El Plural
Madrid se prepara para recibir a León XIV en una visita que volverá a situar a la capital española en el centro del mapa católico internacional. Sin embargo, la llegada del nuevo Pontífice no constituye un episodio aislado, sino el último capítulo de una historia que ha acompañado la propia transformación política, social y urbana de la ciudad durante más de cuatro décadas. Cada visita papal ha encontrado una capital distinta y, al mismo tiempo, ha dejado una huella singular en ella. La relación contemporánea entre Madrid y los sucesores de San Pedro comenzó oficialmente en 1982. Aquel viaje apostólico de Juan Pablo II, inicialmente previsto para coincidir con las elecciones generales que acabarían llevando a Felipe González a La Moncloa, tuvo que aplazarse varios meses. Cuando finalmente se produjo, en noviembre de ese año, España acababa de inaugurar una nueva etapa política y la capital se convirtió en el escenario de una imagen que aún permanece grabada en la memoria colectiva: el Pontífice polaco descendiendo del avión en Barajas y besando el suelo español. Aquella primera visita simbolizaba el encuentro entre una Iglesia de enorme influencia social y una democracia que todavía consolidaba sus instituciones. Juan Pablo II fue recibido por el alcalde Enrique Tierno Galván, agnóstico declarado y una de las figuras más representativas de la transición política. La fotografía de ambos compartiendo protocolo institucional reflejaba una España que intentaba armonizar tradición religiosa y modernidad democrática. Durante aquellos días, el Papa protagonizó algunos de los actos más multitudinarios que había vivido la ciudad hasta entonces. El estadio Santiago Bernabéu acogió un histórico encuentro con cerca de 150.000 jóvenes, mientras que las grandes avenidas y plazas madrileñas se transformaron en escenarios de celebraciones religiosas masivas. La capital descubría por primera vez la capacidad de movilización que acompañaba a los viajes internacionales de Karol Wojtyła. De la Madrid olímpica a la ciudad global La segunda gran etapa de esta relación llegaría en los años noventa. En 1993, Juan Pablo II regresó a una ciudad muy diferente. Madrid ya había dejado atrás los años de la transición para convertirse en una gran metrópoli europea en plena expansión económica y cultural. Fue entonces cuando la plaza de Colón se consolidó como uno de los grandes símbolos de las visitas papales. La misa multitudinaria celebrada en ese enclave reunió a cerca de un millón de personas y confirmó que la capital era capaz de organizar eventos religiosos de dimensiones internacionales. Aquel acto marcó un precedente para futuras concentraciones y reforzó el papel de Madrid como una de las principales puertas de entrada del catolicismo en Europa. Una década después, en 2003, Juan Pablo II regresó por última vez. La ciudad vivía entonces bajo el impulso urbanístico y económico de los primeros años del siglo XXI. El Ayuntamiento, presidido por Alberto Ruiz-Gallardón, desplegó uno de los mayores dispositivos municipales jamás organizados hasta ese momento para garantizar el desarrollo de la visita. Miles de policías, sanitarios, bomberos y trabajadores municipales participaron en una operación logística...
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