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En su primer discurso ante un parlamento, León XIV ha invitado a los diputados y senadores españoles a una «renovación moral» y a que en sus decisiones pongan en primer lugar la protección de la dignidad humana y no el interés particular de un partido. El Papa ha reivindicado que proteger la dignidad humana no es un principio abstracto, pues supone proteger la vida, el derecho a educar a los hijos y medidas para no discriminar a nadie por motivos religiosos, de raza o de clase social. Lo ha hecho en un cuidado discurso en el que ha elogiado a la Escuela de Salamanca y citando a Miguel de Cervantes, a Unamuno y a Teresa de Ávila. El Pontífice se ha presentado «como Pastor de la Iglesia católica» y les ha asegurado su respeto hacia «la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar». Su propuesta ha sido ayudarles a reflexionar sobre el trabajo que les incumbe. «Más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes», les ha planteado. Ha recordado cómo la tradición cultural española ha tenido como resultado una visión de la persona humana como «alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa». Es la reflexión de la Escuela de Salamanca, que hace 500 años introdujo «en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder». Cinco siglos después, la comunidad internacional «sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza». «Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar», ha subrayado. Para no reducir la defensa de la dignidad humana a defender un principio abstracto, ha intentado aplicarlo a algunas cuestiones del presente. Les ha dicho que los desafíos que presentan «la técnica, la economía, la biomedicina y el universo digital» deben responderse aclarando antes «qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común». Así, «el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana (…) no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento». «En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?». La mención no es casual. Esta semana está previsto que inicien los debates para ampliar los supuestos que reconocen la eutanasia, y el gobierno se plantea incluir el aborto como derecho constitucional. «Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural», ha dicho. León XIV les ha avisado de que cuando se oscurece la certeza sobre la dignidad de toda vida, «los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona». Lo ha aplicado también a las medidas en apoyo de la familia, pues cuando esta «es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones», y que se debe respetar el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos». En cuanto a las migraciones, ha solicitado evitar una «lectura puramente demográfica o económica», pues se trata de una «cuestión eminentemente moral y jurídica». «Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos», ha subrayado. Por eso la respuesta debe ir «más allá de la mera gestión de flujos», «mirar a las personas y afrontar las causas que las obligan a partir». Ha propuesto tanto «ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración», como trabajar «para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida». Para conseguirlo, «es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran». El Papa también ha llamado a moderar el debate público, de forma que se «respete a quien piensa distinto, las instituciones estén puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia». Lo ha calificado «cultura de la reciprocidad», pues «la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario». Asimismo ha reclamado proteger la «libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas», para evitar «que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe». Sobre la libertad religiosa ha precisado que «la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso». «La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública», ha reclamado. El Papa ha hablado desde España, sabiendo que sus palabras aquí tienen eco en muchos otros países. Ha dicho que le preocupan las amenazas al secreto de confesión en países occidentales. Australia se plantea obligar a los sacerdotes a romperlo como medida contra los abusos sexuales, y Francia ha renunciado a hacerlo a causa de las protestas que levantó la idea. En España, en el informe del Defensor del pueblo sobre los abusos, se mencionaba que algunas víctimas han pedido lo mismo. Según León XIV, «tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas» y lo ha argumentado con referencias al Acuerdo de Helsinki de la OSCE y a sentencias de la Corte Penal Internacional. «Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse», ha resumido. Por eso les ha pedido que recuerden «que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír», y que eso les obliga a ellos a «mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública». «Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral». Es el quinto discurso de un Papa en un parlamento. Juan Pablo II habló en el italiano, Benedicto en el de Inglaterra y Alemania, Francisco en el de EE.UU. Como sus predecesores, el Pontífice ha intentado aportar un elemento común que pudiera ayudar a tejer consensos entre diferentes formaciones políticas, la defensa de la dignidad humana. La cuestión central es ahora concretar qué concepto tiene cada una de ellos sobre dignidad humana. Por eso ha dicho que es urgente la «renovación moral». Incluso los leones de bronce que custodian la puerta del Congreso habrán notado los rugidos de este Papa llamado León.
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