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Once mundiales y pico | Collector
Once mundiales y pico

Once mundiales y pico

El ‘pico’ es el del 78 , que fue el mundial del año en que nací, pero que no pude disfrutar ni desde la cuna: me pilló marcando goles en el vientre de mi madre. Aun así, lo contabilizo porque he escuchado a Calamaro: «Me parece que soy de la quinta que vio el mundial 78; me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor». Los otros once los recuerdo bien, sobre todo por las circunstancias en las que los viví. Dice en un tuit Jesús Alonso que le encanta «cómo el Mundial te ayuda a recordar las distintas etapas de tu vida. Dónde estabas, con quién lo veías y hasta cómo era el mundo en ese momento. Nostalgia pura». No conozco a Jesús, pero tiene razón: el Mundial es una excusa para poner metas volantes en la vida, una baliza cada cuatro años. Quizá por eso tengamos cada uno asociado a unas sensaciones y anclado a un ‘yo’, al que también echamos de menos. Recuerdo levemente a Kuwait jugando contra Francia en Valladolid, en el 82. Tuvo tanta repercusión que en mi ciudad fundaron una cafetería llamada así, Kuwait, como homenaje. Los cuatro goles del Buitre en el 86, con mi hermano aguantando mis desmarques por el pasillo. Un recuerdo para el Míchel de Italia 90, que logró que me pasara un año señalándome la espalda y diciendo: «Me lo merezco» . Y el puñetazo de Tassotti a Luis Enrique en el 94, que me pilló en Mondoñedo y que a punto estuvo de lograr que abandonara a mi primer amor para alistarme como voluntario para invadir Lombardía; en el 98, ya en la universidad, poniendo cañas en aquel bar; la afrenta del linier de Corea en 2002, que sufrí en un estudio de pintores, de cuando me dio por ser poeta; Zidane en el 2006 y en 2010 mi hija naciendo días después del gol de Iniesta -aún recuerdo al médico llamando para que no le estropeáramos la final-. No recuerdo el del 2014, estaba deprimido y me duró hasta los penaltis de 2018. Y en 2022, el primer mundial de sofá, asquerosamente civilizado.

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