COPE
La vigesimotercera de San Isidro dejó una de esas historias que explican por qué Madrid sigue siendo Madrid. No hubo puertas grandes ni trofeos importantes, pero sí una actuación que quedará grabada en la memoria de la feria. Víctor Hernández convirtió el sexto de la tarde en una lección de verdad, de valor y de compromiso absoluto con su profesión. Lo hizo frente a un toro peligroso, después de sufrir dos cogidas espeluznantes y cuando cualquiera habría entendido una retirada digna. Mientras tanto, la corrida dejó también un sabor amargo por el desaprovechado lote de Jandilla que cayó en manos de Emilio de Justo y por una actuación desdibujada de Borja Jiménez a pocos días de encerrarse con seis toros en esta misma plaza. La tarde había arrancado precisamente con uno de los toros más completos del festejo. Un burraco de Jandilla que salió al ruedo con movilidad, transmisión y una embestida exigente pero siempre humillada y entregada. Emilio de Justo lo entendió por momentos, especialmente sobre la mano derecha sin ayuda, donde logró pasajes de interés ante un toro que nunca dejó de exigir colocación y gobierno. Sin embargo, la sensación fue que el extremeño dejó escapar una parte importante del potencial que tenía delante. La faena tuvo episodios notables, pero no terminó de alcanzar el vuelo que reclamaba la calidad del animal. Más evidente resultó todavía con el cuarto, el extraordinario "Lacerado". Un cinqueño armónico, serio y con una embestida de las que marcan una tarde. Humilló, repitió, tuvo transmisión, duración y una capacidad extraordinaria para mantener el ritmo de principio a fin. De Justo construyó una obra con momentos brillantes, especialmente al natural, donde llegaron los pasajes más profundos y sentidos de toda su actuación. Hubo una tanda zurda que puso a la plaza en pie y varios remates de enorme categoría. Sin embargo, el conjunto nunca terminó de romper definitivamente. Los aceros volvieron a aparecer como una losa y dejaron en simple ovación una faena que pudo haber cambiado por completo el signo de la tarde. El reconocimiento terminó recayendo sobre el toro, justamente ovacionado por una condición excepcional. Borja Jiménez tampoco encontró el rumbo de la tarde. Su primero, un toro noble pero condicionado por el viento y por cierta falta de entrega, nunca terminó de encontrar acople con la muleta del sevillano. Hubo voluntad, pero escasa conexión. Más decepcionante resultó lo sucedido con el quinto, un sobrero de Santiago Domecq que ofreció movilidad y opciones para construir algo importante. Jiménez nunca terminó de verlo claro, se mostró acelerado por momentos y la faena avanzó sin dirección definida. Una actuación demasiado gris para un torero que afronta en apenas unos días uno de los compromisos más importantes de su carrera. Y entonces llegó el sexto. La tarde parecía agotarse cuando apareció aquel enorme toro de Santiago Domecq. Bastó un lance para que todo cambiara. Víctor Hernández quiso recibirlo por delantales sin probaturas, clavado en el tercio. El toro lo arrolló de lleno, lo levantó por los aires y terminó arrastrándolo varios metros con el pitón asomando por la hombrera de la chaquetilla. La escena fue sobrecogedora. La ropa quedó destrozada y el torero, milagrosamente ileso. Lo que vino después pertenece a esa categoría de actuaciones que escapan a las estadísticas. Hernández se quedó prácticamente en chaleco y decidió seguir adelante frente a un toro que ya había aprendido demasiado pronto dónde estaba el hombre. El animal comenzó a medir, a escarbar, a esperar cada movimiento. Un toro de los que obligan a pensar antes de cada cite. Y aun así, el madrileño se fue a los medios para brindar. Fue una declaración de intenciones. La faena transitó permanentemente por la frontera que separa el toreo del drama. Hernández planteó la pelea como si estuviera delante de un toro colaborador, cruzándose siempre, ofreciendo los vuelos al hocico y manteniendo una serenidad impropia de la situación. Cada muletazo parecía imposible. Cada serie terminaba con la sensación de que el siguiente viaje podía ser el último. Hasta que llegó una segunda cogida brutal. El toro volvió a prenderlo, esta vez por la zona de la axila, destrozándole también el chaleco y lanzándolo violentamente contra la arena. La plaza contuvo la respiración. Él volvió a levantarse. Y volvió a la cara del toro. Ya no se trataba de una faena ni de una posible oreja. Era otra cosa. Era la demostración desnuda de un torero que se negaba a rendirse. Los naturales finales, dibujados entre el peligro y la convicción, tuvieron más valor emocional que cualquier trofeo. La estocada cayó trasera y los descabellos terminaron por diluir cualquier opción de premio. Pero para entonces eso ya había dejado de importar. Antes de llegar al drama del sexto, Víctor Hernández ya había dejado señales muy claras de su determinación frente al tercero de Jandilla. Un toro justo de fuerzas y escaso recorrido que fue apagándose conforme avanzó la faena. El madrileño apostó por la paciencia y el oficio, intentando construir una obra donde apenas había materia prima para hacerlo. Hubo momentos de solvencia y una actitud siempre firme, especialmente en el tramo final, donde decidió jugarse el todo por el todo con unas manoletinas ajustadísimas que conectaron con los tendidos. La faena quedó condicionada por la falta de profundidad del toro, pero Hernández volvió a demostrar esa capacidad para mantenerse siempre en la pelea, incluso cuando las opciones reales de triunfo eran escasas. Víctor Hernández firmó una tarde de las que marcan una trayectoria y explican por qué Las Ventas sigue siendo el escenario donde el valor, cuando es de verdad, adquiere una dimensión distinta.
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