ABC
¿Alguien se ha preguntado por qué anhelamos, si nadie nos ha prometido nada? ¿Por qué esperamos a Godot? Lo lógico sería resignarnos a este puñetero valle de lágrimas. Pero el corazón persiste, incandescente como el de Ícaro. Hay misterios como hitos, que señalan un camino. ¿Cómo es que, en un mundo de tiranos despreciables, llevamos cuatro papas -cuatro- que han herido de muerte al totalitarismo (Juan Pablo II); al escepticismo positivista (Benedicto XVI); a la indiferencia ante los miserables (Francisco) o a la IA (León XIV)? ¿Qué nación ha tenido cuatro dirigentes así? Hay un ingrediente no desdeñable en este viento que guía una institución tan falible como la Iglesia. Por este «viento que sopla como quiere» se pueden atar cabos... demasiadas casualidades para quien reflexiona. Hay quien piensa que creer es dejar de buscar o de pensar, y no. La fe es para buscar más, para hacer la travesía de la vida con el máximo de vela, a todo trapo. La respuesta a la visita de León XIV no es fetichismo, ni histerismo de masas -en general- sino deseo de recibir lo que guía al Papa, una fuerza que no poseemos ni él posee, pero que hace sabrosa la existencia. Con este pedro del siglo XXI, menos rudo y embustero -es lo que tiene Chicago- viaja otra cosa, algo inefable, cuya sorpresa queremos catar. Por eso nos ponemos gorritas y mochilas impensables y agitamos banderines que no se pueden exhibir sin pudor. Sacamos a las calles nuestras heridas, tragedias personales, recelos. Hacemos orear la casa, con la esperanza de que un impulso impetuoso la convierta en barco. Esperamos porque ya nos ha ocurrido antes, ya nos estremecimos a la voz de Juan Pablo II: «¡No tengáis miedo!»; abrimos la mente con Benedicto XVI: «¡Razón y fe no se excluyen!» y finalmente, cambiamos de mirada con Francisco: «El otro es la oportunidad ¡hagan lío!». Y llega León XIV , tras recorrer Perú en burro, y le dice al algoritmo: ¡Basta! Basta de fingir que los tahúres de los datos tienen la clave. No tienen una boñiga. Van de prisa y no saben adónde, «tienen ojos, pero no ven», clasifican, analizan, calculan un saldo con la misma eficacia que un exterminio, pero ni sufren, ni gozan, ni sudan, ni se quiebran. León le ha dicho a Faraón que aparte las zarpas de los suyos. David le grita a Goliat el dolor del ser humano, que padece la realidad como la máquina no puede. ¡Resulta que es León, no gato desungulado! Es zarpa de Dios. Fauces poderosas. Rugido. Salto. A ver qué pasa estos días. Andábamos cabizbajos y hemos levantado la mirada ¿Acaso no es ya un milagro? La IA, el algoritmo de los poderosos, nos susurra como Satán: «Abandona toda esperanza»... ¡León XIV, bienvenido!
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