Faro de Vigo
El miércoles le dediqué (muchos pensaréis que perdí) más de dos horas a ver en directo (gentileza de CNN) la reunión de Donald Trump con su Gabinete. Se suponía que era un encuentro formal, serio, importante… el primero desde que EE UU, arrastrado por la insania de Netanyahu, decidió arrasar Irán (una sanguinaria teocracia, me apresuro a adelantar para evitar equívocos). Se suponía, digo, porque lo que realmente contemplé fue un grotesco espectáculo televisivo, una especie de Gran Hermano político en el que un puñado de hombres, la mayoría wasp (white anglo-saxon protestant) formados en elitistas universidades, encorbatados y repeinados, parloteaban rodeados de atónitos periodistas. El mundo se va al carallo y ellos de relax: bromas, risas histéricas, alguna frase grandilocuente y otras propias de machirulos. Ah, y sobre todo un asqueroso peloteo al jefe. El nivel de baba fue insuperable (el secretario de Defensa dijo que «los miembros del Gabinete rezaban cada día por el presidente Trump y el pueblo americano debería hacer lo mismo»). Joder, pensé, si Adam Smith, padre de La democracia en América, levantase la cabeza se moriría de un soponcio (o cogería un trabuco).
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