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Pecio - El conjunto de indicios muestra una embarcación adaptada, con armamento justo para defensa, que se dirigía a una costa peligrosa donde el riesgo formaba parte del negocio ¿Quién fue el primer turista estadounidense que llegó a Shangri-La? La historia arranca con un déspota tibetano y una silla de montar El nombre suena a barco de guerra, pero en realidad apunta a otra historia muy distinta. El Ánimas de la Victoria fue una embarcación de tamaño medio que llevaba artillería ligera y que navegaba por el Caribe en el siglo XVIII sin seguir las rutas habituales de la Corona española. No era un gran navío militar ni formaba parte de una flota oficial, sino que encaja mejor con un mercante armado que podía defenderse y operar con cierta autonomía. Su presencia en aguas mexicanas no responde a una misión oficial conocida ni a una orden documentada. Todo indica que alguien decidió enviarlo a una zona donde los españoles evitaban entrar por los riesgos del terreno. Un estudio reciente sitúa el pecio en una zona apartada con actividad ilegal Ese movimiento fuera de ruta encaja con el hallazgo principal que recoge Journal of Maritime Archaeology . Un equipo de la Subdirección de Arqueología Subacuática del INAH ha identificado un barco mercante armado del siglo XVIII que acabó hundido en una zona alejada de los trayectos españoles habituales , con indicios claros de actividad ligada al contrabando. El estudio se apoya en restos como cañones, anclas y materiales dispersos que permiten reconstruir su perfil y su final. La investigación sitúa el caso en un contexto de navegación arriesgada y decisiones que buscaban evitar controles oficiales . El punto donde terminó el viaje obliga a pensar en un trayecto deliberado hacia esa costa. Las piezas de artillería apuntan a un origen ambiguo y función defensiva La bahía de Espíritu Santo no formaba parte de los caminos normales de los barcos españoles. Las rutas habituales evitaban esa franja del Caribe y buscaban aguas más abiertas antes de entrar en el golfo de México. Allí, en cambio, hay arrecifes, fondos poco profundos y oleaje complicado que dificultaban cualquier maniobra. El lugar donde apareció el pecio queda además lejos de puertos españoles y de zonas bien cartografiadas en la época. Esa distancia respecto a los itinerarios oficiales deja una idea clara sobre el rumbo del barco. No iba siguiendo un trayecto autorizado ni seguro. La costa elegida complica la navegación y revela una decisión arriesgada Los cañones aportan pistas sobre el origen del barco y también sobre su función. Algunos presentan una marca con la letra C en relieve, que se asocia tanto a fundiciones francesas como a inglesas del siglo XVIII. Esa ambigüedad encaja con un barco que no seguía una bandera clara o que pudo haber cambiado de manos. Además, uno de los cañones recuperados fuera del yacimiento muestra un diseño típico británico de mediados de ese siglo. El tipo de artillería, de pequeño calibre, refuerza la idea de un mercante armado y no de un buque de guerra. Su función era proteger la carga y no participar en combates navales de gran escala. Los restos dibujan una huida fallida hacia el arrecife La forma en que aparecen los restos en el fondo del mar permite reconstruir los últimos minutos del barco . Los objetos no están juntos, sino repartidos en una franja de unos 200 metros que sigue una dirección hacia el arrecife. Primero se soltaron anclas pequeñas que no llegaron a frenar la deriva, después se arrojaron cañones para reducir peso y ganar flotabilidad. Esa secuencia se repite varias veces a medida que el barco avanzaba sin control hacia aguas más someras . Cada tramo del yacimiento corresponde a un intento de salvar la nave. La tripulación actuó por fases, intentando corregir el rumbo sin éxito. El patrón de navegación encaja con redes comerciales fuera de la ley El contexto histórico da sentido a esa ruta y a esas decisiones. En el siglo XVIII, la costa oriental de Yucatán era una zona poco utilizada por los españoles, mientras que los británicos conocían bien esos canales gracias a sus actividades en Belice y Jamaica. Allí explotaban el palo de tinte y movían mercancías fuera de los circuitos oficiales. Un barco como el Ánimas de la Victoria encaja en ese escenario como transporte de carga ilegal o de productos ingleses . No hay registros que indiquen quién ordenó el viaje ni qué empresa lo financió, pero la lógica apunta a redes comerciales que operaban al margen del control español. Esa actividad explica por qué navegaba en un área que otros evitaban. La distribución de los restos muestra una maniobra desesperada Las anclas completan la imagen del barco y de su procedencia. Una de ellas tiene rasgos asociados a diseños británicos, aunque también recuerda a modelos franceses del siglo XVIII. Otra mantiene proporciones propias de piezas más antiguas, incluso del siglo XVII, lo que sugiere que el barco utilizaba equipos de distintas épocas. La más grande indica un tonelaje que encaja con un mercante de entre 650 y 700 toneladas. Esa mezcla de elementos apuntala la idea de un barco adaptado, no construido como unidad militar estándar. El conjunto, por lo tanto, encaja con una embarcación que viajaba cargada, armada lo justo y dirigida hacia una costa donde el riesgo formaba parte del negocio.
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