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Alejandra Costamagna, donde la narración queda en suspenso
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Alejandra Costamagna, donde la narración queda en suspenso

Siempre creí que las ausencias tendían al silencio. Que, con el tiempo, se atenuaban, terminaban por volverse soportables. 'Dónde puedo dejarlo', de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970), me enfrentó a la fragilidad de esa convicción: hay ausencias que no se apagan, persisten con intensidad casi física. La desaparición de Mara , el 29 de diciembre de 1989, no produce un vacío, sino una alteración continua. Lo que deja no es tanto un hueco como una presencia desplazada que se infiltra en la familia y en las amigas, en Manuela –Manu– sobre todo. Nada se detiene, pero nada vuelve a ocupar su lugar. Ese desconcierto atraviesa la lectura. Desde las primeras páginas, se impone la sensación de llegar tarde a lo que se narra. Llegamos tarde a las cosas importantes de nuestra vida. Cada escena aparece como un resto, como una huella. Mara desaparece y, sin embargo, no deja de estar. Ahí reside uno de los mayores aciertos de la novela: convertir la ausencia en una forma de presencia insistente, casi material. Manu narra desde ese desajuste. Intenta ordenar los hechos a partir de recuerdos que emergen con variaciones. Por momentos reconstruye; por momentos, fabula. Y en ese vaivén me vi arrastrada hacia una duda creciente sobre la naturaleza del recuerdo . Costamagna no ofrece certezas: construye, más bien, una inestabilidad persistente. La aparición de las cartas –meses después– intensifica esa inquietud. Saber que Mara está viva no restituye nada; desplaza aún más el eje. Escribe desde un lugar indeterminado, con una cautela que roza la desaparición del propio lenguaje. «Juego a ser tú» , le dice a su amiga, y en esa frase se condensa la extrañeza del vínculo: la identidad como territorio intercambiable, refugio y pérdida a la vez. Durante la lectura, se activaron en mí ecos de Diamela Eltit , en la densidad de una lengua que se vuelve cuerpo; de Annie Ernaux , en la obstinación por fijar lo vivido aun sabiendo que siempre se escapa; incluso, por momentos, de Mariana Enríquez , en ese leve desplazamiento de lo real hacia lo incierto. Y, sin embargo, Costamagna no se deja encasillar: su escritura se compone de fragmentos, de restos que regresan con la insistencia de lo que no quiere desaparecer. La novela comienza como el relato de una desaparición inscrita en un contexto histórico –el Chile de comienzos de los noventa, todavía atravesado por la violencia–, pero deriva hacia otra zona: una indagación sobre lo que persiste de alguien cuando ya no está. Mara deja de ser únicamente un personaje para convertirse en una forma de pensamiento, en una presencia difícil de fijar . Persistía, mientras leía, una imagen: dejar un lugar en la mesa para quien falta. Así se entiende la novela: no como un intento de resolver la desaparición, sino de sostenerla. La coda –así denomina la autora el tramo final– no es un cierre: el libro parece continuar fuera de sí. Mara no queda contenida en sus páginas, se desplaza. Y con ella, una inquietud: la necesidad de buscarla. No tanto con la expectativa de encontrarla, como con la imposibilidad de dejar de hacerlo. Como si, en algún lugar –en Roma, en Madrid, en Nueva York, en otra vida– aún pudiera aparecer . Y es en esa tensión, sin resolución posible, donde la novela alcanza su forma más perdurable.

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