ABC
Lejos de los focos y las visitas multitudinarias permanecen entre el silencio y la penumbra muchos conventos de clausura de Sevilla, a menudo con un patrimonio tan valioso como inadvertido para buena parte de la población. Sus moradores, grupos de monjas cada vez más reducidos, se las ven y se las desean para poder mantener en buen estado un importantísimo legado de siglos que en ocasiones se deteriora hasta niveles insospechados sin que nadie parezca darse cuenta... hasta que por fin sale del ostracismo. Es el caso del convento de Madre de Dios , situado en la calle San José. El cenobio fundado hace más de cinco siglos y medio comenzó una nueva vida con su reapertura a finales de 2022 después de seis años de cierre por obras debido a sus serios problemas estructurales. Una amplia exposición permitió disfrutar entonces de las joyas que atesora la comunidad dominica del convento. Los beneficios de la misma, así como los de las visitas guiadas que se realizan de vez en cuando, se han sumado a los modestos ingresos que genera la venta de dulces, sirviendo a la comunidad como un pequeño colchón para afrontar los diferentes retos que aún quedan por delante. Así, las monjas, que no alcanzan la decena y son en su mayoría de origen keniano, están inmersas ahora en la restauración de la imagen de Cristo Yacente que ya pudo contemplarse en aquella exposición en la que pudo apreciarse su lamentable estado de conservación. Se trata de una talla anónima cuya fecha de ejecución se estima a finales del siglo XVII . Se encuentra en una urna en el antecoro alto del convento. La escultura es de tamaño natural y está policromada al óleo. Presenta la peculiaridad de que el soporte, el tronco, está realizado en telas encoladas, mientras que los brazos, manos, piernas y cabeza están gubiados en madera, por lo que pesan mucho más que el cuerpo. Esta interesante talla aparece apoyada sobre un colchón forrado con tela blanca de lino y encajes dentro de una hornacina cerrada de cristal colocada sobre una mesa alta de altar. Su preocupante estado de conservación salta a la vista en imágenes como las que ilustran esta información. La consistencia de las telas de soporte han cedido y se han llevado con ellas el volumen original del moldeado, lo que ha provocado con el paso del tiempo el desprendimiento de los estratos de preparación y de la propia policromía. La restauración del Yacente es una actuación prácticamente de urgencia para salvar la obra. La intervención la está llevando a cabo desde hace aproximadamente un mes y medio el restaurador y conservador Javier Barbasán en las dependencias del convento. ABC ha tenido acceso a la misma observando el desarrollo de los minuciosos trabajos. Barbasán, director de conservación de la Fundación Medinaceli, señala que su relación con las monjas empezó «restaurando el arco toral de la iglesia y las pinturas murales. Después hicimos el pavimento y la puerta de entrada a la parte de clausura del convento. Creamos una relación de amistad y empecé a hacer pequeños trabajos para ayudarlas. Algunos venían pagados mínimamente por donaciones, otros eran gratis. Este concretamente tiene una donación muy baja de precio». Considera este Cristo Yacente como una obra «de taller». No obstante, presenta muchas particularidades , ya que no está realizada al completo en telas encoladas o papelón, como otras de su época y tipología, ni tampoco al completo en madera, sino combinando ambos materiales. Su torso está hueco y presenta rellenos de yeso en las conexiones con las extremidades. Tampoco hay indicios de que fuera una imagen articulada para representar el descendimiento, como era muy habitual siglos atrás. Su anatomía está poco definida, al igual que la musculatura, casi sin definir. Además, su espalda se encuentra sin tallar y apenas presenta detalle alguno. Todo ello apunta a que fue concebida para no salir de la hornacina en que se deposite. La imagen era presa de la suciedad y también estaba llena de repintes que dificultan conocer cuántas capas de policromía hay superpuestas unas sobre otras y si se conserva la original: «Hay estucos por todos lados». Señala Barbasán que «lo que tengo que hacer es muy delicado, pero hay que agarrar la estructura, darle una sujeción, limpiar, fijar el Cristo, que era lo más importante y ya lo tenemos logrado, y darle una serie de veladuras o reintegraciones para que sea visible». El restaurador, que ya va por la fase de reintegración , asegura que, cuando comenzó las labores, la efigie «estaba totalmente destrozada, porque todo estaba levantado. Tocabas en un punto del tronco del Cristo y se levantaba otro». Pero se ha consolidado poco a poco con «unas resinas que se han inyectado y estucado». A continuación ha dado comienzo la reintegración. «Después se barnizará y se seguirá reintegrando encima». Se espera que los trabajos culminen a finales de septiembre.
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