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Lengua: puente, no foso | Collector
Lengua: puente, no foso

Lengua: puente, no foso

El Papa ha hablado en catalán; nunca dijo que no fuera a hacerlo, es más, era lo que se esperaba, y lo ha hecho para apelar a que los catalanes sean «constructores de unidad», demostrando que conoce la realidad española, en un mensaje que trasciende lo pastoral para situarse en el centro del debate ético/deontológico sobre el uso del lenguaje. Que Su Santidad emplee una lengua vernácula es una lección de alta diplomacia que desarma cualquier instrumentalización identitaria del nacionalismo excluyente. Históricamente las lenguas nacen como herramientas de comunicación. Sin embargo el sectarismo ha convertido el catalán en una frontera ideológica, un argumento para la segregación y el señalamiento. Quienes utilizan el idioma nativo como barrera violan su esencia ontológica, transformando un patrimonio y una riqueza cultural en un foso de exclusión. Una lengua no puede ser rehén de la ingeniería social ni de la fractura civil. La exhortación vaticana, por su universalidad, evoca la necesidad de un humanismo integrador frente a provincianismos supremacistas. Construir unidad desde la diferencia exige entender que la diversidad lingüística de España nos enriquece y nunca justifica la 'desconexión'. La verdadera riqueza y universalidad de una lengua se mide por su capacidad de comunicar, no por su eficacia para no entender o silenciar al prójimo. El mensaje del Papa es nítido: la palabra debe tender puentes, no cavar fosos. Usar la lengua como arma de división no es defender la cultura, es pervertirla. Félix Eugenio García Cortijo . Coronel de Infantería DEM (R) El dios Saturno, atenazado por un miedo patológico a ser destronado, optó por devorar a su propia descendencia. La historia nos enseña que esta pulsión no es un ejercicio de crueldad, sino la manifestación más descarnada de la inseguridad del poder. La realidad española parece una puesta en escena actualizada de este mito de Cronos. Observamos cómo el presidente del Gobierno se ha instalado en una estrategia de resistencia que recuerda a la del titán: se devoran las instituciones, la lealtad y cualquier vestigio de ética pública con tal de sostener el trono. Como señaló McClelland, el afán de poder es a menudo el síntoma de una inseguridad que no conoce límites. Sánchez, preso de su propia arquitectura de poder, ha demostrado estar dispuesto a sacrificar a cualquiera –amigos políticos, principios de su partido o la estabilidad de nuestra arquitectura jurídica– antes que enfrentarse a la realidad de su propio ocaso. Quien no entiende que el poder es prestado y debe tener un final termina consumiendo aquello que juró proteger. Como nos recuerda la alegoría de Goya, el espectro de un líder devorando a sus propios hijos no es solo arte; es una profecía sobre el declive de quienes, en su soberbia, olvidaron que el mando solo es noble cuando se entrega al servicio de los demás, no al culto del propio ego. Eduardo García Gaspar. Madrid

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