Cope Zaragoza
El divulgador y autor Alfred López ha desvelado el origen de varias palabras de uso común en una reciente intervención. Conocido por su saga de libros sobre curiosidades, López se encuentra en plena promoción de su última obra, "101 expresiones de ficción criminal", escrita junto a Eva Núñez, con quien ha aparecido en medios como el Canal 24 Horas de Televisión Española. En su análisis, explora la etimología de términos como 'arribista', 'maniquí' y 'caos', mostrando cómo sus significados han viajado a través de la historia y las lenguas. El término arribista se aplica a "la persona ambiciosa que busca prosperar a cualquier precio, sin reparar en el daño que pueda causar a los demás", según explica López. Esta palabra llegó al castellano desde el francés 'arriviste', que surgió a finales del siglo XIX para señalar a quienes ascienden social y profesionalmente "con rapidez y sin escrúpulos". El origen francés ya contenía la connotación negativa que mantenemos en la actualidad. La raíz de 'arriviste' se encuentra en el verbo francés 'arriver', que significa 'llegar'. Curiosamente, su uso original no se refería a personas, sino a la llegada de un barco a puerto. Este verbo, a su vez, proviene del latín popular 'arripare', que significaba "acercarse a la orilla", derivado de 'ripa' (orilla). De esta misma raíz latina también procede la palabra 'arriba', estableciendo una conexión etimológica entre alcanzar una posición elevada y llegar a la ribera. A pesar de que el término se acuñó en el siglo XIX, su aceptación por parte de la Real Academia Española (RAE) fue notablemente tardía. Alfred López señala que la palabra 'arribista' no fue admitida en el diccionario hasta 1970, casi un siglo después de su popularización en Francia. Este lapso de tiempo evidencia los ritmos, a veces pausados, con los que la institución incorpora neologismos y extranjerismos. Otra palabra con una historia fascinante es 'maniquí'. Su origen nos lleva al francés 'mannequin', que a su vez lo adoptó del neerlandés 'manneken'. Este término es el diminutivo de 'man' y significa literalmente 'hombrecito'. López recuerda que esta es la misma palabra que da nombre a la famosa estatua de Bruselas, el 'Manneken Pis', que se traduce como "el hombrecito que hace pipí". Inicialmente, la palabra 'manneken' se usaba para describir los muñecos de madera articulados que pintores y escultores utilizaban como modelo para sus obras. Fue el modista francés Freddie Court en el siglo XIX quien, según relata López, "comenzó a utilizar estas figuras para mostrar sus creaciones a la clientela". Vestía estos pequeños muñecos con versiones en miniatura de sus diseños, una práctica que transformó el uso del término. A partir de ese momento, la palabra 'maniquí' comenzó a designar cualquier figura usada para probarse o exhibir ropa, evolucionando desde los pequeños muñecos articulados hasta los maniquíes de tamaño natural que vemos en los escaparates. Finalmente, el término se extendió también a las personas, dando nombre a las y los modelos de pasarela. Aunque el uso relacionado con la moda es del siglo XIX, la palabra 'manequén' ya aparecía en el Diccionario de Autoridades de 1734 para referirse a la figura articulada de los artistas. Finalmente, el divulgador aborda el término 'caos', una palabra que hoy asociamos con el desorden y la confusión. Su origen, sin embargo, es mucho más profundo y se remonta a la Antigüedad clásica. Llegó al castellano a través del latín 'chaos', que lo tomó del griego 'khaos', cuyo significado era "abertura, abismo o vacío inmenso". En la mitología griega, el 'caos' era "el estado primigenio del universo, una especie de espacio oscuro indefinido, anterior a la creación del mundo", explica López. De hecho, el caos fue considerado la primera entidad que surgió en el origen de todo. Era el vacío absoluto del que emergieron las demás deidades y elementos primordiales. Con el paso de los siglos, la palabra 'caos' fue perdiendo su connotación exclusivamente cosmológica. Dejó de referirse a ese vacío inicial para adoptar el significado que le damos hoy: cualquier situación de desorden, confusión o falta de organización. Su presencia en el castellano está documentada desde hace mucho tiempo, apareciendo ya en el Tesoro de la lengua castellana o española de 1611 y en el Diccionario de Autoridades de 1729, donde se definía como "materia informe y confusa anterior a toda creación".
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