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El momento más esperado del día es cuando se abre el portón de madera oscura de una sala de los juzgados federales del sur de Manhattan y aparece Nicolás Maduro. Hace unos meses, bailaba música tropical en vídeos propagandísticos y se mostraba altanero ante las amenazas de Donald Trump. Ahora mueve las caderas, pero para ser capaz de andar con grilletes. Nada más entrar en la sala, otea el horizonte entre los bancos del público, copados a medias por la prensa y por curiosos. Sonríe al frente, no se sabe a quién ni por qué. Los doscientos ojos de los cien privilegiados que han hecho cola durante horas se clavan en su figura. Es un momento extraño porque la... Ver Más
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