ABC
Los dos primeros días de la visita apostólica de León XIV a España han dejado una impresión difícil de ignorar. No solo por la magnitud de la respuesta ciudadana, sino por la naturaleza de lo ocurrido. En una época marcada por la dispersión, la aceleración y el predominio del ruido sobre la reflexión, resulta extraordinario contemplar a cientos de miles de personas reunidas en torno a una propuesta de silencio, oración y esperanza. La imagen de medio millón de jóvenes guardando silencio durante la vigilia en Madrid constituye uno de los acontecimientos más llamativos de los últimos años. También lo es la gigantesca multitud congregada en torno a la celebración del Corpus Christi en la plaza de Cibeles. Más allá de las cifras, lo relevante es que el Pontífice ha logrado captar la atención de una sociedad frecuentemente descrita como indiferente ante el hecho religioso. Lo ha hecho, además, sin fórmulas fáciles ni mensajes acomodaticios, sino apelando a la responsabilidad personal, a la búsqueda de la verdad y al compromiso. Desde su llegada, León XIV ha mostrado una notable coherencia entre sus gestos y sus palabras. Su primera parada en Madrid fue un pequeño centro dedicado a la acogida de personas vulnerables. Allí recordó que la caridad no puede reducirse a un sentimiento abstracto ni a una tarea secundaria, sino que es el corazón mismo de la misión cristiana. En una sociedad donde el riesgo de la indiferencia se hace cada vez más visible, su llamada a reconocer en cada persona una dignidad inviolable adquiere una singular relevancia. Ante las autoridades reunidas en el Palacio Real, León XIV elevó el foco hacia los desafíos colectivos de España y de Europa. Su discurso destacó por una reflexión particularmente lúcida sobre el muro de la polarización, las simplificaciones ideológicas y la sustitución de la realidad por relatos interesados. Frente a una cultura pública que con frecuencia alienta el enfrentamiento y la descalificación, defendió la necesidad del encuentro, del diálogo y de una comprensión más atenta de la complejidad social. Son palabras que trascienden cualquier coyuntura política concreta y que afectan al modo mismo en que se construye la convivencia democrática. Notable fue también su encuentro con los jóvenes. Lejos de presentar la fe como refugio o evasión, León XIV la propuso como una manera plenamente humana de estar en el mundo. Habló de silencio frente al ruido permanente de las redes sociales, de coherencia frente a la pose y de vocación frente al miedo al compromiso. Su exhortación final –«sed humanos»– resume una visión exigente y esperanzadora a la vez. En un tiempo dominado por la superficialidad y la ansiedad, la propuesta es tan sencilla como radical. Puede que estemos antes los primeros signos de una renovación espiritual entre los jóvenes españoles: no un retorno a los sacramentos, sino un redescubrimiento de las propias convicciones en un tiempo que las disuelve. La homilía de ayer en la solemnidad del Corpus Christi completó ese mismo mensaje. El Papa reivindicó la tradición religiosa española no como una reliquia del pasado ni como un elemento folclórico, sino como una fuente capaz de inspirar responsabilidad, solidaridad y compromiso con el bien común. Su invitación a que la religiosidad española siga siendo una escuela de fe, de servicio y de presencia activa en la sociedad constituye también una llamada a superar tanto la nostalgia estéril como la secularización indiferente. La principal lección de estas primeras jornadas es que subsiste en España una demanda de sentido mucho más honda de lo que sugieren algunos diagnósticos apresurados. La respuesta multitudinaria a León XIV demuestra que existe una parte significativa de la sociedad abierta a escuchar mensajes que apelan a la verdad, la responsabilidad, la dignidad humana y la esperanza. El Papa no ha venido a alimentar divisiones ni a intervenir en controversias partidistas. Ha venido a recordar que ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre intereses, consignas o emociones pasajeras. Necesita convicciones, referencias morales y voluntad de encuentro. A juzgar por lo visto en Madrid durante estos dos primeros días, ese mensaje ha encontrado una acogida tan amplia como significativa.
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