ABC
En estos últimos años los ciudadanos de las democracias han descubierto que, en realidad, eran víctimas. «Respete mi sufrimiento», exige el ciudadano cargado solo de derechos . «Demuéstreme que usted sufre», replican el Estado, los seguros, los medios de comunicación, la opinión pública. Y ¿qué hacer con los que ni sufren ni padecen?, la mayoría. Pero hoy en día se está extendiendo la idea de la 'auto coronación' como mártir. La protesta suena como una gran música de fondo. Ya los obreros son los que menos se manifiestan. Hoy el coro de los contestatarios está formado por los obesos, las mujeres, las minorías de todas clases, los 'queer' , los homosexuales, los trans y un largo etcétera. Hoy ya no se espera a ser reconocido, sino a victimarse y obtener algo a cambio. La democracia se ha llenado de reclamantes de todo tipo que no son conscientes del acoso al que la someten y la debilitan. La promesa democrática, utópica en sí misma, de la libertad más allá de la libertad, exacerba la insatisfacción . No se puede saciar más al ya saciado. Para Bruckner esta ideología victimista desacredita el estoicismo frente al mal, invierte las prioridades adelantando a las falsas víctimas, y se convierte en una coartada de asesinos. El supuesto mártir ficticio alimenta la venganza y el resentimiento. Supremacistas blancos o negros, islamistas radicales, masculinistas amargados, neofeministas rabiosos, ecologistas furiosos o eslavófilos vengativos. Al final, el victimismo se convierte en un belicismo. Nuestras democracias constituyen por excelencia el régimen de la insaciabilidad legal. Todo quiere ser censado hasta lo insólito (pasar de hombre a mujer manteniendo la barba, o creerse un animal y actuar como tal). Y ante tamaños desquiciamientos, ante semejantes imposibilidades, el ciudadano se atormenta más por los bienes que cree debería recibir que por los que ya tiene, muchos, en relación a generaciones anteriores. La democracia ha fallado de nuevo en su débil pedagogía: hay que enseñar a los jóvenes a ser felices y disfrutar de lo ya mucho adquirido que habrá que conservar. Vivir en el hedonismo y olvidarse de afrontar el ser mortal es un error. Si no se ayuda y se lucha por el Estado-Providencia, este se derrumbará. La democracia no es un hada madrina con su vara mágica. Nunca nos sentimos lo suficientemente amados y cuidados pero mejor así porque entonces la sombra engañosa del populismo y el estado totalitario surge con su máscara libidinosa y engañosa. ¿La democracia ha sido tan benemérita que nos ha conducido al aburrimiento? ¿Trabajo como alienación o como liberación? Los inmigrantes realizan las tareas bajas que los ciudadanos consentidos ya no quieren realizar. El estado limosnero no puede resistir a la larga. De nuevo, la falta de educación e instrucción. Las humanidades desaparecidas, la exigencia abolida, la falta de autoridad de los profesores, los alumnos perdiendo su vida en las redes sociales. Parece que la democracia tiene la obligación de permitirlo todo pero no es así. Prohibir no suena muy democrático pero no todo puede ser consentido. Pero para ello los ciudadanos deben saber cuáles son sus límites benefactores. El buen alumno es hoy el vago genial que triunfa como bloguero, 'youtuber', 'instagrammers' o 'influencer'. No hay aprendizaje sin dolor . Pero la democracia prefiere la ignorancia al dolor. Y, por supuesto, el partido gobernante. Según Bruckner, Premio Médicis y Montaigne de ensayo, el sufrimiento vende hoy más que el sexo. La clave está en presentarse como víctima pero venderse como superviviente. El también narrador ( Polanski rodó su novela 'Luna amarga') es muy crítico con la moda internacional de la ficción confesional: «Esta tendencia esteriliza la fecundidad de la literatura». «Sufro, alguien debe ser la causa», escribe Nietzsche. Hoy la democracia carga con todas las culpas. Los ciudadanos, debido a su mala educación, no saben que la democracia son ellos mismos. «No existe una historia de las catástrofes evitadas, pero sí el arte de hacer que las catástrofes sean evitables», comentaba Raymond Aron. Si el cristianismo proponía la redención, hoy en día la ley contempla la reparación. Antes lo bello sanador era suficiente, ahora es un tormento. Los expertos en 'ofensología' dicen que vivimos en el tiempo del resentimiento. Expurgar las grandes obras maestras, las grandes películas, las pinturas, la música. Venganza y resentimiento de los mediocres maleducados por la democracia. Destruir la belleza para ensalzar su fealdad y violencia. Aniquilar o 'pasteurizar' a la masa. Quejarse hoy es una manera de acusar a los otros, es una manera de denunciar al prójimo. El lamento es una de las malas hierbas de la democracia. No es bueno tener ciudadanos consentidos. La plegaria a Dios ha sido sustituida por la plegaria a la democracia. 'Sufro, luego existo' es un libro magnífico . Ya quisiéramos que nuestros aburridos académicos y ensayistas de salón escribieran libros así, pero aún están en las catacumbas cuando no son cómplices de todo lo que aquí se critica. Este ensayo continúa con audacia refiriéndose a la demonización histórica de Israel , a Putin como funcionario del crimen, a la Europa falleciente, o al islamismo. El volumen se inicia con varias citas, una de ellas de Louis Pasteur que dice: «No te pregunto cuál es tu raza, tu nacionalidad o tu religión, solo quiero saber de qué sufres».
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