El Plural
Esta semana 166 países, que representan al 93 % de la población mundial y el 72% del comercio internacional, se volverán a sentar en la mesa de negociaciones. La Organización Mundial del Comercio (OMC) celebra su 14 Conferencia ministerial en Yaundé. Más allá de los resultados que contabilicemos a su término, su propia celebración es ya un éxito en una situación geopolítica y geoeconómica tan convulsa e imprevisible como la actual. Hoy se ha hecho evidente con una claridad que no había años atrás, que la pugna entre quienes desean la extinción de la OMC para imponer el proteccionismo y la ley de la jungla, y quienes seguimos defendiendo el comercio basado en normas, diálogo y cooperación, sitúan a este organismo ante una amenaza existencial. Depende de quién gane esta batalla. La virulencia con la que está actuando el presidente de Estados Unidos, distorsionando el funcionamiento del comercio internacional al convertir los aranceles en un arma arrojadiza con la que coaccionar a gobiernos de otros países, ha abierto una senda peligrosa por la que están adentrándose las fuerzas de la ultraderecha. Lo vemos claramente en la Unión Europea, donde los grupos políticos que ondean la bandera del patriotismo se alinean con la administración norteamericana y defienden medidas contrarias a los intereses de su propia ciudadanía. El Parlamento Europeo es un escenario donde estas fuerzas despliegan un servilismo vergonzante hacia Estados Unidos, clamando por un proteccionismo utópico autárquico que nos retrotrae a tiempos pasados. Desandar el camino del mercantilismo a la economía global abierta no solo no es deseable, sino que es imposible. Y en esa pugna abierta se valen de mentiras y amenazas que hacen florecer el miedo y la violencia. Nosotros seguiremos haciéndoles frente con datos que avalan el éxito de los intercambios comerciales, y trabajando para que sean los bienes y servicios los que crucen nuestras fronteras, y no los ejércitos y las bombas. Porque la OCM representa todo lo que estas fuerzas quieren destruir, su celebración es en sí un éxito, pero no es suficiente. Si hace dos ediciones en Ginebra logramos reflotarla tras el punto de inflexión que supuso la pandemia, poniendo sobre la mesa medidas sanitarias y la patente de vacunas, así como la seguridad alimentaria tras el ataque de Putin a Ucrania o la protección del planeta mediante las subvenciones a la pesca; en la pasada edición, celebrada en Abu Dabi, avanzamos en cuestiones como el comercio electrónico y, sobre todo, constatamos la urgencia de modernizar la organización. Ahora ha llegado el momento de emprender dichas reformas. En esta 14 edición, la Unión Europea debe asumir un liderazgo fuerte (la propuesta presentada hace unos meses va en la buena dirección) aliándose con socios fiables como Canadá, Suiza o Noruega, y también teniendo muy presente el empuje y el dinamismo que está experimentando el continente africano, de ahí el acierto de reunirnos en Camerún del 26 al 29 de marzo. Porque los avances que logremos estos días serán beneficiosos no solo para los países emergentes;...
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