CORDÓPOLIS
Cuidado con la equidistancia Un admirador incondicional La semana pasada perpetré un pequeño experimento en Facebook. A las 20.01 horas del sábado 22 de marzo colgué en mi perfil un espeluznante informe de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en los territorios ocupados de Palestina. El dictamen describe en 21 páginas demoledoras cómo Israel convierte el uso sistemático de la tortura en instrumento integral de la dominación colonial sobre los palestinos. Bajo el título de Tortura y Genocidio , el documento desgrana, página a página, un terrorífico catálogo de castigos infligidos a hombres, mujeres y niños, tanto a través del abuso metódico en centros de detención como mediante una inhumana campaña de “desplazamientos forzados”, “asesinatos en masa” y “privación y destrucción de todos sus medios de subsistencia”. Todo ello con el objetivo de “infligir dolor”, “sufrimiento colectivo” y “terror psicológico” a largo plazo en una estrategia perfectamente diseñada para “quebrantar cuerpos”, “privarlos de su dignidad” y “expulsarlos de su tierra” . Y añade el informe: “No se trata de violencia incidental. Es la arquitectura del colonialismo de asentamiento, construida sobre una base de deshumanización y mantenida por la política de crueldad y tortura colectiva” . Un día después, el domingo 22 de marzo, a las 11.51 horas de la mañana, compartí en la misma red social una noticia escalofriante sobre Irán. El titular decía así: “Irán ahorca a tres condenados por las protestas de enero, entre ellos el campeón de lucha libre Saleh Mohammadi”. El subtítulo de la noticia añadía lo siguiente: “Los hombres fueron ejecutados por el delito de ‘enemistad contra Dios’ tras ser acusados de matar a dos agentes de seguridad”. Un poco más arriba añadí de mi cosecha: “Irán ejecuta cada año a más de 800 personas. Después de China, es el segundo país del mundo con más penas de muerte. Muchas de ellas por el imperdonable delito de ”enemistad contra Dios“. A finales de diciembre se produjeron protestas masivas contra el régimen teocrático de Teherán, que desató una descarnada represión contra la población civil. Una misión internacional de la ONU cifró en varios miles los muertos a manos de las fuerzas de seguridad y elaboró un informe que revelaba ”graves violaciones de los derechos humanos, torturas, desapariciones forzosas y crímenes contra la humanidad“ de un sistema diseñado para ”silenciar a la disidencia“ y negar a las víctimas su ”derecho a la verdad, justicia y reparación“. Las ejecuciones del régimen teocrático se han producido apenas mes y medio después de las protestas. No hace falta ser doctor en derecho penal para certificar que los condenados han sido víctimas de un proceso judicial arbitrario y sin garantías. Es el pan nuestro de cada día de un sistema autoritario y abusivo. Así lo recoge un informe de Amnistía Internacional, que alerta del procesamiento de niños en una campaña represiva de “juicios acelerados y flagrantemente injustos” para castigar a sus ciudadanos. He dicho al principio de este texto que se trataba de un pequeño experimento en Facebook. Pero no es verdad. No se trata de un experimento. Hace muchos años que intento colocar invariablemente los derechos humanos en el vértice de mi torpe pirámide ética. Desde entonces, el mundo se me reordena de otra manera. De tal forma que las víctimas de Israel y las de Irán, las de Hamás y las de Donald Trump, las de Putin y las de Arabia Saudí merecen toda mi compasión sin restricciones. Y sus verdugos mi reprobación sin límites. Pues bien. El post de Irán se me atascó de improperios, exabruptos y otras lindezas que no encuentro higiénico traer a estas líneas. Quienes aplaudían el informe sobre Palestina censuraban el dictamen sobre Irán. Uno de mis más atentos admiradores me advirtió de que tuviera cuidado con la equidistancia. En materia de derechos humanos, por lo visto, no es lo mismo torturar a uno de los nuestros que a uno de los suyos. O bombardear un hospital en Líbano que en Ucrania. Ya lo dibujó El Roto antes de ayer con su proverbial perspicacia: “Matar no es malo si matan los buenos”. Pues eso. ¿De verdad hay que elegir entre un régimen teocrático y otro genocida? ¿No se puede estar en contra del ataque criminal e injustificado contra Irán a la vez que reprobar el sistema liberticida y autocrático de su Gobierno? ¿Condenar las ejecuciones arbitrarias de los ayatolas me coloca en la trinchera de un psicópata llamado Donald Trump? Hay quien invoca el derecho internacional con una mano y justifica su vulneración con la otra. Lo vemos a diario delante de nuestros ojos. Son gente que juega a los soldaditos con el mapa mundi. Tu ejército malvado por allí; el mío virtuoso por aquí. Gente para la que los derechos humanos son un mero instrumento de propaganda con el fin de erosionar la credibilidad del enemigo. Punto pelota. La dignidad de las víctimas les trae sin cuidado. Hace diez o veinte años nadie hubiera imaginado que cierta izquierda iba a defender a capa y espada a un puñado de ayatolas ultraconservadores que someten a las mujeres, encarcelan a la oposición y sumergen a un país entero en el medievo. O que se iba a echar en brazos de un zar de ultraderecha , machista y retrógrado, en cuyo país los periodistas se caen por la ventana y los disidentes mueren envenenados. Cuando construyes un mundo levantado sobre simples antagonismos, corres el riesgo de olvidar lo importante, justificar lo indecente y comulgar con ruedas de molino.
Go to News Site