Cope Zaragoza
La Semana Santa en localidades pequeñas de nuestra España... Quintanar del Rey (Cuenca), Cardeñosa (Ávila), Bollullos del Condado (Huelva) o Corella (Navarra)... nuestros Fósforos nos cuentan las peculiaridades de las procesiones que en estos días recordarán la Pasión y Muerte de Jesús. Antonio Agredano, en sus Crónicas Perplejas, también recuerda su momento más íntimo de la Semana Santa. Más allá de la belleza, más allá del abanico de perfumes, del pellizco divino en las tallas, del místico ritmo de las marchas, del brillo de las maderas; más allá del silencio compartido y el suspiro de la carne… más allá de todo eso, me pregunto, qué es la Semana Santa. O de forma más precisa: Todas estas respuestas, a qué pregunta corresponden. Porque la fe sucede de dentro hacia fuera. No es cavar en la tierra para encontrar un tesoro, es cavar en el oro para encontrar la tierra. Es un viaje desde el destino hacia el origen. No es lo que nos darán, sino lo que ya hemos dado. Han pasado muchos años, pero aún recuerdo a mi abuela caminando detrás de María Santísima del Amor. Con su vestido suave. Con su hermosa pausa. Qué pronto se fue ella y qué solos nos dejó a todos. Yo la acompañaba en un tramo breve. Impostaba mi seriedad. Me parecía algo enorme aquello, tan hondo, tan íntimo. «Qué guapo y qué grande está su nieto», le decían otras mujeres casi en un susurro. Ella ponía su mano sobre mi hombro con orgullo y me apretaba contra su cuerpo. Olía a azahar y a miel. Olía a bienvenidas. A besos en la frente. A pan caliente. A sábanas limpias. A naranjas en la cocina. Olía a algo que ya nunca he vuelto a percibir. La pertenencia a ese tiempo y a ese amor. Y a ese barrio, que era el suyo, San Basilio. Y frente a nosotros, el manto rojo de la Pasión. Y un corazón con dos golondrinas. Los pájaros que anuncian la primavera. Los pájaros que arrancaron con sus picos las espinas de la corona de Jesús y aliviaron su sufrimiento. Ella era como esa ave para mí. El alivio de mis penas. La calma en la agitación. La fuerza en el vértigo. Agua en la madrugada. Me apretaba contra su cuerpo. Mi pecho era un diminuto océano que, de repente, se apaciguaba. Habrá a quien esto no le interese. Habrá quien se esconda en sus casas hasta que pase la semana. Está bien. Cada cual elige sus batallas. Pero yo creo en algo que va más allá de lo cotidiano. Más allá de esta acera que piso y de este ruido que habito y que esta prisa por todo. La trascendencia se escribe con minúsculas. Y a veces la esperanza nos abre una puerta pequeña. Hay dolor y hay ausencias, pero recuerdo a mi abuela caminar detrás de la Virgen, con la mirada baja, buscando en ella, con humildad, una explicación a la vida. Paz para lo vivido y coraje para lo que queda. Porque la fe es una dorada pregunta que no necesita toscas respuestas.
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