ABC
De algún modo, el Congreso parecía haberse quedado congelado en un aplauso, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa en el instante exacto en el que el adulto entra en la habitación en la que unos niños llevan horas zurrándose. Y le da por preguntar: «¿Cómo están los chicos más buenos del mundo?», con el tonillo a lo Julie Andrews, la inocencia montando guardia y una incapacidad ontológica para sospechar lo que allí estaba ocurriendo minutos antes; y, lo que es peor, sin poder imaginar lo que volvería a suceder segundos después, en cuanto el adulto deje de mirar, cierre la puerta de nuevo y los mismos que posaban como los Niños Cantores de Viena se vuelvan a liar a patadas y a mordiscos, como perfectos salvajes. Tenían que haberlos visto: todos con cara de niños buenos, serios y educados; todos y todas con su traje oscuro, excepto Carla Antonelli, que optó por usar el 'privilegio de blanco' que el protocolo reserva a la Reina, y los hombros de Montse Minguez, a los que solo les faltó ponerse un poco de crema para empezar a tirar selfies como si estuviera en un mercado medieval de Fuengirola. Algo parecido sucedió con los diputados del PNV, que posaron en sus escaños con una bufanda azul y amarilla conmemorativa de la visita, como hinchas de Las Palmas. Nada grave, en realidad, porque el ambiente era el de las grandes ocasiones. Y no solo por el protocolo, por el refuerzo de la seguridad y por la petición masiva de acreditaciones, sino por la presencia en la tribuna de algunos invitados que no suelen frecuentar el Congreso, como miembros del ejército, de la Iglesia o los expresidentes del ejecutivo Aznar y Rajoy; los del Congreso y del Senado, Trillo, Bono, Posada, Lucas, Aguirre, Pastor o Gil; magistrados del Tribunal Constitucional, representantes de la CEOE -Garamendi- y de CCOO -Sordo-; miembros del Consejo de Estado, como Carmen Calvo; presidentes de Comunidades Autónomas, como Illa y Barbón -ni rastro de los demás- y los maceros tomando el lugar de los ujieres para dar al hemiciclo el aire de solemnidad que requieren los momentos históricos. Y no era para menos porque, efectivamente, estábamos ante la primera visita de un Papa a las Cortes Generales. Tras haber visitado a las máximas autoridades –los Reyes–, a Cáritas, al mundo de la Cultura y al pueblo fiel, quiso León XIV acudir ante los representantes políticos de los españoles para pronunciar el discurso más potente que se recuerda por aquí. Antes de entrar en su contenido, un breve inciso para recordar que un cateto es un cateto siempre y que, por eso, durante el saludo protocolario en el Salón de Pasos Perdidos, Miriam Nogueras aprovechó para dar la turra a Su Santidad y exhortarle, en inglés, a usar el catalán cuando esté en Cataluña. Supongo que no le llamó 'charnego peruano' de milagro. En fin, cada uno es cada uno y usa sus obsesiones como quiere. Pero no puedo dejar de imaginar al Papa pensando en quién sería esa señora tan rara que a punto estuvo de hablarle en latín para no usar el castellano, que no sacó el fuet por poco y que no pidió un saludo a los quintos de su pueblo de puro milagro. Un bochorno. Y ya con el discurso, no es una crónica el lugar adecuado para analizarlo detenidamente desde el punto de vista intelectual. Pero permítanme aclarar –'accusatio manifesta'- que el Papa no va al Congreso a ajustar cuentas, a echar broncas ni mucho menos a ponerse de parte de nadie. El Papa representa una autoridad eclesial, no una política y, por lo tanto, como él mismo aclaró, su papel se limita a expresar una reflexión orientada a la búsqueda del bien común y a inspirar al legislador desde la importancia decisiva que el cristianismo tiene en la conformación universal de los conceptos de justicia, de libertad y de dignidad humana. Pero hubo para todos. Para la izquierda, una dura crítica a la idea de que una mayoría suficiente basta para legitimar cualquier ley, algo que debería escuchar especialmente Armengol y ese empeño que tiene en apelar a la 'soberanía popular', concepto que en España no solo existe, sino que es exactamente opuesto al que sí existe, que es la 'soberanía nacional' y que, en todo caso, no tiene su sede en el Congreso, como repite, sino en el conjunto del pueblo español; la crítica al aborto y a la eutanasia; la defensa de la libertad religiosa y del derecho de los padres a elegir para sus hijos la educación más acorde a sus creencias; y la familia como núcleo básico de la sociedad. Para la derecha, una crítica a la posición con la inmigración, al rearme, a la defensa de posiciones contrarias al derecho internacional, a los excesos de los planteamientos económicos que no ponen a la persona en el centro y al nacionalismo identitario. Y para todos ellos un tirón de orejas por la cultura de la descalificación y de la humillación del adversario que han impuesto. Pero en lugar de ver en el discurso sus errores y los aciertos del otro, me temo que sus señorías prefirieron ver sus aciertos y los errores del de enfrente. Pero, por encima de todo, es especialmente reseñable el exquisito comportamiento de todos los miembros de las Cortes Generales: atentos, guardando la compostura, sin mirar el móvil, en pie cuando tocaba y aplaudiendo cuando había que aplaudir; sin gestos, miradas ni macarradas; sin reproches, insultos ni esos exabruptos a los que nos tienen acostumbrados. Es cierto que, tras el castigo de las sesiones de control, ver a una persona capaz de elevar la mirada, hilar un discurso brillante y hablar con subordinadas resulta algo para celebrar. Pero la realidad es que los diputados y los senadores nos demostraron que, cuando quieren, saben estar; que esa imagen de perros de presa iletrados que se empeñan en trasladar no es natural, sino forzada. Y, como un milagro, por un momento se fueron la crispación y la polarización. Simplemente se esfumaron y, ya en Casa Manolo, diputados del PP, del PSOE y de Esquerra departían con sindicatos, con sacerdotes y con periodistas, como si estuviéramos a las puertas de una nueva Transición, con una normalidad que no entiendo en qué momento se ha vuelto noticia. «Los veo diferentes, algo está pasando: con estos de hoy, sí se puede hablar», me decía un diputado. Y todo se volvió a la vez serio y natural; formal, pero sencillo; profesional, aunque civilizado. Podríamos decir que humano, esa es la palabra: sus señorías recuperaron, por un día, la humanidad, como si hubieran sido iluminados por una presencia que los creyentes llamamos Espíritu Santo y que se elevó sobre nosotros durante los más de siete minutos de aplausos que todos los diputados y todos los senadores dedicaron a un señor de Illinois que vino a hablarnos de la dignidad del ser humano, haciendo que los que observábamos no sintiéramos esa vergüenza habitual sino algo parecido al orgullo de haber vuelto a ser, aunque fuera durante una hora y pico, un país normal. Esperemos que sigan así en cuanto el adulto cierre la puerta.
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