COPE
Hace dos años, Esther, una ingeniera de Tarragona que trabajaba en Google, decidió dar un giro de 180 grados a su vida. Cansada de pasar entre 10 y 12 horas diarias frente a una pantalla, dejó su empleo en Barcelona para mudarse al campo y fundar Can Silvestre, una residencia artística en una masía del siglo XIX. Su objetivo era reconectar con la vida real y el mundo natural. La vida de Esther en la multinacional tecnológica estaba marcada por el estrés y la desconexión. “Sentía que estaba perdiéndome lo que es la vida real”, señala. Esta insatisfacción fue el motor que la impulsó a buscar un propósito diferente, más alineado con sus valores y su necesidad de contacto humano y con la naturaleza. El cambio no fue inmediato. Según relata, le tomó dos años de coaching y psicología trabajar sus miedos y creencias limitantes. “Yo hace 4 años pensaba que una vida así no era posible”, confiesa. Creía que el éxito solo se encontraba en el mundo corporativo, una idea que ha logrado deconstruir. “Estoy muy contenta de haberme atrevido a hacer ese cambio”, afirma. El proyecto nació de forma orgánica. Al comprar la masía, Esther comenzó a organizar talleres de espiritualidad, yoga y arte. Los asistentes, inspirados por el lugar, le pedían quedarse más tiempo. Así, lo que empezó como alojamientos de fin de semana evolucionó hasta convertirse en una residencia artística a tiempo completo. “Este espacio, de alguna forma, eligió y la comunidad eligió que se convirtiera en una residencia para artistas”, explica. En Can Silvestre, los creativos disponen de todo lo necesario para centrarse en su obra. La estancia incluye alojamiento, comidas, limpieza y acceso a talleres y espacios de trabajo, como un antiguo pajar rehabilitado como estudio de arte. El silencio y la tranquilidad del entorno son dos de los activos más valorados por los residentes, que llegan de todas partes del mundo. La demanda es tan alta que la residencia tiene lleno hasta finales de mayo y ya está recibiendo reservas para octubre. Actualmente, puede acoger hasta a cuatro artistas simultáneamente, pero hay planes de ampliación. “La idea es poder acoger hasta 10 artistas”, comenta Esther, con el fin de dar cabida también a residencias grupales y proyectos de cocreación. La masía, que data de 1806, ha sido restaurada respetando su arquitectura y tradiciones. Esther ha querido honrar “la historia y la cultura catalana”, conservando elementos originales como los suelos de madera de roble, las vigas y la cerámica. La vida en Can Silvestre se rige por principios de sostenibilidad, con un huerto basado en la permacultura y el uso de proveedores locales para la cocina. Para Esther, que se define como “de ciudad”, el huerto es su “laboratorio”. “No había plantado ni una lechuga en mi vida”, bromea. Ahora, encuentra una profunda satisfacción en cultivar sus propios alimentos. Este aprendizaje constante y el contacto directo con la tierra son, para ella, “el regalo y la recompensa de este proyecto”. Además ha creado una plataforma tecnológica que conecta a artistas con residencias creativas similares en todo el mundo, demostrando que su pasado en el sector tecnológico sigue presente, pero ahora con un propósito renovado y alineado con su nueva vida.
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