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Ni manifestación folclórica ni pieza de museo. León XIV ha reivindicado este domingo en la plaza de Cibeles una fe que «sale al encuentro», recorre las calles y se transforma en caridad. Ante más de un millón doscientas mil personas congregadas para la misa del Corpus Christi, el Papa ha defendido una religiosidad capaz de hacerse presente en la vida pública y comprometida con los desafíos de la sociedad. Un mensaje que inevitablemente contrasta con quienes sostienen que la religión debe quedar confinada al ámbito privado. La referencia no podía ser casual. En la solemnidad del Corpus Christi –una de las celebraciones que mejor expresan la manifestación pública de la fe católica, en la que no se procesiona una imagen sino la hostia consagrada, que para los creyentes supone la presencia real del propio Cristo– León XIV ha querido recordar que «no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad». Su mensaje, dirigido en principio a los fieles, también ha resonado en toda la sociedad. No en vano, Cibeles es paso casi obligado de la mayoría de las manifestaciones que, casi a diario, reivindican en Madrid las más insólitas peticiones. Pero este domingo el Papa ha ido más allá al poner al mismo Jesucristo al frente de ese recorrido por las calles de Madrid. De manera real, con la procesión del Corpus que ha seguido a la celebración eucarística, y previamente con el recuerdo, en su homilía, de que «Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios». En esa línea ha recordado que las «solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español» y que «todavía hoy expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país». «No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético», sino de la fe en la presencia del Señor Resucitado, «que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros», ha reivindicado. En otro significativo gesto, también ha destacado que «la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico». Vincular la «memoria histórica» –una expresión que Gobiernos socialistas como los de Rodríguez Zapatero y Sánchez han empleado para ajustar cuentas con la Iglesia católica– con una reivindicación de la fe en la esfera pública no parece un gesto casual. La expresión adquiere una resonancia particular después de que la Secretaría de Estado vaticana haya revisado uno a uno todos los discursos tras la polémica que suscitó la biografía laudatoria del presidente del Gobierno que incorporaba el documento que la Sala Stampa facilitó a los periodistas extranjeros. León XIV ha insistido en la idea y ha encomendado «a la España de hoy y de mañana» que «la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy». Y a ello le ha añadido el matiz de la caridad, a la que la Iglesia católica ha vinculado tradicionalmente la fiesta del Corpus Christi, para pedir que se viva como «una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo». Porque «el Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados», ha explicado. Las palabras del Pontífice han resonado con fuerza en una España que vive desde hace décadas un proceso de secularización que en los últimos años parece amortiguarse. Una laicización de la sociedad que, aunque preocupa a la Iglesia, ha encontrado un aliado en el Ejecutivo de Sánchez, que en estos años ha tratado de arrinconar la religión al ámbito privado y reducir su celebración al interior de los templos.
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