COPE
De lavativas, de jamón ibérico, de Amazon... nuestros Fósforos nos cuentan a qué congreso asistió y qué le hizo particular. Antonio Agredano les dedica sus Crónicas Perplejas Entiendo que los congresos son el trámite necesario para poder llegar a los canapés. Como excusa, es de las mejores. Un hotel bonito, un montón de carpetas con folios en blanco y bolígrafos, un lanyard azul, mucho powerpoint, alguna risa forzada, y a beber. No sé. Nunca he ido a ninguno. Ojalá alguno de autónomos. Que metan en la carpeta algunos kleenex para poder llorar en las butacas. Es maravilloso el ser humano, qué interés tiene siempre en relacionarse, en ser escuchado, en compartir espacios con otros seres humanos. Yo creo que es el amor, o el deseo de amor, lo que mueve el mundo. Que todos los inventos y todas las ocurrencias y todo el arte y hasta la palabra misma, desde el principio de la historia de la humanidad, buscan ese encuentro. Los congresos también. Me gustan los cócteles tras los eventos. Ponerse estratégicamente en el paso de los camareros. El palillo, la servilleta, la loncha de morcón, las copas de vino blanco cogidas al vuelo, ponerse piripi, acercarse a las muchachas y a los muchachos. Comentar lo interesantes que te han resultado las ponencias. Aquí está todo inventado ya. Como estoy mayor y ya no salgo, esto de los canapés son como mis marchas. Cuando están ya pasando las bandejas con los pastelitos, me lanzo a por la última copa antes de que nos corten el grifo. Cuento chistes, me pongo pesado, lo que antes hacía de noche, sobre el suelo pegajoso de los pubs, ahora lo hago sobre la moqueta de los hoteles o entre los setos de bonitos jardines. Cambia el contexto, pero no la actitud. Siempre me he sentido como un halcón herido por las flechas de la incertidumbre. Contado así, y con esas perspectivas, como que me están entrando ganas de apuntarme a un congreso, aunque sea de farmacéuticos.
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