Desescalada incierta
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Desescalada incierta

El anuncio de Donald Trump de posponer durante cinco días los ataques contra infraestructuras energéticas iraníes introduce un primer gesto de distensión en una crisis que, hasta ahora, avanzaba sin freno hacia una escalada mayor. La Casa Blanca vincula esa pausa a unas supuestas conversaciones «muy productivas» con Teherán, aunque el régimen iraní las niega de forma tajante. Pese a esa contradicción de base, los mercados han reaccionado con un alivio inmediato, reflejado en la caída del precio del crudo y la recuperación de las Bolsas . Este respiro no debe inducir a error. La guerra en torno a Irán ha alcanzado ya su cuarta semana con efectos acumulativos de gran calado. El bloqueo del estrecho de Ormuz mantiene retenida una parte sustancial del suministro energético global, con pérdidas de producción que superan, según estimaciones internacionales, las registradas en las crisis petroleras de los años setenta. Incluso en el escenario más favorable –una reapertura rápida del paso marítimo– los mercados energéticos tardarían semanas o meses en normalizarse, debido a los daños en infraestructuras, la disrupción logística y la incertidumbre geopolítica . En este contexto, la decisión de Trump responde tanto a una lógica estratégica como a una presión económica evidente. El encarecimiento de la energía, el aumento de los costes financieros y la volatilidad de los mercados han puesto de manifiesto los límites de una escalada prolongada, también para Estados Unidos. Aunque el país sea autosuficiente energéticamente, sus mercados y empresas son globales, y el coste interno –desde el precio de la gasolina hasta la tensión en los bonos– ha empezado a erosionar el margen político de la Administración. Sin embargo, la aparente apertura diplomática convive con una realidad militar que apunta en sentido contrario. Israel mantiene su ofensiva y aprovecha la distracción internacional en el Golfo para consolidar posiciones en el sur del Líbano, ampliando 'de facto' el perímetro del conflicto. Esta disonancia revela la falta de una estrategia coherente entre aliados y subraya el riesgo de que la pausa anunciada por Washington sea meramente táctica, no el inicio de una desescalada sostenida, o termine siendo fácilmente saboteada por el aliado israelí. El juicio que cabe extraer es claro. La guerra ha entrado en una fase en la que los incentivos económicos y la fatiga estratégica empujan hacia la negociación, pero sin que exista aún una arquitectura política capaz de sostenerla. La credibilidad de cualquier proceso dependerá de hechos verificables –reapertura efectiva de Ormuz, cese de ataques, canales diplomáticos reconocidos– y no de declaraciones unilaterales contradictorias. Europa, particularmente expuesta a las perturbaciones energéticas, no puede limitarse a observar. Debe reforzar su capacidad de interlocución, apoyando a países como Omán que parecen bienintencionados a la hora de mediar, y, sobre todo, acelerar su autonomía estratégica en materia energética. La tregua de cinco días ofrece una oportunidad, pero también una advertencia: sin un marco estable, el alivio de hoy puede convertirse en la antesala de una crisis aún más profunda.

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