ABC
Hay acontecimientos que se viven y pasan, ocupan durante unos días la conversación y desaparecen. Hay otros que no solo ocurren: se siembran. Dejan preguntas que ya no pueden acallarse del todo. El lema de la visita apostólica de León XIV a España –«Alzad la mirada»– posee esa fuerza especial. Vivimos una época marcada por aceleración, fragmentación e hiperconectividad; muchos estímulos y escasa perspectiva. Alzar la mirada significa recuperar horizonte, volver a preguntarnos hacia dónde caminamos y qué clase de sociedad estamos construyendo. El Papa aterriza en un contexto internacional delicado: deterioro humanitario global, tensiones geopolíticas, nuevas formas de desigualdad e incertidumbre cultural se intensificaron tras la pandemia, generado malestar y desesperanza que demandan una buena ética. Ante una transformación sistémica profunda, esta visita va más allá del ámbito eclesial. Un viaje histórico. Poco después de publicar su primera encíclica, 'Magnifica humanitas', aparece como la gran voz moral del escenario internacional. Una combinación profética de serenidad, claridad intelectual y valentía cívica frente a las pretensiones de arbitrariedad y dominio de los grandes poderes. Llega a una ciudad y una diócesis que vive las grandes encrucijadas: relaciones cristianismo-islam, migraciones, fractura norte-sur, conflictos armados, crisis climática o violaciones de derechos humanos. No es una nueva fase de la modernidad, sino el tránsito hacia una época histórica distinta, que pone en juego la comprensión de lo humano. De ahí una pregunta decisiva: quiénes somos y cuál es el fundamento de nuestra dignidad allí donde se desdibujan los anclajes y las raíces. La crisis actual no es solo económica o política; es civilizatoria. Afecta a los fundamentos en que se construyeron nuestros consensos morales y democráticos. No es casual el nombre de León. Evoca a quien guió a la Iglesia en plena revolución industrial, y se reconoce heredero del espíritu de san Agustín, testigo de otra gran transición histórica. 'Magnifica humanitas' aporta una intuición de enorme alcance: si nuestras democracias y sistemas de derechos aparecen vulnerables es porque sus fundamentos culturales y antropológicos no arraigaron con profundidad. La dignidad humana no puede depender de consensos cambiantes, mayorías circunstanciales o meras lógicas procedimentales. Existe una verdad sobre el ser humano anterior a cualquier poder y superior a toda ingeniería social o tecnológica. Con lenguas distintas, culturas diversas y sistemas políticos diferentes, compartimos una condición humana irreductible. Ningún poder puede fabricar una humanidad nueva a su medida ni reducir a la persona a material manipulable. La dignidad humana es incondicional e inviolable. En continuidad con el camino sinodal, León XIV trae una profunda reflexión sobre la regeneración de la vida pública. La sinodalidad, forma de caminar eclesial, ofrece una inspiración ante la polarización, individualismo y guerras culturales. Frente a la lógica del enfrentamiento permanente, reivindica discernimiento, encuentro y una razón pública iluminada por el bien común. Por eso insiste tanto en la paz: no solo ausencia de violencia, sino forma concreta de habitar el mundo. No puede reducirse a aspiración diplomática; es tarea histórica y cultural compartida. León XIV insiste en una idea sencilla y exigente: no hacer cosas por la paz, sino que cada uno de nosotros sea paz. En su viaje a África, continente marcado por conflictos armados, se consolidó como voz profética de reconciliación internacional. La paz necesita personas capaces de encarnarla en lo cotidiano: en la familia, trabajo, barrios y vida pública. Una paz inseparable de la justicia; desarmada y desarmante. Madrid vive un momento particularmente intenso: dinamismo económico, diversidad humana, vitalidad cultural y capacidad de acogida. Pero crecen las polarizaciones, se debilitan los vínculos cotidianos y es difícil construir espacios compartidos de pertenencia. Barrios llenos de personas, pero sin comunidad. Compartimos calles, transportes y pantallas, pero sin encontrarnos verdaderamente. Son fracturas que sufren los más vulnerables: quienes viven la pobreza, la migración, la soledad o la invisibilidad social. Gobernados por la velocidad económica y tecnológica, el riesgo es convertir la utilidad en principal criterio de valor. Pero la tradición social cristiana recuerda algo esencial: una sociedad verdaderamente desarrollada no deja fuera de su horizonte a quien más necesita de cuidados. Por eso el Papa iniciará su visita pastoral desde los lugares de sufrimiento y presencia de la Iglesia en Madrid. En continuidad con el magisterio del Papa Francisco –con 'Laudato si' y 'Fratelli tutti'– León XIV advierte sobre los riesgos de un paradigma tecnocrático que multiplica la capacidad técnica sin garantizar un crecimiento ético equivalente. Lo decisivo no es el hacer tecnológico, sino el control de esas herramientas y la visión del ser humano que utilizan. Estas transformaciones afectan especialmente a los jóvenes. Ansiedad, agotamiento emocional, dificultades para acceder a la vivienda o a un trabajo digno y sensación de desorientación vital son experiencias comunes. Uno de los mayores desafíos será recuperar la capacidad de discernimiento: distinguir entre urgente e importante, entre ruido y sentido. El Papa se encontrará un Madrid que conoce la diversidad. Esa pluralidad es una enorme riqueza que exige aprendizajes colectivos de convivencia más allá de la coexistencia; espacios comunes donde la diferencia no sea amenaza, sino posibilidad de enriquecimiento mutuo. La visita coincide con un momento espiritual interesante. Contra pronósticos simplificadores, se dan nuevas búsquedas religiosas, especialmente entre jóvenes. Ahí radica el verdadero alcance de la visita: León XIV no solo se dirigirá a los practicantes, trae un mensaje trascendente a la ciudad entera. No plantea una pregunta exclusivamente confesional. Es profundamente humana: cómo reconstruir sociedades capaces de cuidar, dialogar, convivir y proteger la dignidad de todos. Alzar la mirada significa negarse a aceptar una fragmentación irreversible, la polarización como destino o que la tecnología determine por sí sola el futuro humano. Significa volver a preguntarnos quiénes somos, hacia dónde vamos y qué convivencia deseamos construir. Y, en todo ello, abrir espacio a la propuesta del Dios de Jesucristo. La invitación más profunda en estos días, a la que los católicos queremos contribuir y animar, es que, juntos, podamos realmente alzar la mirada.
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