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Suspender un examen puede convertirse en una experiencia determinante para muchos estudiantes. Vergüenza, frustración, miedo o bloqueo son algunas de las emociones que afloran tras un mal resultado académico. Mariola Nieto, psicopedagoga y responsable del Servicio de Orientación Universitaria de la Universidad CEU Fernando III, analiza cómo viven los jóvenes el fracaso escolar, qué papel juegan las familias y las redes sociales, y por qué aprender a equivocarse sigue siendo una de las asignaturas pendientes del sistema educativo. Pregunta: Desde su experiencia como orientadora, ¿cómo suelen reaccionar los alumnos cuando reciben malas notas o suspensos? Respuesta: Las reacciones son muy variadas, pero sí es cierto que suele haber una primera respuesta de carácter más emocional que racional. Antes de analizar todas las condiciones que han rodeado el suspenso, el estudiante siente. Estas primeras emociones suelen situarse entre la pena, vergüenza, frustración, decepción, bloqueo o, en algunos casos, minimización de lo ocurrido. Esto dependerá de la estrategia de afrontamiento que cada estudiante realice para enfrentar lo que ha ocurrido. No obstante, lo importante no suele ser tanto la reacción inmediata, que es comprensible y casi inevitable, sino lo que ocurre en los días posteriores. Es en estos momentos en los que podemos valorar si el estudiante realiza una buena lectura de lo que ha ocurrido, realiza una planificación para solventar las dificultades y toma decisiones orientadas al logro. Desde la orientación, podemos entender el suspenso como una oportunidad para reaprender a estudiar. Pregunta: ¿Ha cambiado la forma de afrontar el fracaso escolar en los últimos años? Respuesta: Actualmente hay un pensamiento extendido sobre las generaciones pasadas que parecían tener mejor tolerancia a la equivocación; el error era parte del aprendizaje y superarlo o perseverar para salvarla era un valor añadido. Sin embargo, en la actualidad, hay muchas referencias hacia la baja capacidad de tolerancia a la frustración que esta generación experimenta, achacándose al resultado de un sistema que durante años les ha sobreprotegido del error. No obstante, considero que el afrontamiento del fracaso no es una cuestión generacional si no contextual, hay un número de estudiantes a los que su entorno (familiar, escolar y social) ha transmitido que hay que evitar el fracaso en lugar de aprender a gestionarlo, lo que ha limitado el desarrollo de herramientas de gestión ante esto. Pregunta: ¿Qué emociones predominan normalmente en los estudiantes tras suspender: frustración, ansiedad, indiferencia, miedo…? Respuesta: Como comentaba, normalmente, la emoción suele ser lo primero que nos invade ante un suspenso o fracaso. Por decantarme por algunas emociones, destacaría la vergüenza, la frustración, el miedo y la indiferencia. La vergüenza aparece especialmente en buenos estudiantes que no estaban acostumbrados a fallar. La frustración aparece cuando el alumno siente que se esforzó y aun así no llegó. Y el miedo tiene varios prismas: miedo a decepcionar a la familia, a perder el ritmo del grupo, miedo a confirmar temores o visiones negativas de uno mismo. La indiferencia también existe, pero hay que valorar si esta se mantiene en el tiempo o es algo puntual o incluso está asociada a algunos de los factores comentados con anterioridad, con frecuencia encontramos que esto sucede por bloqueo o como mecanismo de defensa ante la situación indeseada. Pregunta: ¿Hasta qué punto puede afectar un suspenso a la autoestima de un alumno? Respuesta: Depende de varios factores, pero el más determinante es cómo el estudiante interpreta lo que ha ocurrido. Si atribuye el suspenso a causas internas y estables («he suspendido porque soy malo en esto y nunca lo voy a conseguir»), el impacto en la autoestima es mayor. En cambio, si el alumno piensa »fallé en esta asignatura, en este momento, por estas razones concretas«, el fracaso existe, pero la lectura que hace incide menos en la evaluación que hace de sí mismo, valorando todos los factores que han podido influir. Por ello, lo más importante es la interpretación que cada estudiante realiza de lo ocurrido y a qué atribuye ese fracaso o, en otras condiciones, el éxito. Pregunta: ¿Existen diferencias en la forma de afrontar los suspensos según la edad o la etapa educativa? Respuesta: Las diferencias son notables y entenderlas es clave para acompañar bien a cada estudiante: en E. Primaria, la reacción del niño depende casi por completo del adulto de referencia. Es la etapa más importante para construir una relación sana con el error: si el entorno acompaña con calma, el niño interioriza que equivocarse forma parte de aprender. En E. Secundaria, suspender deja de ser solo un problema académico para convertirse en una problemática social. La identidad está en construcción y el grupo de iguales es el principal punto de referencia. Trabajar una cultura de neurodiversidad, de aceptación y de tolerancia resulta esencial en esta etapa. En Bachillerato, la presión se intensifica con la llegada de la selectividad y la sensación de que todo se juega en un único momento. He sido testigo de cómo estudiantes perfectamente capaces se bloquean por completo ante esa presión acumulada. Siento, como profesional de la educación, que hay que repensar esta preparación y evaluación de acceso a la universidad. En la universidad, el suspenso adquiere otra dimensión: el estudiante es adulto y ha elegido ese camino conscientemente, lo que añade una capa de responsabilidad personal que puede jugar a favor o en contra. Especialmente los alumnos del primer curso son más vulnerables, pues están en plena transición vital y aún no han consolidado su identidad universitaria. Acompañarlos en ese proceso de adaptación y autoconocimiento es fundamental para su integración y para su visión de sí mismos como futuros profesionales. En todas las etapas coincide, y esto es importante subrayarlo, que la forma en que el estudiante afronta el fracaso no depende solo de su edad, sino de los modelos que ha tenido, de los mensajes que ha recibido sobre el error a lo largo de su vida, y de si alguien le ha enseñado, o no, a continuar caminando y, si es posible, en compañía. Pregunta: ¿Qué señales indican que un estudiante está viviendo esa situación de manera preocupante? Respuesta: Algunas de las señales que tenemos marcadas como indicadores importantes son: el aislamiento social continuado, absentismo o asistencia con desconexión emocional evidente, cambios bruscos en el sueño o la alimentación, comportamientos agresivos o especialmente pasivos o momentos en los que verbalizan pensamientos negativos hacia sí mismo o hacia la perspectiva de futuro. Ante cualquiera de estas señales sería importante realizar una aproximación al estudiante, acompañarlos y guiarles en pautas saludables y adaptativas. Pregunta: ¿Las redes sociales y la presión por el rendimiento académico agravan el impacto emocional? Respuesta: Todos sabemos que las redes sociales funcionan como un escaparate de éxitos en la que, pocas veces, se publican los suspensos, pero en la que, con frecuencia, se publican los éxitos. Esto, de manera inevitable, va generando una comparación social constante y, lo peor, totalmente sesgada. El estudiante que acaba de suspender se compara con una versión irreal de sus iguales, algo a lo que le sumamos la cultura del rendimiento y la productividad que impregna el discurso digital, fomentando la venta de modelos en los que el mérito surge de la imagen y no del esfuerzo. Pregunta: ¿Cómo suelen reaccionar las familias ante los suspensos de sus hijos? Respuesta: Las reacciones familiares son muy diversas: por un lado, hay familias que reaccionan desde la excesiva preocupación o alarma: reproches, comparaciones, castigos e incluso amenazas sobre el futuro. Por otro lado, hay casos que se sitúan en la minimización excesiva: «no pasa nada, esto no tiene importancia». El primero genera ansiedad y deteriora la relación. El segundo, aunque bienintencionado, invalida la experiencia real del estudiante y no le ofrece herramientas para crecer. Sin embargo, también nos encontramos con otros patrones, más equilibrados en los que las familias acompañan sin exagerar: reconocer que ha pasado algo que merece atención, sin convertirlo en una catástrofe ni en algo irrelevante. Esa capacidad de sostener la situación con serenidad es, en mi experiencia, lo que más agradecen los estudiantes de sus familias, aunque no siempre sepan expresarlo. Pregunta: ¿Qué errores cometen con más frecuencia los padres en estas situaciones? Respuesta: No me gustaría hablar de errores cometidos por la familia. Debemos partir de la base de que la manera de reaccionar es diferente en cada casa o contexto y que nuestras reacciones, entre otras cuestiones, están condicionadas por experiencias de vida, maneras en las que hemos sido educados o modo de entender la vida a lo que añadimos siempre que partimos de la buena intención de cada familia en dar lo mejor a sus hijos/as. Dicho esto, sí que es cierto que hay cosas que podemos evitar, tales como: convertir el suspenso en un problema propio de la familia, la comparación con hermanos (u otros estudiantes), querer resolver el problema de los propios hijos, hablar con profesores sin que el estudiante lo sepa o justificar el suspenso externalizando toda la responsabilidad. Todo esto sí que es cierto que suele privar a los jóvenes de la oportunidad de desarrollar su individualidad, autonomía y responsabilidad. Pregunta: ¿Qué tipo de apoyo familiar ayuda realmente al estudiante a recuperarse? Respuesta: El apoyo que funciona es el que combina presencia emocional con exigencia razonada. Estar disponible para escuchar sin juzgar en el primer momento, y después, cuando la tormenta emocional ha disminuido, ayudar al estudiante a analizar qué ocurrió y cómo puede abordarlo de forma diferente. Las familias que mejor acompañan son las que transmiten dos mensajes simultáneos: «te quiero, independientemente de tus resultados» y «creo que puedes hacerlo mejor y voy a ayudarte a encontrar cómo». Esa combinación de vínculo seguro y confianza en las capacidades del hijo es el indicador de mayor protección. Pregunta: ¿Hay casos en los que la presión familiar empeora el problema? Respuesta: Cualquier presión sostenida e intensa que no deja espacio al error puede empeorar la situación, y no solo desde el ámbito familiar sino también social y educativo. Esta presión conduce, en muchas ocasiones, a que el estudiante no estudie para aprender sino para no fallar, lo que paradójicamente aumenta el bloqueo y deteriora el rendimiento. Ante esto, algunas recomendaciones que podemos tener en cuenta son: usar un lenguaje positivo, separar el rendimiento académico del valor personal del estudiante (un suspenso no define quién es ni lo que vale), interesarnos por el proceso, no solo por el resultado (preguntar cómo estudia, si necesita ayuda o si algo le preocupa) y no dudar en pedir orientación profesional cuando la situación se repite o genera un malestar importante, tanto en el estudiante como en la propia dinámica familiar. Solicitar acompañamiento o ayuda a tiempo no solo no indica fracaso, sino que es una decisión inteligente.
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