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Por fin Zverev, campeón de Roland Garros
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Por fin Zverev, campeón de Roland Garros

Y por fin, Alexander Zverev . Después de despuntar con 19 años, de perseguir al Big 3, de ser perseguido y superado por el Big 2, de entender que debía seguir y seguir y seguir, por fin levanta su primer Grand Slam, este Roland Garros que parecía destinado para Jannik Sinner antes de empezar el torneo, pero que levanta el alemán, 29 años, por tenis, convicción, madurez, tranquilidad, su gestión del vértigo, su enorme servicio, su estupendo revés y todos los recursos que ha ido adquiriendo en esta carrera infatigable hasta la cima. Con una final agónica de nervios, tensión, presión ante Flavio Cobolli, Zverev ya es uno de los elegidos, campeón de Roland Garros. Le costará, muchísimo, por un Cobolli bravo y por ese asomarse al abismo del campeón que atenaza física y sobre todo mentalmente al alemán sobre todo en el cuarto set. Pero rompe la etiqueta del mejor tenista sin un Grand Slam, después de tres finales perdidas (US Open 2020 ante Thiem, Roland Garros 2024 ante Alcaraz y Abierto de Australia 2025 ante Sinner) a fuerza de empeño, sacrificio y una agonía que se recordará también mucho tiempo en esta Philippe Chatrier. Se quedó sin salir a jugar sin semifinales por la incomparecencia de Matteo Arnaldi y nota Cobolli algo de frialdad en esta primera gran final de su vida. Una doble falta, errores, dos bolas de rotura en contra que sí puede levantar y ocho minutos para sumar su primer juego. También enfrente hay un Zverev que intenta poner las bases de su estilo y de toda su experiencia con sacudidas de revés y de derecha, que ofrece una buena muestra de su excelente forma física y que lidera desde el inicio con un 'break' a la primera porque quiere, necesita, se cree por fin merecedor de este primer Grand Slam en su carrera. Se le buscaba a Zverev siempre los golpes de derecha, el golpe más débil del alemán. Y ha activado esa arma de maravilla. Ya no solo no tiembla sino que es agresivo y contundente, ya no espera a trabajar el punto, a cansar al rival, ya es capaz de ejecutar ganadores desde cualquier punto de la pista. Como muestra en todo el primer set, con el que manda en sus puntos de saque y atiza cuanto puede al resto. Hay potencia, claro, muy buenos saques y rondando todos a 200 kilómetros por hora, pero también hay juego, mucho juego. Que Cobolli es uno de los últimos reductos de jugador de tierra y conoce bien sus trucos; también Zverev, que ha multiplicado sus recursos y desespera al italiano con esas cruzadas altas, esos reveses paralelos bajísimos, esos cambios de guardia hacia la red, y que lo aturden hasta conseguir un segundo 'break' y otro turno de saque fácil para un 5-1 muy muy firme en 30 minutos. Tiene Cobolli a todo un palco de unas 50 personas vestidas de azul que intenta arropar a su chico conscientes los amigos que está sufriendo en la pista. No sabe qué hacer el 14 del mundo ante esta torre llamada Zverev que se consolida más y más cada punto, con un 80 % de primeros servicios y a una media de kilómetros por hora. La nota para los supersticiosos es que incluso la pelota se alía con el alemán en un par de puntos en los que baila con la cinta para caer al lado del italiano. Demasiado nivel para Cobolli, a quien la grada intenta animar, que lo ve sufrir, pero está este Zverev tan de dulce que cierra el set con un derechazo que fulmina al italiano y apaga los aplausos. Respira Cobolli durante un rato, se despega de la presión del alemán y suma sin demasiados problemas sus dos primeros turnos de saque. Al menos, no empezar abajo a las primeras de cambio. Y anima él a la grada para que el partido cambie a su favor, que está demasiado frío y a él le gusta el público se caliente, enredar con lo que pueda. Le da aliento como para elevarse sobre el propio servicio del alemán y robarle una oportunidad de rotura. Se la niega este Zverev que percute y percute y percute. Aguanta y aguanta y aguanta todo lo que puede Cobolli, pero el número 3 del mundo está en disposición de ganar su primer Grand Slam precisamente por esta inalterabilidad en su rostro y su paciencia: 25 intercambios hasta tumbar al italiano. Pero Cobolli encuentra por fin el empujón, que consigue una tercera opción de rotura que por fin conquista para alegría de los suyos y de la grada, que se vuelca siempre la Philippe Chatrier con el que sufre. Sobre todo, para alegría del italiano, que levanta el puño y su mirada pasa de frustración a ilusión, a creerse que sí que tiene el nivel. Tanto como para forzar los nervios de Zverev, el 14 del mundo se lo cree, y a lo grande e iguala la final en resultado y en intensidad. Liberado el italiano, despliega todo su arsenal de trucos sobre la arena, que son muchos. El saque lo sostiene con firmeza, atiende a las dejadas del alemán y ejecuta él también las suyas. Hay más convicción en su derecha y aunque sufre con un Zverev lanzado en el resto (que gana el 90 % de los puntos al ataque), también intenta meter dudas en el rival cuando puede. No son muchas las ocasiones porque el alemán sigue ahí, con algún gesto contrariado que otro, pero conocedor de que esto es muy largo, que, como ha repetido estos días, habrá momentos del partido en el que el rival sea mejor, pero hay que aceptarlo y seguir. Como sigue ejecutando su saque y su derecha para alcanzar el 5-4 y meter toda la presión a Cobolli. Zverev ha pasado más veces por ahí y sabe que puede costar mucho estos momentos. Le pesa a Cobolli, que se enreda con los puntos largos del alemán y concede una bola de set que no puede proteger ni con el servicio ni con la derecha. Para sorpresa de todos, el imperturbable Zverev levanta los brazos, ruge a la grada, pide el aplauso, esto está cerca, a solo un set de su primer Grand Slam. Pero sabe que esto será largo. Esto es una final de Grand Slam, y el 3 del mundo también lo sufre: empieza el cuarto set cediendo su servicio, síntomas de que se ve muy cerca del título pero no quiere pensar todavía en eso. No con este Cobolli que ha demostrado que no le va a perder la cara al choque y va a por todas con esa rotura a favor. Se reparten el nerviosismo, conscientes ambos de la importancia de este duelo. Sufre lo suyo Zverev; se lo devuelve Cobolli, algo frenético, con una doble falta y dos errores para ceder el saque en el sexto juego. La adrenalina en los gestos tan italianos del italiano hacia su palco. La presión del alemán en sus golpes a destiempo, su poca movilidad, sus errores de cálculo y de ideas, para volver a ceder su servicio. La resistencia de Cobolli a las tres horas de partido para impulsarse hasta el 5-3 y exponer las dudas de un Zverev algo tocado físicamente. Cuando no le llegan las piernas, Zverev activa el brazo, se olvida de la presión y solo mira la pelota. De vuelta a los saques directos, a los derechazos y a la agresividad para recuperar la rotura y ponerse con 6-5 al resto de Cobolli, desnortado con este Zverev que no podía, pero ahora sí y de qué manera. Aunque el italiano advierte las dificultades del alemán y mueve y mueve al rival para que el cuarto set multiplique la adrenalina en el 'tie break'. Es otra final dentro de la final. Guerrero Cobolli a las tres horas y media de encuentro, del 1-3 al 4-3 y al 5-3 con una doble falta del alemán, todavía renqueante y con toda la presión atenazada en sus hombros. Cobolli, sin embargo, vuela más ligero y sin miedo, lo que le permite firmar un puntazo con una derecha en carrera para llevar la final al quinto set. Es una agonía por parte de los dos, pero el alemán ya ha pasado más veces por esta situación. Para bien y para mal, sobre todo para mal. Y sabía que esto podía pasar. Por eso se agarra mejor que Cobolli en este último capítulo del partido. El italiano tampoco puede más, sobre todo por cabeza, y se le acumulan los errores en los primeros juegos lo que permite al número 3 del mundo recuperarse del malestar físico y ejercer por fin de maestro. Un doble 'break' lo acerca más que nunca al título, pero no se quiere fiar Zverev, que ya ha pasado por aquí. Y son cuatro horas de desgaste. Es en este epílogo cuando Zverev demuestra que lo tenía todo para ganar este Roland Garros, este primer Grand Slam. Más calmado y paciente, reparte los golpes justos y las carreras eficaces para un 4-0 que lo hace respirar, aunque Cobolli le repita con descaro que sigue ahí, que todavía no ha acabado, aunque también sus piernas lo paguen, masajeado en dos turnos de saque en ese muslo derecho que ya no puede más. El mejor tenista sin Grand Slams rompe la etiqueta con un servicio directo a la historia de este deporte. Título 25 de su carrera. Por fin el himno alemán en un gran trofeo, cortando una racha de treinta años (Boris Becker, Abierto de Australia 1996). Por fin, Alexander Zverev, campeón de Roland Garros.

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