El Plural
Hay partidos que valen más que un resultado. No por el trofeo en juego ni por la magnitud oficial del torneo, sino porque acaban convertidos en una postal de época. El 25 de marzo de 1981, España derrotó a Inglaterra en Wembley por 1-2 y firmó una de esas victorias que, con el paso del tiempo, crecen en el recuerdo. Fue la primera y sigue siendo la única vez que la selección española ganó a Inglaterra en ese escenario. Pero aquella noche no quedó grabada solo por el fútbol: mientras la pelota rodaba en Londres, en España se confirmaba la liberación de Quini, secuestrado desde comienzos de mes. El triunfo en Wembley pasó así a convivir con una noticia infinitamente más importante: el regreso de uno de los futbolistas más queridos del país. Un estadio cargado de historia En aquel tiempo, Wembley no era simplemente un campo de fútbol. Era casi una frontera mental. Para muchas selecciones continentales, ganar allí significaba algo más que superar a Inglaterra: implicaba discutirle su autoridad simbólica a la cuna del fútbol. España acudió a ese amistoso de preparación rumbo al Mundial de 1982 sabiendo que no se trataba de una visita cualquiera. Enfrente esperaba un rival con nombres de peso y con un aura todavía muy poderosa, en un contexto en el que los enfrentamientos internacionales tenían un componente casi épico. José Emilio Santamaría alineó a un equipo competitivo y valiente: Arconada; Camacho, Maceda, Tendillo, Gordillo; Joaquín, Víctor, Zamora; Juanito, Satrústegui y Marcos. No era una selección acomplejada, aunque sí muy consciente de la dimensión del reto. Inglaterra, por su parte, presentaba un once lleno de futbolistas prestigiosos, con apellidos que imponían respeto en toda Europa. En ese marco, España no ganó por accidente ni por azar: ganó porque compitió de verdad, porque entendió el partido y porque tuvo personalidad para jugarlo sin rendirse al decorado. Satrústegui golpeó primero, Zamora remató la hazaña El partido se abrió de la mejor manera posible para la selección española. Satrústegui adelantó a España y encendió una noche que, hasta entonces, parecía destinada a ser otra visita honorable a Londres. Inglaterra reaccionó con uno de esos goles que resumen la calidad de una generación: Glenn Hoddle empató con una acción brillante, de las que cambiaban el tono del encuentro y recordaban a todos quién jugaba en casa. Lejos de venirse abajo, España respondió con entereza. El equipo mantuvo el pulso y encontró el segundo tanto en las botas de Jesús Mari Zamora, autor del 1-2 definitivo. El marcador no fue una anécdota sostenida por la fortuna. Para conservarlo hizo falta también la figura inmensa de Luis Arconada, decisivo con varias intervenciones de enorme mérito para evitar el empate inglés. La combinación de eficacia arriba y firmeza atrás permitió a España cerrar una victoria que no solo era histórica, sino además plenamente merecida. No fue un robo, no fue un milagro, no fue un accidente romántico: fue una gran actuación en el lugar donde casi nadie se sentía cómodo...
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