experiencia, quien conoce de primera mano los peligros del mar. Freeman explica la situación desde la propia arena de la playa de Loredo, donde puede haber 200 o 300 usuarios sin ninguna vigilancia. Aunque muchos sean surfistas experimentados, también hay bañistas que desconocen las corrientes, las pozas o las resacas. “Ahora mismo no hay ningún socorrista”, señala, mientras a su alrededor hay jóvenes preparándose para entrar al agua. El riesgo, insiste, está presente aunque el día esté nublado o la playa no parezca abarrotada. Damián Freeman no habla de oídas. El verano pasado vivió un episodio que todavía le pone “los pelos de punta”. Durante una clase de surf en la playa de Loredo, en un día que describe como “precioso”, con sol y mar manejable, se percató de un peligro inesperado. Un amigo le había avisado de una corriente muy fuerte tras haber sacado él mismo a dos menores del agua. Mientras impartía su clase, salió del agua para localizar a un alumno y fue entonces cuando vio algo flotando a unos 50 o 60 metros. Al principio pensó que eran algas, pero enseguida distinguió la cabeza de un niño que salía para tomar aire y volvía a hundirse. En ese instante, relata, se activó su entrenamiento de socorrista. Sin perder de vista el punto donde había visto al niño, cogió su tabla y remó con todas sus fuerzas. “Yo creo que no he remado así en mi vida”, confesó. Al llegar, vio al pequeño en el fondo, metió la mano y consiguió sacarlo agarrándolo por el pelo. El niño, de unos cinco o seis años, no respondía al principio, pero tras unas palmadas en la cara, abrió los ojos brevemente antes de volver a cerrarlos. Subirlo a la tabla y llevarlo a la orilla fue la siguiente fase de un rescate que duró apenas unos minutos, un tiempo que en el mar puede ser decisivo. Este suceso demuestra que el peligro en el mar no siempre es evidente. A menudo, los rescates se asocian a temporales o bandera roja, pero este ocurrió en un día de buenas condiciones. La clave fue una fuerte corriente en una zona concreta donde la marea subiendo había formado una especie de piscina natural en la orilla, dando una falsa sensación de seguridad a los bañistas. Las corrientes pueden arrastrar a una persona mar adentro sin que se dé cuenta, y el pánico puede agravar rápidamente la situación si no se tiene experiencia. Por ello, Freeman insiste en la importancia de conocer la playa y respetar el mar, especialmente cuando no hay vigilancia. En muchas playas cántabras, antes del inicio de la temporada de socorrismo, los surfistas son quienes más tiempo pasan en el agua. Su conocimiento del medio, de las corrientes y de los bancos de arena los convierte, a menudo, en los primeros en reaccionar ante una emergencia. Damián Freeman no lo plantea como una heroicidad, sino como una realidad cotidiana para quienes viven el mar de cerca. Sin embargo, advierte que esta responsabilidad no debería recaer únicamente en ellos. “Si no es por los surfistas que están en el agua, yo creo que habría muchos más ahogos en estas playas”, afirma. Esta contundente frase subraya una realidad incómoda: las playas se usan antes de que el dispositivo de vigilancia esté plenamente operativo. Por este motivo, Damián propone la creación de un cuerpo de profesionales más estable que trabaje durante todo el año, especialmente en playas complejas como Somo, Loredo, Liencres o San Vicente. Aclara que no critica a los socorristas jóvenes de verano, sino que aboga por un sistema de vigilancia más profesionalizado y con presencia extendida, acorde a una temporada de baño que, marcada por el clima, cada vez se adelanta más a la oficial.
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