ABC
Jonas Jonasson (Vaxjo, Suecia, 1961) publicó en 2009 su primer libro, 'El abuelo que saltó por la ventana y se largó', el fenómeno internacional que convirtió a Allan Karlsson en uno de los personajes más populares de la narrativa contemporánea. 17 años y cinco novelas después, vuelve con 'El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina' (Salamandra), la historia del hijo de un granjero endeudado que, con la ayuda una joven brillante, convierten una destilería clandestina en un exitoso negocio, con las consecuencias que eso implica para el poder. Nos recibe en la embajada de Suecia en Madrid, siempre con su actitud jovial y un snus apoyado en la encía. —¿Dónde nace la idea de 'El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina'? —Viene del padre de mi abuelo, que nació y vivió en esa región –Småland– en aquella época, así que la descripción de la pobreza es suya. Los nombres de los condes y el castillo no son exactamente como los pinto, pero todo está inspirado en los jefes de la zona de entonces. —La obra habla mucho de las transformaciones sociales y de la gente que las busca... —Sí, en cierta medida sí. Cabe preguntarse si esas tranformaciones vienen de arriba o de abajo. Yo creo que viene de la gente de abajo que fuerzan a los de arriba a cambiar. Algot y Anna Stina podrían ser la encarnación de esas personas normales. —Hablando de esa gente «de abajo», el personaje de Anna destaca por ser especialmente reivindicativo y una feminista adelantada a su época. ¿En quién está inspirada? —Anna es mi elemento favorito del libro. Ella menciona a un autor llamado Lars Johan Almqvist, autor de 'Sí se puede', que existió de verdad y que, en cierta manera, fue uno de los primeros feministas. Su personaje se inspira mucho en él. Podemos imaginar cómo serán los hijos de Anna, y un día habrá suficientes niños como para que el mundo dé un paso adelante. —En el libro casi nadie sale ileso de su ironía. ¿Siente que el humor es el mejor arma para ajustar cuentas con las élites y el poder? —Recuerdo que Amos Oz, el poeta y autor israelí que desgraciadamente no llegó a recibir el Nobel, escribió un montón de cosas buenas, entre ellas un librito pequeñito que se llama 'Cómo curar a un fanático', relacionado con Israel, Hamás y toda la porquería que está pasando. Decía que al radical lo curas con humor y tomando distancia de él. Imagínate que pudieras aplicar humor y distancia a Trump, a Netanyahu, a Putin y a tantos otros. Creo que eso también está en 'El abuelo que saltó por la ventana y se largó'. Allan Karlsson dice que, cuando se trata de resolver conflictos en el mundo, la solución es encerrar a los líderes mundiales en una habitación con una botella de vodka sobre la mesa, y que nadie salga hasta que se la hayan terminado y hayan llegado a un acuerdo. Su amigo le pregunta: '¿Pero de verdad crees que una botella de vodka va a solucionar el conflicto entre Israel y Palestina?'. Y Allan se lo piensa y responde que quizá para eso harían falta dos botellas». —Hay un retrato muy concreto de los propietarios a través de los condes que dominan el lugar donde transcurre gran parte de la novela. Además, utiliza términos que al lector le resultan dolorosamente familiares. ¿Es la codicia un recurso cómico atemporal? —No creo que sea tanto una cuestión de codicia. Creo que esa gente, especialmente en aquella época, pensaba que eran superiores y que se lo merecían, y que Dios había decidido que las cosas tenían que ser así. Por lo tanto, deberías alegrarte de ocupar tu posición en la vida y no intentar ascender. Recuerdo que hace muchos años, cuando una voz femenina leyó las noticias por primera vez en la radio sueca, mucha gente llamó a la emisora para quejarse. Uno de ellos dijo, después de protestar: «Yo vivo en Östermalm –el barrio más rico de Estocolmo–, así que lo que yo diga importa». No es exactamente avaricia; es otra cosa. —Al leer la novela da la sensación de que la historia fluye sola, desarrollándose de forma orgánica a medida que avanzaba la escritura. ¿Fue un proceso natural o requirió un trabajo de mapa y brújula muy estricto? —Yo sé el principio, el medio y el final. Es como una línea de autobús: sabes por dónde va a pasar, pero tienes que marcar las paradas, y quizá haya algún desvío. Al final, voy conociendo a mis personajes con el tiempo y, de vez en cuando, tengo que dar un paso atrás. Con Allan Karlsson, por ejemplo, después de la página 130 ya lo conocía. A él no le preocupaba nada, era incapaz de preocuparse. Pero en la página 12 yo había escrito que estaba preocupado, así que tuve que volver atrás y cambiarlo. Luego regreso, tacho y corto. Si hay cuatro líneas describiendo una puesta de sol, las elimino. Todo el mundo sabe lo que es una puesta de sol. Así se mantiene el ritmo. —En un momento del libro define emborracharse y la resaca como «beber hasta olvidar que al día siguiente todo seguiría igual, pero con dolor de cabeza». ¿Es una metáfora del escapismo de ahora o comparte esa visión desmitificadora del alcohol? —Yo creo que es una manera de describir el desvalimiento, la desesperanza, la falta de futuro y la falta de confianza en cualquier posibilidad de cambio; justo lo que el poder quería. Pero también es una revisión histórica de un hecho. En Suecia, a principios del siglo XIX, casi se autodestruyeron con la bebida, y desde entonces tenemos una relación muy ambivalente con el alcohol, a diferencia de España, donde todo es mucho más natural. Si te pongo una botella de vodka delante a ti y otra a mí, tú a lo mejor te la puedes beber entera, pero sabes que te has pasado. Yo, como sueco, miro la botella y ya me siento culpable. Pero me siento tan mal que tengo que beberla para eliminar esas ideas que me asaltan. —Hace años confesó que el humor fue su salvavidas contra la depresión. ¿Escribir sobre este 'Aguardiente bendito' le ha seguido funcionando como terapia personal? —Me preocupa mucho la libertad religiosa, la libertad de expresión, la corrupción, la guerra… Lo hago de forma pedagógica; estoy aquí para recordarle a la gente lo que está pasando. Pero tengo que hacerlo con un poquito de picaresca para sobrevivir mientras escribo y no caer en una depresión. Y también por los lectores, para que no se cuelguen leyendo todo esto. —Han pasado casi dos décadas desde el fenómeno de 'El abuelo que saltó por la ventana y se largó'. ¿Cómo le ha cambiado la vida? ¿Siente todavía la presión de aquel éxito o Allan Karlsson es ya un viejo amigo con el que no compite? —No, no me ha cambiado la vida. Intento mantenerme alejado de la televisión. ¿Entrevistas para hablar de mis libros? Sí, por favor, las que quieras. Pero ¿ser el gracioso del programa? No, eso no es lo mío. Tampoco soy activo en redes sociales. A mí lo que me gusta es escribir. Hace poco me preguntaron: «¿Cuándo tienes vacaciones?». ¿Vacaciones? ¿Eso qué es? Hace 30 años que no tengo un trabajo de verdad. Siempre estoy de vacaciones y siempre soy escritor. Cuando termino un libro, lo envió a la editorial. Pocos días después, vuelvo a escribir.
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