COPE
Málaga vive una era de esplendor económico. La ciudad andaluza atraviesa un momento dulce, marcado por el turismo récord, la inversión extranjera y el aterrizaje de grandes empresas tecnológicas. Sin embargo, esta prosperidad oculta una realidad cada vez más difícil para sus habitantes: el coste de vida se ha disparado a un ritmo que los salarios locales no pueden seguir, abriendo una brecha que amenaza con expulsar a sus propios ciudadanos. El testimonio de un auxiliar administrativo de origen armenio, con 20 años de residencia en la ciudad, es un claro reflejo de esta tensión. Su sueldo, que recientemente ha subido a 1.350 euros, no se corresponde con el volumen de trabajo que gestiona. "Por todo el marrón que me como, [debería ganar] 1.700, 800, y eso que estoy tirando a lo bajo", lamenta. Su situación solo es sostenible gracias a un alquiler de 615 euros en la zona de El Palo, un precio congelado en el tiempo por la buena relación con su casera, algo impensable en el mercado actual. Esta lucha por llegar a fin de mes no es un caso aislado. Un empleado de una empresa de renting de coches, un sector en auge gracias al turismo, sobrevive con un sueldo que ronda los 1.400 euros. Con ese salario, se ve obligado a pagar 450 euros por una sola habitación y denuncia haber visto "zulos" en el mercado por hasta 1.000 euros. Su declaración es tajante y resume el sentir de muchos malagueños: "Con 1.400 euros no, o sea, no llego a fin de mes". El problema, según explica, es que "está subiendo todo, está subiendo el alquiler, está subiendo la gasolina, está subiendo la cesta de la compra, pero los sueldos no suben". Este desequilibrio convierte la vida en una carrera de obstáculos. La percepción en la calle es que Málaga está cambiando de dueño. Mientras los trabajadores de sectores tradicionales como la administración o la hostelería ven cómo su poder adquisitivo se evapora, la ciudad se transforma para acoger a una nueva población con salarios mucho más altos. Se trata de profesionales cualificados, como programadores con sueldos que pueden superar los 3.000 euros netos, y de inversores extranjeros que ven en la ciudad una oportunidad de negocio. Esta dualidad ha creado una ciudad de dos velocidades. Como sentencia un vecino, Málaga "evoluciona para los ricos, para los pobres no". El mercado inmobiliario es el mejor termómetro de esta fractura. Un administrador de fincas confirma que se venden viviendas en La Malagueta por un millón de euros, mientras que en los barrios obreros es difícil encontrar un piso por menos de 200.000 euros. Para quienes no pueden asumir estos precios, la única alternativa es el éxodo silencioso hacia el extrarradio o los pueblos cercanos. Un cocinero relata que vive con sus padres a 20 minutos de la capital porque independizarse solo "es muy difícil". Señala que incluso en la periferia los precios no paran de subir y que los alquileres de 500 o 600 euros "ya no hay". La consecuencia es una vida de incertidumbre. El auxiliar administrativo confiesa vivir "con el cuchillo aquí", pendiente de cualquier imprevisto que pueda desestabilizar su frágil economía. Calcula que para vivir con tranquilidad y poder ahorrar necesitaría un sueldo de 1.900 euros, una cifra que una emprendedora eleva hasta los 2.300 euros. La conclusión es incómoda: Málaga genera riqueza, pero no la reparte. La pregunta ya no es si la ciudad es cara, sino para quién está siendo diseñada.
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