ABC
Ni siquiera veintiséis años al frente de la Iglesia le valieron a Juan Pablo II para superar aquella expresión tan célebre pronunciada durante la homilía del comienzo de su pontificado: «¡No temáis! ¡Abrid las puertas a Cristo!». Aquel grito profético rápidamente se convirtió en el epitafio de un papado que ha quedado grabado en la memoria de toda una generación. De aquella predicación, sin embargo, muchos olvidaron lo más interesante. El polaco no sólo utilizó el sencillo 'aprire', sino que se recreó en la potencia del 'spalancate'. El ánimo de Wojtyla, refinado con la riqueza del italiano, era el de abrir el corazón de miles de jóvenes «de par en par» y remover la palanca de la Iglesia «quanto più è possibile», lo máximo posible. Algunas décadas después, el anhelo de Juan Pablo II parece haberse hecho realidad. Frente a la idea del joven católico como una rara avis, recluido en las trincheras de su nostalgia, protegido de la intemperie secular, la realidad nos habla de un creciente número de creyentes en nuestro país que han abierto de par en par las ventanas de su fe para mirar decididamente al mundo que les rodea. Muchos son los síntomas que apuntan a un cambio de tendencia: aquellas cabezas gachas, como avergonzadas por el estigma de una creencia algo anticuada, ahora parecen dibujar una sonrisa serena en los rostros de los jóvenes. ¿Qué ha pasado en España para que ser católico esté de moda? Nada como tocar fondo para entender el milagro de la flotación, claro. Las últimas décadas han supuesto un auténtico naufragio sociológico para la Iglesia en España, que el CIS ha cifrado con cierta frialdad: en apenas diez años, la población que se dice católica ha caído del 72 al 52,8 por ciento. El mapa de la fe pierde consistencia. Un lúcido informe de Pew Research lo advirtió en 2018: aunque el 92 por ciento de los españoles compartimos el barniz de una educación cristiana, la afiliación real languidece. El drama no es solo la pérdida de fieles, sino la quiebra de la transmisión: ese residual 8 por ciento que jamás ha escuchado hablar de Cristo en las aulas se dispara hoy hasta rozar un tercio de la población. Hasta hace nada, en este Babel de valores intercambiables el catolicismo parecía abocado a convertirse en un idioma en vías de desaparición. Y sin embargo ha emergido un brote. Más allá del fenómeno de Rosalía, el taquillazo de 'Los Domingos' o los conciertos abarrotados de Hakuna, cabe preguntarse qué grieta se ha abierto para que ese residuo porcentual vuelva a latir. Las mismas encuestas que certificaban entonces un acta de defunción se ven ahora obligadas a registrar una anomalía: el pasado año, el CIS reconoció un repunte, situando el número de jóvenes católicos en el 38,5 por ciento, casi cinco puntos por encima del mínimo histórico registrado en 2021. Frente a cierta inercia sociológica, los más jóvenes han transformado la herencia recibida en una elección libre: si el drama del siglo pasado fue una fe por defecto, el reverso esperanzado de esta moneda es el nacimiento de una fe por insumisión. Que las ventanas estén abiertas de par en par, claro, es la garantía de que entre el aire fresco. Porque esta insumisión no nace de una moda gaseosa, sino de una fe encarnada: entre 2020 y 2025, el porcentaje de jóvenes que se confiesan «católicos practicantes» se ha duplicado –pasando del 5,9 al 12,8 por ciento−, mientras que el ateísmo militante retrocede con fuerza del 25,2 al 18,2 por ciento. Pero lo verdaderamente revolucionario, tal y como revela el Informe Jóvenes Españoles 2026 de la Fundación SM, no es la cantidad, sino la calidad del dogma. Frente al descenso de las espiritualidades new age como el desapego del karma −que cae del 68 al 62,6 po ciento−, emerge con fuerza la concepción de «Dios como un padre bondadoso que nos cuida y nos ama». Una certeza que salta del 27,7 al 39,6 por ciento en apenas cinco años. Y más allá de las estadísticas, la juventud española ha recobrado una mirada bienaventurada. La fe no es para los más jóvenes un refugio cuando el fracaso, ni tampoco un consuelo ante las contrariedades. El catolicismo se ha reivindicado durante estos últimos años como la mejor excusa para brindar y hasta como pretexto para el gozo matrimonial. Tal y como recoge el citado informe de SM, las creencias de estos jóvenes influyen ya decisivamente en sus proyectos vitales (41,2 por ciento) y, asombrosamente, en sus «momentos de alegría, felicidad y diversión»; un indicador que escalaba el pasado año hasta el 45,7 frente al exiguo 18 por ciento que marcaba en 1994. Así la religión ya no se vive como un corsé sino como el hilo musical que acompaña una religiosidad festiva. Quizás ese envite celebrativo sea la respuesta que andábamos buscando. La juventud española ha superado toda tentación jansenista y ha recobrado la sobrenaturalidad en su mirada. Bastaba con asomarse a esa ventana abierta para comprender que el mundo no es un enemigo del que esconderse, sino la realidad concreta de todas nuestras bendiciones. Bajo esta óptica, el «giro católico» del que predican unos y otros no es más que una respiración renovada ante un ahogamiento religioso que se venía acentuando. Miguel D'Ors lo escribió con más belleza: «Católicas mis manos, católica mi frente, / católica mi forma de escribir este verso, / católicos mi vientre, mis noches, mis heridas, / la risa con que miro el tamaño del tiempo; / católico en Logroño, católico cenando, / en octubre, desnudo, sonándome, en français; / católico pecando, católico pidiendo / perdón por mis pecados, y pecando, y mil veces; / católico perdido −qué ganado−, que el mundo / lo señala, católico, lo humilla, / católico, le escupe, lo arrincona, / lo crucifica un poco −qué suerte: lo va haciendo / (Mateo, 5, 11) un bienaventurado−». Nada como rozar la asfixia para recuperar, al fin, esta particular forma de respiración. Con todo, en medio de desafíos y destellos, solo las décadas venideras desvelarán el alcance real de esta tendencia. Hace casi cincuenta años Juan Pablo II intuyó la potencia de aquel spalancate que hoy, convertido en brisa, airea las esperanzas de una nueva generación. Sólo queda esperar que León XIV, con su invitación a «alzar la mirada», pueda lograr un verdadero cambio de paradigma para las futuras generaciones: que los jóvenes entiendan que mirar hacia arriba es, en el fondo, la única manera de mirar de frente al mundo. Esas puertas y ventanas abiertas de par en par nos devuelven a una realidad que se resiste a ser un páramo desolado. Quizás el verdadero milagro consista precisamente en eso: que una generación haya vuelto a cantar su fe en medio del mundo porque la vive, al fin, como una bienaventuranza.
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