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Un atraco mundial: indignación por el torneo más caro de la historia

Un atraco mundial: indignación por el torneo más caro de la historia

Decía el pasado abril Gianni Infantino, el capo de la FIFA, que EE.UU. es «muy especial» y que «nadie se queja» por el precio de las entradas «de los conciertos de los partidos de la NFL». Es decir, que no tienen sentido las quejas por las entradas astronómicas del Mundial que empieza este jueves y en el que la FIFA -y la ralea especuladora- se van a llenar los bolsillos. Infantino quizá debería darse una vuelta por las canchas de fútbol modesto de las ciudades organizadoras, por los grupos de WhatsApp de padres con hijos futboleros, por los bares que proyectan la Premier o la Liga todos los fines de semana… Le sacarían de allí a gorrazos. «Esto es para millonarios, no es para la gente», protesta Miguel, un transportista de origen colombiano, vive en New Jersey, no muy lejos de una de las sedes del Mundial y que recorre Brooklyn todos los días para su compañía de mensajería. Es un loco del fútbol, que recuerda la historia de los Mundiales y se conoce los jugadores de todas las grandes ligas, en particular la española. Como tantos otros, echa humo por las orejas por una tragedia íntima: el Mundial ha ido a su país y él no puede ir al Mundial. «No me lo puede permitir. Ir con un amigo o con mi familia supone miles de dólares», dice alguien dispuesto a dejarse buena parte de su sueldo en su pasión. «Me planteé incluso viajar a México, donde Colombia juega dos partidos, pero tampoco salía bien. Tendré que ver el Mundial en mi casa, en mi silla, con amigos y unas cervezas». Los precios de las entradas para el Mundial y su proceso de venta han indignado al mundo del fútbol. Para empezar, la FIFA sacó a la venta las entradas más caras de su historia. De media, el doble de lo que costaban en el anterior Mundial, en Qatar. Pero eso solo fue el principio. Su venta ha sido caótica y opaca, con loterías en las que era imposible conseguir algo para la mayoría, un polémico sistema de compra de 'tokens' y multitud de fallos técnicos. Todavía peor: la FIFA aplicó por primera vez un sistema de precios dinámicos. Es decir, cuanta más demanda, más caras las entradas. Como resultado, los precios oficiales crecieron para 95 de los 104 partidos de primera ronda, con un alza media del 35%. Y el remate: una reventa descontrolada -la tónica en EE.UU.-, a la que la FIFA no ha tratado de poner coto. El resultado es que los precios son monstruosos. Una entrada de mil dólares era algo que hasta ahora los aficionados se planteaban para acudir a una final de un Mundial, un esfuerzo especial para una ocasión única, para poder ver a tu país levantar el trofeo más deseado. En el mundial de EE.UU., México y Canadá, ese precio es habitual en muchos partidos de primera ronda. Y eso que es una competición diluida, en la que hay más equipos, en la que se espera partidos de peor calidad que en otras citas mundialistas. El precio medio de las entradas más baratas para toda la ronda clasificatoria, según Ticketdata.com, está en más de 600 dólares, una barbaridad. En el caso del puñado de partidos de gran interés, se dispara: más de 1.500 dólares para el Brasil-Marruecos en Nueva York y casi tres mil dólares para el Portugal-Colombia en Miami, el más caro de la fase. En el caso de España , el partido más caro es el de Uruguay en la mexicana Guadalajara: 1.524 dólares para la entrada más barata. Si se le suman los gastos de volar al otro lado del charco, alojamientos, transportes, comida… «Uno de mis amigos hizo números para ir al Mundial con España», cuenta desde Madrid un aficionado español que en anteriores torneos se ha liado la manta a la cabeza y se ha ido con amigos a la aventura. «Imposible. Muchos días, distancias descomunales y, por supuesto, los precios. Animaré desde la distancia. No sé si FIFA ha conseguido eso de 'democratizar' el fútbol», añade con sorna. Lo que sin duda ha conseguido es cabrear a casi todo el mundo, dentro y fuera de EE.UU. La Asociación de Aficionados de Europa (FSE, en sus siglas en inglés) ha calificado los precios como «una traición monumental a la tradición de la Copa del Mundo». Las fiscalías de Nueva Jersey y Nueva York, dos estados que comparten una sede, han abierto investigaciones sobre el proceso de venta. Los alcaldes de muchas ciudades que albergan partido han puesto el grito en el cielo. Algunos, como el neoyorquino Zohran Mamdani, han puesto tiritas al problema: una lotería de mil entradas a 50 dólares, que el joven izquierdista publicitó, de forma sonrojante, como una forma de acercar el Mundial al pueblo. Un senador republicano, Todd Young, que jugó en la mejor liga universitaria, ha criticado que la FIFA está «desconectada de la gente normal». Hasta Donald Trump, el gran aliado de Infantino en este proyecto, ha dicho que él no se gastaría mil dólares en el partido que abre la participación de su país, el EE.UU.-Paraguay. Pero este robo mundial no acaba en las entradas. La FIFA se queda la gestión de los aparcamientos en los estadios, y atraca a quien no tenga más posibilidad que ir en coche: 300 dólares para aparcar en el estadio de Nueva Jersey, 250 en el de Los Ángeles o 225 en el de Atlanta, donde juega España. Algunas entidades locales también se han sumado al atraco. Y no escaparán quienes traten de ir en transporte público: las autoridades de Nueva York/Nueva Jersey han elevado el precio del billete de Manhattan al estadio de 13 dólares a 100 (al principio lo colocaron a 150, tuvieron que moderarlo por la oleada de críticas). En Boston, algo similar: de 20 dólares a 80. Después, volverán a asaltar la billetera en el estadio. Las cervezas van a costar entre 15 y 18 dólares. Con la propina obligatoria, es imposible tomarse una por menos de 20 dólares. Los ingleses están que trinan y ya han presentado una denuncia formal. Cualquier cosa que echarse a la boca, 25 dólares. El agua, unos 8 dólares, y la FIFA ha prohibido, pese al calor del verano, introducir botellas para rellenar. «Es todo un abuso y te quita las ganas», dice Juan, un español afincado en Nueva York al que sobre todo le duele no poder llevar a su hijo, un loco del fútbol, al Mundial en su país. «A estas alturas estamos hasta las narices (utilizó otra expresión) de que la FIFA y la ciudad nos chupe la sangre». Su experiencia mundialista ha sido ir a ver el amistoso Marruecos-Noruega (150 dólares por entrada, no es que fuera regalado) y ver los partidos por la tele. «Ese es nuestro cutre-Mundial», se lamenta. Y el de casi todos los aficionados al fútbol que él conoce. «Mi única satisfacción es no dar dinero a esa máquina de sacar pasta que es la FIFA, a la que no le importa la afición».

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