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He estado menos veces que en el Teatro Real, pero entrar en el Gran Teatro del Liceo para asistir a una representación de ópera es una experiencia inolvidable tanto por la majestuosidad del lugar como por la historia que representa. Por eso, recuerdo conmovido el terrible incendio que sucedió el 31 de enero de 1994 y, sobre todo, rememoro también cómo Montserrat Caballé, desolada, dijo al enterarse de que se había derrumbado la techumbre: "Si se ha caído el techo ya no hay Liceo". En medio de la tragedia, la unión de artistas, colaboradores, mecenas, abonados, sociedad y administraciones públicas hizo posible el renacimiento del Gran Teatro de Liceo gracias al compromiso, el amor por la cultura y el vínculo con este coliseo histórico. Este abrazo colectivo de fuerza y solidaridad tejió lo que fue el deseo de la reconstrucción, que se llevó a cabo en 4 años. En 1999, el Liceu no solo renació de sus cenizas, sino que se erigió como un símbolo con la capacidad de superar cualquier obstáculo, esperanza y de un futuro donde la cultura, el arte y la solidaridad sigan inspirándonos. La reconstrucción del Gran Teatro del Liceo consistió no solo en rehacer la gran sala con una apariencia fiel al anterior, sino en su ampliación, adoptando criterios tecnológicos y compositivos de modernidad para dotar al nuevo teatro de las infraestructuras y los servicios necesarios para un funcionamiento actualizado. La edificación de nueva planta ocupó finalmente un 70% de la totalidad del nuevo edificio, gracias a la expropiación de los solares vecinos de la Rambla, calle Sant Pau y calle Unió. Además de la recuperación del auditorio, dotado de una infraestructura técnica muy avanzada, y su registro acústico, se habilitó un nuevo escenario, y se incorporaron mejoras en las zonas de acceso y circulación del público.
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