Anatomía de un saqueo arqueológico histórico: de una moneda de la época de Alejandro Magno a un busto romano

Anatomía de un saqueo arqueológico histórico: de una moneda de la época de Alejandro Magno a un busto romano

Más de 1.500 piezas arqueológicas, incautadas hace más de un año a un matrimonio alemán en el aeropuerto de Palma, comienzan a ser catalogadas de cara al proceso judicial y a la organización de una exposición para este verano El matrimonio alemán que ha expoliado más de 1.400 ánforas, lámparas y espadas romanas de valor incalculable en Mallorca Ocurrió en el control de seguridad del aeropuerto de Palma, pero el alcance real del hallazgo no se conocería hasta meses después. Hace más de un año, una mujer de nacionalidad alemana fue interceptada cuando intentaba sacar de Mallorca un montón de monedas antiguas en su maleta. Aquella intervención rutinaria destapó uno de los mayores casos de expolio arqueológico conocidos en la isla: más de 1.500 piezas —monedas, ánforas, lámparas, espadas y esculturas— acumuladas durante años y ocultas hasta entonces. Desde su recuperación, todo el material ha permanecido bajo custodia judicial en los almacenes del Museu de Mallorca, a la espera de autorización para su estudio. La luz verde a ese permiso llegó hace apenas unos días y ha permitido iniciar, por fin, el inventario técnico que deberá servir de base al proceso judicial y posteriormente a la organización de una exposición para este verano. “La historia es dolorosa, pero haber podido detener el expolio también nos emociona”, explica Maria Gràcia Salvà, directora del museo, a elDiario.es. “Ahora es el momento de hacer un buen informe para que el juez o la jueza pueda tomar una decisión con base técnica”, añade la historiadora del arte, que también se encarga de la anatomía de este gran saqueo patrimonial junto a un equipo de expertos que le acompañan. Maria Gràcia Salvà, directora del Museu de Mallorca, trabaja en la catalogación de todas las piezas incautadas. Junto a las monedas, aparecieron espadas prehistóricas de "valor incalculable" 1. El recuento: de momento, 1.574 monedas El trabajo técnico acaba de comenzar, pero los plazos ya están sobre la mesa. En dos meses, según sus cálculos, la catalogación podría darse por terminada. El inventario preliminar confirma la magnitud del conjunto de reliquias. Solo en monedas, el recuento asciende ya a 1.574 ejemplares, con un arco cronológico amplísimo que va desde la época griega hasta la Edad Media. Predominan las monedas romanas imperiales —casi la mitad del total—, pero también hay piezas bizantinas, andalusíes tempranas y medievales. Entre todas ellas destaca una moneda atribuida a la época de Alejandro Magno que tiene más de 2.300 años de antigüedad. Predominan las monedas romanas imperiales —casi la mitad del total—, pero también hay piezas bizantinas, andalusíes tempranas y medievales. Entre todas ellas destaca una moneda atribuida a la época de Alejandro Magno que tiene más de 2.300 años de antigüedad Junto a las monedas han aparecido ánforas, lámparas de aceite, cerámicas, espadas prehistóricas y un busto romano, además de otros materiales aún sin clasificar. Muchas de las cajas ni siquiera habían sido abiertas hasta ahora, ya que el conjunto permanecía precintado por orden judicial. “El estado de conservación es, en general, deficiente”, señalaron los técnicos durante la presentación pública del material. Una circunstancia bien habitual en piezas extraídas sin criterios arqueológicos ni medidas de preservación. El inventario preliminar del expolio asciende a 1.574 monedas que datan desde la época griega hasta la Edad Media Desde su recuperación, todo el material ha permanecido bajo custodia judicial en el Museu de Mallorca “Queremos que la gente tome conciencia de que ya está bien. Porque con el expolio puedes pensar que solo quitas un clavo, pero es que ese clavo quizás pueda darnos la cronología de un yacimiento y, por tanto, ayudarnos a conocer de forma verdadera nuestra historia”, concluye la directora del Museu de Mallorca. Queremos que la gente tome conciencia de que ya está bien. Porque con el expolio puedes pensar que solo quitas un clavo, pero es que ese clavo quizás pueda darnos la cronología de un yacimiento y, por tanto, ayudarnos a conocer de forma verdadera nuestra historia Maria Gràcia Salvà — Directora del Museu de Mallorca Ante el llamativo hecho de que las piezas fuesen interceptadas a una turista alemana, el arqueólogo mallorquín Antoni Puig no duda en alejar la mirada sobre los males del turismo contemporáneo y vincular los expolios patrimoniales a la “desigualdad”, ya que, en este caso, todo apunta a que puede tratarse de “un coleccionista que ha expoliado piezas de todo el mundo, comprándolas y acumulándolas durante generaciones, lo cual es fácil si tienes dinero y pocos escrúpulos”, según el experto. 2. El procedimiento: del depósito judicial al informe técnico “Hoy todos veremos por primera vez este material todavía empaquetado”, se escuchó en las salas del museo. Era la voz de la consellera insular de Cultura y Patrimonio, Antònia Roca, anunciando la apertura inédita de las cajas con los materiales incautados durante una rueda de prensa. Fue la primera vez que buena parte del material se mostró ante las cámaras, en una escena a medio camino entre el acto institucional y una performance artística. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por culturamallorca (@culturamallorca) El objetivo, según explicaron, ahora es doble: completar el inventario y elaborar una valoración científica del conjunto, solicitada expresamente por el juzgado de Instrucción de Manacor, que investiga el caso. Ese informe será clave para determinar las responsabilidades penales y para valorar si, además del delito de expolio arqueológico, podría existir también contrabando de bienes culturales. En este sentido, el delito de expolio contempla penas que van de los seis meses a los tres años de prisión. Para este verano está previsto organizar una exposición temporal con algunas de las piezas más relevantes Según explicó en la cita con la prensa el capitán del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil de Balears, Pedro Manuel García, en la causa hay “tres personas investigadas”, todas de nacionalidad alemana, de las cuales una podría estar fallecida. Ante el asombro de los asistentes ante tal escena, García explicó que cree que la mujer interceptada en el aeropuerto “no era consciente del delito de sacarlo, pero de tenerlo sí, aunque hay que demostrarlo”. En la causa hay tres personas investigadas, todas de nacionalidad alemana, de las cuales una podría estar fallecida Una de las grandes incógnitas que deberá resolver ahora el inventario es la procedencia real de las piezas. Para el arqueólogo mallorquín Antoni Puig la incautación en Mallorca puede ser “un hecho circunstancial”. “Hasta que no veamos el inventario completo no sabremos si el patrimonio tiene un origen local”, advierte. El reciente permiso judicial ha permitido el estudio técnico que servirá de base al proceso judicial por el expolio 3. El daño del expolio: lo que ya no se puede recuperar Más allá del número de piezas o de su posible valor económico, todavía por tasar, los especialistas insisten en que el verdadero perjuicio del expolio es otro. “Cuando una pieza es extraída de su contexto, se pierde una parte fundamental de su valor”, recordó durante la rueda de prensa Antònia Roca. Sin estratigrafía —estudio de las capas del terreno que permite datar y contextualizar los hallazgos—, sin localización precisa y sin relación con otros materiales, los objetos pierden gran parte de la información que permiten reconstruir el pasado. “Lo realmente grave es todo el contexto que se ha perdido: la cronología, las relaciones entre piezas, los datos que nos permiten entender la historia”, resume Puig en conversación con elDiario.es. Lo realmente grave es todo el contexto que se ha perdido: la cronología, las relaciones entre piezas, los datos que nos permiten entender la historia Antoni Puig — Arqueólogo Desde el Museu de Mallorca subrayan que estas prácticas “no solo vacían yacimientos”, sino que también “empobrecen el conocimiento colectivo sobre una isla históricamente marcada por el comercio y el intercambio cultural en el Mediterráneo”, tal y como explicó Gràcia Salvà en su encuentro con los medios de comunicación. La historiadora del arte y directora del museo se encarga del inventariado de las piezas junto a un equipo de expertos que le acompañan. El Museu de Mallorca cuenta con un importante fondo de obras de arqueología y arte 4. Desenlace: una exposición pedagógica para el verano Una vez concluido el inventario, está previsto organizar una exposición temporal con algunas de las piezas más relevantes para este verano. La directora del museo defiende la iniciativa como una oportunidad para concienciar a la ciudadanía. “Queremos que la gente entienda que con el expolio no solo se quita un objeto: se arranca una parte de la historia común”, señala la directora del Museu de Mallorca. Por otro lado, Antoni Puig se muestra prudente —aunque no contrario— ante esa posibilidad. El arqueólogo ve con buenos ojos una muestra siempre que el enfoque sea “pedagógico y crítico” y no una celebración estética de las piezas. “El mensaje debería ser 'mirad lo que se ha llegado a destrozar', no lo bonitas que son las piezas ni lo bien que te va si tienes dinero para coleccionar”, advierte. El edificio, de época barroca, fue adquirido por el Estado en 1971 para ubicar el Museu de Mallorca “El expolio arqueológico no es solo un delito”, concluyó la consellera insular de Cultura y Patrimonio, Antònia Roca, durante la rueda de prensa, “es un daño grave a nuestra historia colectiva”. En este caso, un daño que quedó al descubierto en una cinta de equipajes, escenario inesperado de uno de los mayores expolios arqueológicos conocidos en las Illes Balears.

Fairplayer, la alternativa a Spotify para luchar contra el capitalismo de las plataformas de streaming

Fairplayer, la alternativa a Spotify para luchar contra el capitalismo de las plataformas de streaming

Tras la ínfima remuneración que reciben los artistas por parte de Spotify y la marcha de muchos de ellos, programadores y cantantes apuestan por una herramienta que busca ser ética y cooperativa Subvert, una plataforma para los músicos que no quieren “sentirse cómplices de la especulación con la guerra” La ínfima remuneración que reciben los artistas por parte de Spotify y la opacidad de su funcionamiento interno lleva años crispando los ánimos del gremio de creadores, pero la noticia de que su fundador, Daniel Ek, había invertido 600 millones de euros en Helsing , empresa alemana especializada en fabricación de drones de combate, provocó las primeras reacciones serias. Grupos independientes como Deerhoof, King Gizzard & the Lizard Wizard y Xiu Xiu retiraron sus catálogos en verano. Otras más conocidas, como Massive Attack, anunciaron su intención de hacer lo mismo, aunque todavía no lo han logrado. El pasado noviembre, 160 artistas vascos planificaron una fuga coordinada de Spotify y hace una semana 80 artistas catalanes capitanearon una estrategia similar. Más allá de la protesta simbólica, porque la retirada de varios cientos de repertorios afecta la imagen de Spotify pero no sus finanzas, también empiezan a cobrar forma iniciativas cuyo objetivo es imaginar un consumo de música en streaming más ético y responsable que no dependa del capricho de grandes empresarios; llámense Spotify , Amazon, Apple, Tidal, YouTube o Deezer. La semana pasada se presentó en sociedad en Barcelona el colectivo La Instrumental, integrado por activistas, programadores, artistas y personas vinculadas al ámbito cooperativista y de la economía social y solidaria. Llevan medio año reflexionando sobre cómo debería ser una plataforma ética, cooperativa y alternativa a Spotify y en apenas tres meses han ideado un prototipo llamado Fairplayer. A diferencia de otras alternativas más éticas que Spotify, como Subvert , Mirlo o Qobuz, Fairplayer es una herramienta diseñada con herramientas de código abierto y con la intención de ser replicable más allá del ámbito catalán al que, por ahora, se circunscribe. De hecho, Fairplayer nace a partir del software también libre Faircamp que permite generar catálogos musicales al margen de distribuidoras y otros intermediarios de la industria musical digital. Fairplayer será la plataforma a través de la cual se podrá escuchar en streaming la música almacenada en esos catálogos. Por ahora funciona en fase beta con 900 canciones aportadas por una veintena de artistas catalanes que editan su música desde cooperativas discográficas como Radi Solar y Discos Pinya. Ya se pueden escuchar desde el portal fairplayer.band , aunque por ahora el proceso para que artistas o sellos incorporen su catálogo es algo más complicado y necesita asesoría. Captura de pantalla de la plataforma Fairplayer Tras analizar los ejemplos existentes, La Instrumental asume que no tiene sentido crear una alternativa a Spotify con la misma estructura y modelo de gobernanza que Spotify. Ni siquiera Bandcamp, considerada por muchos melómanos y artistas la plataforma más justa, puede existir al margen de procesos de compra-venta que puedan alterar sus objetivos empresariales, sus políticas de servicio y, finalmente, mierdificar sus planteamientos iniciales. La Instrumental está diseñando un ecosistema de escucha digital en el que nadie sea dueño de nada. Fairplayer solo es una plataforma de escucha a la que los artistas y sellos conectarán sus repertorios, pero no habrá un almacén que centralice todos los archivos. Y, en tanto que modelo replicable desde cualquier rincón del planeta, el Fairplayer barcelonés (aun sin nombre) tendrá forma de app, pero solo sería una de muchas plataformas de escucha de una red descentralizada e interconectada. Para ello, y tras meses de reflexión, La Instrumental ha decidido separar sus dos estructuras clave: el reproductor de música y el gestor de catálogos. Fairplayer solo es el reproductor y a él se enlazarán los catálogos que se sumen a la plataforma. Lo único que tendrá que hacer un sello o artista es vincularse a ese gestor de catálogo. Por ahora, la única forma de hacerlo es a través de la herramienta Faircamp, pero la intención es crear protocolos que permitan a cualquier creador vincular su obra al reproductor desde su servidor. Este sistema implica que el artista no entrega copias a otra plataforma, sino que activa un acceso a las copias que él ya tiene almacenadas. Y ese proceso ni siquiera implica tener que darse de baja de Spotify, Amazon o cualquier otra plataforma. Es solo un primer paso de cara al gran objetivo: reducir la dependencia de las grandes plataformas y atraer al público a un ecosistema digital más democrático y justo. El objetivo de La Instrumental es articular una alternativa real y antimonopolística a esta forma de acceder a la música que aparentemente solo puede existir según las normas que dicte el oligarca del streaming de turno. Aquí se trabaja en vistas a una plataforma sin ánimo de lucro, de código libre y replicable, con un sistema transparente de algoritmos y una remuneración por escucha muy superior a la que se estila en este sector. Y todo ello, gracias a un planteamiento de base que no entiende este servicio solo como una herramienta para mejorar las condiciones de los artistas en este entorno digital, sino, ante todo, como un proyecto planteado por y para la gente que escucha música en la red. Una cooperativa de oyentes Aunque en una primera lectura pudiera parecer un micro lobby de sellos independientes o el enésimo colectivo de artistas insatisfechos con la deriva excluyente del negocio, en la jornada de presentación de La Instrumental, y a la que asistieron unas 70 personas, se utilizó una y otra vez el término cooperativa de oyentes. “Muchos de los que estamos aquí hacemos canciones, pero todo escuchamos mucha más música de la que creamos”, resaltó un cantante para subrayar la vocación primera y última de este proyecto: crear una herramienta para que los oyentes se relacionen con la música de forma más proactiva, ética y horizontal. En el ambiente flotaba la intuición de que, pensando más como oyentes que como artistas, sería más fácil dar forma a una plataforma más sana, realmente democrática y ajustada a las necesidades de los usuarios. Al fin y al cabo, son estos los que la utilizarán la herramienta y la financiarán mediante sus cuotas. Los más viejos del lugar recordaron el proyecto Círculo de Lectores , un club de lectores que llegó a tener un millón y medio de socios y cuya cuota les permitía recibir un catálogo de novedades y escoger qué libro quería recibir cada mes. Fue un modelo de negocio que funcionó durante décadas en paralelo a las librerías y que situaba en el centro a los consumidores de literatura, no a los autores. Durante la jornada, a modo de contextualización, hubo tiempo para conocer cooperativas de consumo como La Murga, Rocaguinarda, La Ciutat Invisible y Food Coop; proyectos que parten de la base del empoderamiento del público, ya sea como consumidor de cultura, alimentos o energía. Captura de pantalla de la plataforma Fairplayer A lo largo de la jornada se planteó la posibilidad de crear un espacio de reflexión sobre la propia escucha musical, una actividad que las plataformas de streaming han convertido en algo pasivo. Y aun comprendiendo el miedo que puedan sentir algunos artistas ante la idea de abandonar Spotify, se incidió en lo tóxico que es asumir esa opinión según la cual si no estás en Spotify no existes. También se denunció lo pernicioso que es caer en esa numerocracia que estructura las carreras de los artistas en función de sus cifras en Spotify. De hecho, uno de los primeros puntos a replantear en la nueva plataforma es si el número de escuchas debería ser visible. Aquí nada viene impuesto. Todo es debatible. Con la herramienta ya diseñada, el próximo paso será muscular el grupo motor, definir órganos de gobierno y fortalecer la cooperativa con el mayor número de socios-oyentes. De este último aspecto depende la viabilidad económica de una iniciativa que quiere remunerar justamente a los artistas. A partir de aquí, todo está por decidir. ¿Qué calidad de audio tendría la música? La que decidiese cada artista o sello, puesto que la música estaría en sus servidores. ¿Cuántas veces podrá escuchar una canción un usuario que no pague cuota? Tres, cinco, diez o mil: las que cada artista determine. ¿Y el reparto de ingresos corresponderá estrictamente al número de escuchas de cada artista? Por supuesto. Miles de dudas y posibilidades Una plataforma de streaming que no centralice la música ni las decisiones abre un horizonte infinito de posibilidades. La intención, a grandes rasgos, es humanizarla al máximo y que el algoritmo tenga la mínima incidencia. “El arte es comunidad y presencialidad”, teorizó alguien, “e internet es solo una herramienta”. La Instrumental, por tanto, trabaja en pos de una herramienta que genere y fortalezca comunidades de oyentes. Un ejemplo: si se organizasen encuestas para que la comunidad votase qué artistas desearía poder escuchar en la nueva plataforma cooperativa, la gestora podría invitarlos a incorporar sus catálogos sabiendo que existe una demanda. Aun así, las decisiones consensuadas en el Fairplayer barcelonés no tendrían por qué ser aceptadas automáticamente por los fairplayers que se articulen en otras ciudades en base a esta tecnología. Meses atrás nacía en Euskadi el portal musikariak.es con más de 150 artistas y varios miles de canciones ya incorporadas al catálogo. Y decenas de bibliotecas públicas de EEUU ofrecen desde hace años colecciones de discos de artistas locales para que sus usuarios los puedan escuchar e incluso descargar; una estrategia que apunta, de nuevo, a la creación y fortalecimiento de comunidades de oyentes y artistas. El gran sueño sería que todas las comunidades y apps que surjan a través de la plataforma Fairplayer se acaben interconectando, de modo que desde cualquier cooperativa de oyentes se puedan escuchar los catálogos de canciones de cualquier otra cooperativa de la federación. “El capitalismo ha logrado que vivamos las luchas como una especie de extraescolar”, soltó alguien durante la jornada. Acto seguido, otra voz resaltó que “la lucha contra las big techs es parte de todas las demás luchas”. Tras ocho horas de presentaciones, incertidumbres, asombros, quimeras y enriquecedores turnos de palabra, una última sentencia puso un improvisado broche al acto: “La acción es un antídoto contra la miseria”. Podrían imprimir camisetas con ella.

Fairplayer, la alternativa a Spotify para luchar contra el capitalismo de las plataformas de streaming

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Tras la ínfima remuneración que reciben los artistas por parte de Spotify y la marcha de muchos de ellos, programadores y cantantes apuestan por una herramienta que busca ser ética y cooperativa Subvert, una plataforma para los músicos que no quieren “sentirse cómplices de la especulación con la guerra” La ínfima remuneración que reciben los artistas por parte de Spotify y la opacidad de su funcionamiento interno lleva años crispando los ánimos del gremio de creadores, pero la noticia de que su fundador, Daniel Ek, había invertido 600 millones de euros en Helsing , empresa alemana especializada en fabricación de drones de combate, provocó las primeras reacciones serias. Grupos independientes como Deerhoof, King Gizzard & the Lizard Wizard y Xiu Xiu retiraron sus catálogos en verano. Otras más conocidas, como Massive Attack, anunciaron su intención de hacer lo mismo, aunque todavía no lo han logrado. El pasado noviembre, 160 artistas vascos planificaron una fuga coordinada de Spotify y hace una semana 80 artistas catalanes capitanearon una estrategia similar. Más allá de la protesta simbólica, porque la retirada de varios cientos de repertorios afecta la imagen de Spotify pero no sus finanzas, también empiezan a cobrar forma iniciativas cuyo objetivo es imaginar un consumo de música en streaming más ético y responsable que no dependa del capricho de grandes empresarios; llámense Spotify , Amazon, Apple, Tidal, YouTube o Deezer. La semana pasada se presentó en sociedad en Barcelona el colectivo La Instrumental, integrado por activistas, programadores, artistas y personas vinculadas al ámbito cooperativista y de la economía social y solidaria. Llevan medio año reflexionando sobre cómo debería ser una plataforma ética, cooperativa y alternativa a Spotify y en apenas tres meses han ideado un prototipo llamado Fairplayer. A diferencia de otras alternativas más éticas que Spotify, como Subvert , Mirlo o Qobuz, Fairplayer es una herramienta diseñada con herramientas de código abierto y con la intención de ser replicable más allá del ámbito catalán al que, por ahora, se circunscribe. De hecho, Fairplayer nace a partir del software también libre Faircamp que permite generar catálogos musicales al margen de distribuidoras y otros intermediarios de la industria musical digital. Fairplayer será la plataforma a través de la cual se podrá escuchar en streaming la música almacenada en esos catálogos. Por ahora funciona en fase beta con 900 canciones aportadas por una veintena de artistas catalanes que editan su música desde cooperativas discográficas como Radi Solar y Discos Pinya. Ya se pueden escuchar desde el portal fairplayer.band , aunque por ahora el proceso para que artistas o sellos incorporen su catálogo es algo más complicado y necesita asesoría. Captura de pantalla de la plataforma Fairplayer Tras analizar los ejemplos existentes, La Instrumental asume que no tiene sentido crear una alternativa a Spotify con la misma estructura y modelo de gobernanza que Spotify. Ni siquiera Bandcamp, considerada por muchos melómanos y artistas la plataforma más justa, puede existir al margen de procesos de compra-venta que puedan alterar sus objetivos empresariales, sus políticas de servicio y, finalmente, mierdificar sus planteamientos iniciales. La Instrumental está diseñando un ecosistema de escucha digital en el que nadie sea dueño de nada. Fairplayer solo es una plataforma de escucha a la que los artistas y sellos conectarán sus repertorios, pero no habrá un almacén que centralice todos los archivos. Y, en tanto que modelo replicable desde cualquier rincón del planeta, el Fairplayer barcelonés (aun sin nombre) tendrá forma de app, pero solo sería una de muchas plataformas de escucha de una red descentralizada e interconectada. Para ello, y tras meses de reflexión, La Instrumental ha decidido separar sus dos estructuras clave: el reproductor de música y el gestor de catálogos. Fairplayer solo es el reproductor y a él se enlazarán los catálogos que se sumen a la plataforma. Lo único que tendrá que hacer un sello o artista es vincularse a ese gestor de catálogo. Por ahora, la única forma de hacerlo es a través de la herramienta Faircamp, pero la intención es crear protocolos que permitan a cualquier creador vincular su obra al reproductor desde su servidor. Este sistema implica que el artista no entrega copias a otra plataforma, sino que activa un acceso a las copias que él ya tiene almacenadas. Y ese proceso ni siquiera implica tener que darse de baja de Spotify, Amazon o cualquier otra plataforma. Es solo un primer paso de cara al gran objetivo: reducir la dependencia de las grandes plataformas y atraer al público a un ecosistema digital más democrático y justo. El objetivo de La Instrumental es articular una alternativa real y antimonopolística a esta forma de acceder a la música que aparentemente solo puede existir según las normas que dicte el oligarca del streaming de turno. Aquí se trabaja en vistas a una plataforma sin ánimo de lucro, de código libre y replicable, con un sistema transparente de algoritmos y una remuneración por escucha muy superior a la que se estila en este sector. Y todo ello, gracias a un planteamiento de base que no entiende este servicio solo como una herramienta para mejorar las condiciones de los artistas en este entorno digital, sino, ante todo, como un proyecto planteado por y para la gente que escucha música en la red. Una cooperativa de oyentes Aunque en una primera lectura pudiera parecer un micro lobby de sellos independientes o el enésimo colectivo de artistas insatisfechos con la deriva excluyente del negocio, en la jornada de presentación de La Instrumental, y a la que asistieron unas 70 personas, se utilizó una y otra vez el término cooperativa de oyentes. “Muchos de los que estamos aquí hacemos canciones, pero todo escuchamos mucha más música de la que creamos”, resaltó un cantante para subrayar la vocación primera y última de este proyecto: crear una herramienta para que los oyentes se relacionen con la música de forma más proactiva, ética y horizontal. En el ambiente flotaba la intuición de que, pensando más como oyentes que como artistas, sería más fácil dar forma a una plataforma más sana, realmente democrática y ajustada a las necesidades de los usuarios. Al fin y al cabo, son estos los que la utilizarán la herramienta y la financiarán mediante sus cuotas. Los más viejos del lugar recordaron el proyecto Círculo de Lectores , un club de lectores que llegó a tener un millón y medio de socios y cuya cuota les permitía recibir un catálogo de novedades y escoger qué libro quería recibir cada mes. Fue un modelo de negocio que funcionó durante décadas en paralelo a las librerías y que situaba en el centro a los consumidores de literatura, no a los autores. Durante la jornada, a modo de contextualización, hubo tiempo para conocer cooperativas de consumo como La Murga, Rocaguinarda, La Ciutat Invisible y Food Coop; proyectos que parten de la base del empoderamiento del público, ya sea como consumidor de cultura, alimentos o energía. Captura de pantalla de la plataforma Fairplayer A lo largo de la jornada se planteó la posibilidad de crear un espacio de reflexión sobre la propia escucha musical, una actividad que las plataformas de streaming han convertido en algo pasivo. Y aun comprendiendo el miedo que puedan sentir algunos artistas ante la idea de abandonar Spotify, se incidió en lo tóxico que es asumir esa opinión según la cual si no estás en Spotify no existes. También se denunció lo pernicioso que es caer en esa numerocracia que estructura las carreras de los artistas en función de sus cifras en Spotify. De hecho, uno de los primeros puntos a replantear en la nueva plataforma es si el número de escuchas debería ser visible. Aquí nada viene impuesto. Todo es debatible. Con la herramienta ya diseñada, el próximo paso será muscular el grupo motor, definir órganos de gobierno y fortalecer la cooperativa con el mayor número de socios-oyentes. De este último aspecto depende la viabilidad económica de una iniciativa que quiere remunerar justamente a los artistas. A partir de aquí, todo está por decidir. ¿Qué calidad de audio tendría la música? La que decidiese cada artista o sello, puesto que la música estaría en sus servidores. ¿Cuántas veces podrá escuchar una canción un usuario que no pague cuota? Tres, cinco, diez o mil: las que cada artista determine. ¿Y el reparto de ingresos corresponderá estrictamente al número de escuchas de cada artista? Por supuesto. Miles de dudas y posibilidades Una plataforma de streaming que no centralice la música ni las decisiones abre un horizonte infinito de posibilidades. La intención, a grandes rasgos, es humanizarla al máximo y que el algoritmo tenga la mínima incidencia. “El arte es comunidad y presencialidad”, teorizó alguien, “e internet es solo una herramienta”. La Instrumental, por tanto, trabaja en pos de una herramienta que genere y fortalezca comunidades de oyentes. Un ejemplo: si se organizasen encuestas para que la comunidad votase qué artistas desearía poder escuchar en la nueva plataforma cooperativa, la gestora podría invitarlos a incorporar sus catálogos sabiendo que existe una demanda. Aun así, las decisiones consensuadas en el Fairplayer barcelonés no tendrían por qué ser aceptadas automáticamente por los fairplayers que se articulen en otras ciudades en base a esta tecnología. Meses atrás nacía en Euskadi el portal musikariak.es con más de 150 artistas y varios miles de canciones ya incorporadas al catálogo. Y decenas de bibliotecas públicas de EEUU ofrecen desde hace años colecciones de discos de artistas locales para que sus usuarios los puedan escuchar e incluso descargar; una estrategia que apunta, de nuevo, a la creación y fortalecimiento de comunidades de oyentes y artistas. El gran sueño sería que todas las comunidades y apps que surjan a través de la plataforma Fairplayer se acaben interconectando, de modo que desde cualquier cooperativa de oyentes se puedan escuchar los catálogos de canciones de cualquier otra cooperativa de la federación. “El capitalismo ha logrado que vivamos las luchas como una especie de extraescolar”, soltó alguien durante la jornada. Acto seguido, otra voz resaltó que “la lucha contra las big techs es parte de todas las demás luchas”. Tras ocho horas de presentaciones, incertidumbres, asombros, quimeras y enriquecedores turnos de palabra, una última sentencia puso un improvisado broche al acto: “La acción es un antídoto contra la miseria”. Podrían imprimir camisetas con ella.

"Sin saberlo, ella me enseñó lo que era ser de aquí": las niñeras españolas que cuidaron a hijas de migrantes

"Sin saberlo, ella me enseñó lo que era ser de aquí": las niñeras españolas que cuidaron a hijas de migrantes

‘Mi familia española’ es un documental sonoro de la artista multidisciplinar Quan Zhou que aborda una realidad de la que apenas se habla: ¿quién cuidaba a las criaturas de las primeras familias migrantes que llegaron a España mientras sus madres y padres trabajaban? Ser la tía favorita: por qué es una figura tan importante para los niños y adolescentes La madre de Desirée Bela-Lobedde, Estrella, migró desde Guinea Ecuatorial a Catalunya, y mientras trabajaba en un hospital, a Desirée la criaba Fina, su “tata andaluza”. Sara Qiu es hija de migrantes chinos que regentaban un restaurante; de sus cuidados se encargaba una familia zaragozana, especialmente una de las hijas, Pichu. Valeria Claros es hija de migrantes bolivianos que llegaron a Madrid hace cuarenta años para entrar a trabajar como internos en una casa. Primero Valeria fue cuidada por sus abuelos y después por Anabel, una joven española que se convirtió en su “tía postiza” . Las historias vitales y los recuerdos de infancia de Desirée, Sara y Valeria se van trenzando en los siete episodios de Mi familia española , un podcast documental dirigido por la novelista gráfica y ponente internacional Quan Zhou. También se cuentan los puntos de vista de las familias de origen, de las mujeres que se encargaron de sus cuidados y de sus propias familias. A partir de las vivencias personales, el podcast ahonda en cuestiones como la memoria, la identidad y los vínculos afectivos que se van generando entre todos ellos, acompañados de investigaciones y reflexiones de la propia Zhou. Se trata de visibilizar una realidad desconocida de la historia reciente de España: la de la primera generación de personas racializadas, sus descendientes y las redes que crearon. El germen del proyecto está en la propia historia de Quan Zhou, tal y como ella misma reconoce: “Parte de mi propia experiencia personal: mi familia vino de China y yo también tengo una familia española que me cuidó, pero siempre he pensado que esto solo pasaba en las familias chinas. Entonces un día escuché a Desirée Bela-Lobedde contar en un podcast que ella también había tenido una tata andaluza, empecé a investigar y vi que en los años 80 era bastante habitual que niñeras españolas cuidasen hijas de migrantes. Yo investigo bastante a nivel internacional y es algo que no ocurrió en otros lugares del mundo. Incluso en Estados Unidos o en países anglosajones, donde la migración lleva ocurriendo desde hace mucho más tiempo, no sucedió”, explica. Lo primero que hizo la creadora fue lanzar una convocatoria desde su perfil de Instagram, donde divulga bajo el nombre de @gazpachoagridulce . Recibió cantidad de historias. “Algunas eran de trauma o de racismo, muchas de ellas muy duras, pero también había muchas de amor. Y es en estas últimas en las que me he centrado para esta primera temporada del podcast: en las historias de amor de familias que todavía se quieren, en la transmisión cultural que se produce a través de los vínculos de afecto”, cuenta. Las mujeres españolas que cuidan a niñas de familias migrantes son de clase obrera, y las migrantes también. Y eso es lo que las lleva a encontrarse: madres que buscan a otras mujeres para cuidar a sus hijos Quan Zhou — artista multidisciplinar Un fenómeno interseccional El proyecto explica en toda su complejidad un fenómeno donde interactúan diferentes factores. En uno de los episodios, su creadora lanza esta reflexión: “Existe todavía a día de hoy una invisibilidad en torno a las identidades de las hijas de migrantes. Nosotras no somos inmigrantes, hemos nacido aquí, pero heredamos muchas cosas: el racismo, la xenofobia, los estereotipos y un largo etcétera. Y precisamente por eso nos afectan factores interseccionales: el racismo, la falta de apoyo institucional, la situación administrativa irregular, y por supuesto el machismo”, asegura. En el ámbito específico de los cuidados, el enfoque de género está presente también: casi todas las personas cuidadoras y cuidadas son mujeres: madres, abuelas, hijas. Tanto de origen como de la familia cuidadora. Así lo explica Zhou: “La crianza sigue siendo un territorio de mujeres, por supuesto que sí. Y en este caso además interactúan el género, la migración y la clase social. En el podcast se ve que las mujeres españolas que cuidan a niñas de familias migrantes son de clase obrera, y las migrantes también. Y eso es lo que las lleva a encontrarse: madres que buscan a otras mujeres para cuidar a sus hijos”. Sumergiéndose en las vidas de las protagonistas de niñas, de sus familias españolas y de origen, se ahonda en cómo las relaciones entre ambas, que a menudo empezaron siendo contractuales –cuidados a cambio de dinero–, pueden llegar a la intimidad personal. Las jóvenes racializadas desarrollan un “bilingüismo afectivo”, en que el cariño, el amor y el cuidado se expresan de forma distinta en cada hogar. En el episodio sobre Sara Qiu, ella y Quan comentan las diferencias entre la cultura española y la china para mostrar afecto: mientras que en nuestro entorno es mucho más común el contacto físico, los abrazos o los besos, en China el afecto se demuestra, por ejemplo, a través de la comida: “Mi padre todavía a día de hoy sigue cocinándome la comida que más me gusta, y ahora yo estoy aprendiendo a preparar sus recetas”, explica Sara Qiu. Existe todavía a día de hoy una invisibilidad en torno a las identidades de las hijas de migrantes. Nosotras no somos inmigrantes, hemos nacido aquí, pero heredamos muchas cosas: el racismo, la xenofobia, los estereotipos... Quan Zhou Qiu es conocida porque en 2022 recorrió en bicicleta los más de 16.000 kilómetros desde Zaragoza. Tres años después llegó a Qingtian, de donde es originaria su familia. Esa especie de viaje identitario le sirvió para colocar algunas de las cosas que había vivido en su infancia como “restaurant kid” (los hijos de familias chinas que se crían en los restaurantes que montan). “Cuando era pequeña, yo pasaba mucho tiempo en el restaurante de mis padres, jugaba con mi hermano en el almacén y hasta había un pequeño despacho. Pichu, Bea, Vitoria y Atilio, mi familia española, empezaron a cuidarnos cuando éramos muy pequeños. Estábamos mucho en su casa, celebrábamos con ellos las Navidades, todo. Es cierto que no era lo común, pero yo no me planteaba si era lo normal o no. Esas son preguntas que me hice años después, también para grabar este podcast. Quizás por falta de tiempo, o porque mis padres eran muy jóvenes, es cierto que faltó un poco de cuidado por su lado, pero para eso estaba mi otra familia. Son las circunstancias que nos han tocado y lo que hago es intentar sacar lo bueno de los dos mundos”, reflexiona. Una de las cuestiones más analizadas por las protagonistas es la de la ausencia de sus figuras de referencia: cómo sus madres y padres, demasiado ocupados en largas jornadas de trabajo, delegaban los cuidados en otras personas y apenas compartían tiempo con sus hijos e hijas. Pero ese análisis se hace desde una mirada desestigmatizante, lejos de lo que Quan Zhou denomina la “visión túnel”: “No podemos juzgar con los ojos de ahora lo que pasó hace unos años. Muchas veces lo comparamos con la crianza presentista actual, donde es importante pasar tiempo con tus hijos e hijas, y pensamos: ‘Ay qué pena, que tu abuela o tu tata te crió y tu madre no estaba presente’. Pero es que el contexto era diferente, y eso no quiere decir que las infancias no hayan tenido carencias. Pero hay que analizar el contexto completo: si nuestras madres y padres tenían que trabajar, ¿qué podían hacer?, ¿qué les llevó a criar así”, reflexiona. La cuestión identitaria Otro tema central en los relatos de las protagonistas es la cuestión identitaria. En uno de los episodios, Desirée Bela-Lobedde reconoce que, cuando era pequeña, no se sentía negra. Tampoco guineana, una cultura que su madre no le transmitió al salir de su país. Ni catalana, el lugar donde nació y vivió siempre. Así lo explica ella: “No sé si mi historia es de desarraigo o simplemente de identidades fluidas. Sí hay un desarraigo con respecto a mi identidad de origen, yo no he sido criada por una familia africana, pero no siento desarraigo porque he sentido que pertenecía a una familia andaluza. El hecho de ser criada por mi tata sí marca un arraigo concreto: el de la cultura de mi familia andaluza en los años 80 en España”, explica. Su sentimiento de desarraigo parte más de una visión externa: “Tiene más que ver con cómo me ve la sociedad en general”, dice. No sé si mi historia es de desarraigo o simplemente de identidades fluidas. Sí hay un desarraigo con respecto a mi identidad de origen, yo no he sido criada por una familia africana, pero no siento desarraigo porque he sentido que pertenecía a una familia andaluza Desirée Bela-Lobedde — escritora Cuando los padres de Valeria migraron desde Bolivia, su madre ya estaba embarazada, por lo que ella nació en Madrid. Aun así, asegura que ha tenido un proceso identitario complejo: “Yo nací en España pero de pequeña me sentía más cerca de la cultura boliviana que de la española”, explica, al tiempo que señala la complejidad de “pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo a dos culturas diferentes”. Su familia hizo un esfuerzo por mantener la cultura de origen, algo que se notaba especialmente en las fiestas que organizaban, los bailes y las comidas típicas de su país. Fue su cuidadora Anabel, una joven madrileña, quien le transmitió la cultura española: “Ella me enseñó, sin saberlo, lo que era ser de aquí. Para merendar siempre me daba galletas María con ColaCao, algo que para mí era fascinante, o me enseñaba la música española. Eso me encantaba”, señala Valeria. Como parte del proyecto documental, Quan Zhou está elaborando también una Cartografía de infancias interculturales , un mapa que recoge las historias de las niñas y niños de familias migrantes. “La memoria es un derecho, y esta cartografía forma parte de un archivo de memoria histórica en construcción sin ánimo de lucro. Creemos que las infancias racializadas importan y deben ser preservadas para el futuro porque los descendientes de inmigrantes también tienen derecho a poder acceder a su propia historia”, explica la creadora. Y lanza un mensaje llamando a la participación: “Si tú también eres descendiente de inmigrantes y te criaron personas españolas, comparte tu testimonio , puede ser de forma anónima”. Cartografía de infancias interculturales, del proyecto ‘Mi familia española’, de Quan Zhou.

"Sin saberlo, ella me enseñó lo que era ser de aquí": las niñeras españolas que cuidaron a hijas de migrantes

"Sin saberlo, ella me enseñó lo que era ser de aquí": las niñeras españolas que cuidaron a hijas de migrantes

‘Mi familia española’ es un documental sonoro de la artista multidisciplinar Quan Zhou que aborda una realidad de la que apenas se habla: ¿quién cuidaba a las criaturas de las primeras familias migrantes que llegaron a España mientras sus madres y padres trabajaban? Ser la tía favorita: por qué es una figura tan importante para los niños y adolescentes La madre de Desirée Bela-Lobedde, Estrella, migró desde Guinea Ecuatorial a Catalunya, y mientras trabajaba en un hospital, a Desirée la criaba Fina, su “tata andaluza”. Sara Qiu es hija de migrantes chinos que regentaban un restaurante; de sus cuidados se encargaba una familia zaragozana, especialmente una de las hijas, Pichu. Valeria Claros es hija de migrantes bolivianos que llegaron a Madrid hace cuarenta años para entrar a trabajar como internos en una casa. Primero Valeria fue cuidada por sus abuelos y después por Anabel, una joven española que se convirtió en su “tía postiza” . Las historias vitales y los recuerdos de infancia de Desirée, Sara y Valeria se van trenzando en los siete episodios de Mi familia española , un podcast documental dirigido por la novelista gráfica y ponente internacional Quan Zhou. También se cuentan los puntos de vista de las familias de origen, de las mujeres que se encargaron de sus cuidados y de sus propias familias. A partir de las vivencias personales, el podcast ahonda en cuestiones como la memoria, la identidad y los vínculos afectivos que se van generando entre todos ellos, acompañados de investigaciones y reflexiones de la propia Zhou. Se trata de visibilizar una realidad desconocida de la historia reciente de España: la de la primera generación de personas racializadas, sus descendientes y las redes que crearon. El germen del proyecto está en la propia historia de Quan Zhou, tal y como ella misma reconoce: “Parte de mi propia experiencia personal: mi familia vino de China y yo también tengo una familia española que me cuidó, pero siempre he pensado que esto solo pasaba en las familias chinas. Entonces un día escuché a Desirée Bela-Lobedde contar en un podcast que ella también había tenido una tata andaluza, empecé a investigar y vi que en los años 80 era bastante habitual que niñeras españolas cuidasen hijas de migrantes. Yo investigo bastante a nivel internacional y es algo que no ocurrió en otros lugares del mundo. Incluso en Estados Unidos o en países anglosajones, donde la migración lleva ocurriendo desde hace mucho más tiempo, no sucedió”, explica. Lo primero que hizo la creadora fue lanzar una convocatoria desde su perfil de Instagram, donde divulga bajo el nombre de @gazpachoagridulce . Recibió cantidad de historias. “Algunas eran de trauma o de racismo, muchas de ellas muy duras, pero también había muchas de amor. Y es en estas últimas en las que me he centrado para esta primera temporada del podcast: en las historias de amor de familias que todavía se quieren, en la transmisión cultural que se produce a través de los vínculos de afecto”, cuenta. Las mujeres españolas que cuidan a niñas de familias migrantes son de clase obrera, y las migrantes también. Y eso es lo que las lleva a encontrarse: madres que buscan a otras mujeres para cuidar a sus hijos Quan Zhou — artista multidisciplinar Un fenómeno interseccional El proyecto explica en toda su complejidad un fenómeno donde interactúan diferentes factores. En uno de los episodios, su creadora lanza esta reflexión: “Existe todavía a día de hoy una invisibilidad en torno a las identidades de las hijas de migrantes. Nosotras no somos inmigrantes, hemos nacido aquí, pero heredamos muchas cosas: el racismo, la xenofobia, los estereotipos y un largo etcétera. Y precisamente por eso nos afectan factores interseccionales: el racismo, la falta de apoyo institucional, la situación administrativa irregular, y por supuesto el machismo”, asegura. En el ámbito específico de los cuidados, el enfoque de género está presente también: casi todas las personas cuidadoras y cuidadas son mujeres: madres, abuelas, hijas. Tanto de origen como de la familia cuidadora. Así lo explica Zhou: “La crianza sigue siendo un territorio de mujeres, por supuesto que sí. Y en este caso además interactúan el género, la migración y la clase social. En el podcast se ve que las mujeres españolas que cuidan a niñas de familias migrantes son de clase obrera, y las migrantes también. Y eso es lo que las lleva a encontrarse: madres que buscan a otras mujeres para cuidar a sus hijos”. Sumergiéndose en las vidas de las protagonistas de niñas, de sus familias españolas y de origen, se ahonda en cómo las relaciones entre ambas, que a menudo empezaron siendo contractuales –cuidados a cambio de dinero–, pueden llegar a la intimidad personal. Las jóvenes racializadas desarrollan un “bilingüismo afectivo”, en que el cariño, el amor y el cuidado se expresan de forma distinta en cada hogar. En el episodio sobre Sara Qiu, ella y Quan comentan las diferencias entre la cultura española y la china para mostrar afecto: mientras que en nuestro entorno es mucho más común el contacto físico, los abrazos o los besos, en China el afecto se demuestra, por ejemplo, a través de la comida: “Mi padre todavía a día de hoy sigue cocinándome la comida que más me gusta, y ahora yo estoy aprendiendo a preparar sus recetas”, explica Sara Qiu. Existe todavía a día de hoy una invisibilidad en torno a las identidades de las hijas de migrantes. Nosotras no somos inmigrantes, hemos nacido aquí, pero heredamos muchas cosas: el racismo, la xenofobia, los estereotipos... Quan Zhou Qiu es conocida porque en 2022 recorrió en bicicleta los más de 16.000 kilómetros desde Zaragoza. Tres años después llegó a Qingtian, de donde es originaria su familia. Esa especie de viaje identitario le sirvió para colocar algunas de las cosas que había vivido en su infancia como “restaurant kid” (los hijos de familias chinas que se crían en los restaurantes que montan). “Cuando era pequeña, yo pasaba mucho tiempo en el restaurante de mis padres, jugaba con mi hermano en el almacén y hasta había un pequeño despacho. Pichu, Bea, Vitoria y Atilio, mi familia española, empezaron a cuidarnos cuando éramos muy pequeños. Estábamos mucho en su casa, celebrábamos con ellos las Navidades, todo. Es cierto que no era lo común, pero yo no me planteaba si era lo normal o no. Esas son preguntas que me hice años después, también para grabar este podcast. Quizás por falta de tiempo, o porque mis padres eran muy jóvenes, es cierto que faltó un poco de cuidado por su lado, pero para eso estaba mi otra familia. Son las circunstancias que nos han tocado y lo que hago es intentar sacar lo bueno de los dos mundos”, reflexiona. Una de las cuestiones más analizadas por las protagonistas es la de la ausencia de sus figuras de referencia: cómo sus madres y padres, demasiado ocupados en largas jornadas de trabajo, delegaban los cuidados en otras personas y apenas compartían tiempo con sus hijos e hijas. Pero ese análisis se hace desde una mirada desestigmatizante, lejos de lo que Quan Zhou denomina la “visión túnel”: “No podemos juzgar con los ojos de ahora lo que pasó hace unos años. Muchas veces lo comparamos con la crianza presentista actual, donde es importante pasar tiempo con tus hijos e hijas, y pensamos: ‘Ay qué pena, que tu abuela o tu tata te crió y tu madre no estaba presente’. Pero es que el contexto era diferente, y eso no quiere decir que las infancias no hayan tenido carencias. Pero hay que analizar el contexto completo: si nuestras madres y padres tenían que trabajar, ¿qué podían hacer?, ¿qué les llevó a criar así”, reflexiona. La cuestión identitaria Otro tema central en los relatos de las protagonistas es la cuestión identitaria. En uno de los episodios, Desirée Bela-Lobedde reconoce que, cuando era pequeña, no se sentía negra. Tampoco guineana, una cultura que su madre no le transmitió al salir de su país. Ni catalana, el lugar donde nació y vivió siempre. Así lo explica ella: “No sé si mi historia es de desarraigo o simplemente de identidades fluidas. Sí hay un desarraigo con respecto a mi identidad de origen, yo no he sido criada por una familia africana, pero no siento desarraigo porque he sentido que pertenecía a una familia andaluza. El hecho de ser criada por mi tata sí marca un arraigo concreto: el de la cultura de mi familia andaluza en los años 80 en España”, explica. Su sentimiento de desarraigo parte más de una visión externa: “Tiene más que ver con cómo me ve la sociedad en general”, dice. No sé si mi historia es de desarraigo o simplemente de identidades fluidas. Sí hay un desarraigo con respecto a mi identidad de origen, yo no he sido criada por una familia africana, pero no siento desarraigo porque he sentido que pertenecía a una familia andaluza Desirée Bela-Lobedde — escritora Cuando los padres de Valeria migraron desde Bolivia, su madre ya estaba embarazada, por lo que ella nació en Madrid. Aun así, asegura que ha tenido un proceso identitario complejo: “Yo nací en España pero de pequeña me sentía más cerca de la cultura boliviana que de la española”, explica, al tiempo que señala la complejidad de “pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo a dos culturas diferentes”. Su familia hizo un esfuerzo por mantener la cultura de origen, algo que se notaba especialmente en las fiestas que organizaban, los bailes y las comidas típicas de su país. Fue su cuidadora Anabel, una joven madrileña, quien le transmitió la cultura española: “Ella me enseñó, sin saberlo, lo que era ser de aquí. Para merendar siempre me daba galletas María con ColaCao, algo que para mí era fascinante, o me enseñaba la música española. Eso me encantaba”, señala Valeria. Como parte del proyecto documental, Quan Zhou está elaborando también una Cartografía de infancias interculturales , un mapa que recoge las historias de las niñas y niños de familias migrantes. “La memoria es un derecho, y esta cartografía forma parte de un archivo de memoria histórica en construcción sin ánimo de lucro. Creemos que las infancias racializadas importan y deben ser preservadas para el futuro porque los descendientes de inmigrantes también tienen derecho a poder acceder a su propia historia”, explica la creadora. Y lanza un mensaje llamando a la participación: “Si tú también eres descendiente de inmigrantes y te criaron personas españolas, comparte tu testimonio , puede ser de forma anónima”. Cartografía de infancias interculturales, del proyecto ‘Mi familia española’, de Quan Zhou.

Marita Alonso analiza la tiranía de ligar en tiempos de apps de citas: “Nos hemos convertido en terroristas emocionales”

Marita Alonso analiza la tiranía de ligar en tiempos de apps de citas: “Nos hemos convertido en terroristas emocionales”

La periodista publica 'La venus del smartphone. Así han cambiado las aplicaciones de citas nuestra forma de relacionarnos' (Carpe Noctem), donde explora si la pantalla se ha convertido en un elemento obligado para ligar La vida con un matrimonio abierto, según Molly Roden: “Tengo tres novios y un marido y soy muy feliz, pero ha sido duro” La periodista Marita Alonso es experta en descifrar los entresijos de las relaciones en la sociedad actual del mundo occidental. Colabora en diversos medios nacionales con artículos sobre cultura, entretenimiento y estilo de vida, así que lo mismo entrevista a la escritora del momento que investiga sobre las razones que llevan a que un matrimonio se vaya al garete. Como buena freelance, su tiempo es tan valioso como su agenda de contactos, pero ha conseguido guardar horas, entre artículo y artículo, para escribir un nuevo libro: La venus del smartphone . Así han cambiado las aplicaciones de citas nuestra forma de relacionarnos (editorial Carpe Noctem). En su volumen, que ella prefiere llamar “ensayo y error”, analiza precisamente si la pantalla se ha convertido en un elemento obligado para ligar. Y comienza con un dato apabullante: desde que se lanzó en 2012, Tinder (la app de citas por excelencia): “Se ha descargado más de 630 millones de veces, lo que ha dado lugar a más de 100.000 millones de matches, y presta servicio a unos 50 millones de usuarios al mes en 190 países y más de 45 idiomas”. Además, la encuesta Influencia de la tecnología en la vida de los españoles , realizada por la empresa de ciberseguridad Kaspersky, muestra que en España el 40% de la población ha usado o usa aplicaciones para ligar y el 18,6% ha conocido a su pareja en internet. Con estos datos, entre los otros muchos que ha incluido en el libro: ¿es cierto que ya no se liga (o es mucho más difícil) si no hay una pantalla entre los individuos? “Hemos perdido la capacidad de empatizar con el otro, y me doy pereza a mí misma al lanzar una frase tan ceniza y lapidaria”, dice a elDiario.es. “Interactuar con pantallas de por medio ha hecho que muchas personas tengan el superpoder de evaporarse, de desaparecer del mapa, y lo hacen sin dar explicaciones. Nos hemos convertido en terroristas emocionales”. Pese a ser herramientas que han influido de una manera tan decisiva en la forma de relacionarse de las personas, aún no se ha investigado demasiado (o tanto como ha ocurrido con otros temas decisivos) desde el campo académico. Alonso cita a diversas autoras en las páginas de su ensayo, pero, en su opinión: “Todo lo relacionado con las emociones y con las relaciones amorosas se considera menor”. Por lo tanto, en su libro quería dejar claro que “el amor nos atraviesa a todas y a todos” y no se le puede restar importancia a la influencia de las aplicaciones de citas. “Estas apps han llevado la búsqueda de pareja al ámbito privado, a una esfera social diferente, y no estamos estudiando sus consecuencias de forma oportuna”, afirma. Aquí están y aquí seguirán Además, aunque de manera recurrente aparezcan titulares que pronostican la muerte de Tinder y sus compañeras, Marita Alonso está plenamente convencida de que no será así. “A no ser que las empresas, de repente, faciliten la conciliación y se preocupen de verdad por la salud mental y por las condiciones de sus empleados”, sentencia. En un momento en el que mucha gente se siente arrollada por los horarios de trabajo excesivos, la dificultad de pagar el alquiler y otras calamidades de la vida moderna, encontrar pareja a través de una app es más fácil que por métodos más tradicionales. “Somos interlocutores terribles y tenemos cantidad de conversaciones simultáneas, algo clave para encontrar el amor en las aplicaciones”. Además, la adicción que crea el algoritmo especialmente diseñado para ello y la satisfacción inmediata que supone un match (gustar a una persona que te gusta) son dos factores esenciales para la supervivencia de las apps. Si aún hay gente en Facebook, ¿cómo va a desaparecer Bumble? Pero el funcionamiento de estas plataformas tienen a equipos enormes detrás que se encargan de mantener enganchado a su público y, por lo tanto, ganar dinero. Un factor en el que raramente se piensa cuando se miran los perfiles de los usuarios desde el sofá. Interactuar con pantallas de por medio ha hecho que muchas personas tengan el superpoder de evaporarse, de desaparecer del mapa, y lo hacen sin dar explicaciones “Creo que, de alguna manera, aunque pensemos que las cosas dependen del algoritmo o de las flechas de Cupido —que tiene malísima puntería, por cierto—, pensar que encontrar el amor depende de alguna manera de ti, de bajarte una app y de conversar con aquellas personas con quienes haces match , te otorga cierta sensación de control, algo que funciona como un Lexatín en tiempos incontrolables”, desarrolla Alonso. ¿Y qué ocurrirá cuando la IA tome el control de todo este entramado? “Tengo la esperanza de que haya un giro de guion y la IA se limite a hacernos la colada, la cena y quizás le recuerde a esa persona a la que estamos conociendo que se está comportando como un patán”, aprecia Alonso, “no quiero ser Black Mirror , que siempre tiene esa mirada fatalista al hablar de la tecnología”. Fenómeno Mamdani vs heterofatalismo Puede que fuese Zohran Mamdani , el actual y muy reciente alcalde de Nueva York, quien llevó el nombre de Hinge (la aplicación donde conoció a su esposa Rama Duwaji) a todos los rincones del planeta. Esta se ha convertido, esencialmente, en la plataforma de quienes buscan el amor verdadero (su lema, de hecho, es ‘la app diseñada para ser eliminada’) y no relaciones esporádicas. ¿Cómo consiguen acertar tanto en los emparejamientos? Según Alonso, a través de Hinge Labs: “Que analiza las experiencias de citas de los usuarios desde la descarga de la aplicación hasta la cita y el borrado del perfil. De esta manera, estudian los elementos que marcan la diferencia y hacen que surja el amor”. Alonso también achaca la popularidad actual de Hinge al “isomorfismo mimético, una forma mediante la cual las empresas copian los modelos, innovaciones, estética y tecnología de las más exitosas, las aplicaciones se parecen muchísimo entre sí”. No deja de ser una muestra de que, por muchas vueltas se le haya dado a la toxicidad del amor romántico, las personas todavía se quieren enamorar: “Seguimos buscando el amor incluso cuando todo parece perdido’ es una frase de la que habla bell hooks en Todo sobre el amor . Al ir a trabajar, cada día veía ese graffiti, que sintió que le hablaba al corazón. Y es cierto… Al final, hasta los más descreídos, incluso quienes en lugar de corazón ya tenemos un tartar, buscamos amor”. Aunque según augura la autora de La Venus del smartphone las apps no desaparecerán, sí sufren altibajos en sus números. Por ejemplo, ella misma cuenta en su libro que: “Según The Economist, aplicaciones como Bumble o Tinder bajaron sus descargas un 20% y perdieron 17 millones de suscriptores en el segundo trimestre de 2024”. El agotamiento vital o aspectos como el heteropesimismo , un término que ya es habitual en el lenguaje popular, sean factores decisivos. En relación al segundo, Alonso señala que cuando la ensayista Asa Seresin acuñó el término lo hizo con la intención de “cuestionar el tono negativo con el que se suele hablar de la heterosexualidad”. Pero ahora, el vocablo se ha transformado y más bien recoge que: “Cada vez hay menos usuarios porque [las mujeres] estamos hartas de falta de responsabilidad afectiva, de la ausencia de empatía, de egos inflados… No queremos bajarnos apps , sino bajarnos del mundo. Del amoroso, al menos”. Estas apps han llevado la búsqueda de pareja al ámbito privado, a una esfera social diferente, y no estamos estudiando sus consecuencias de forma oportuna Cualquiera que haya sido usuario de aplicaciones de citas tendrá alguna anécdota más o menos rocambolesca relacionada con las conversaciones que se mantienen en ellas o personas con las que hacen match. Algunas serán graciosas y otras posiblemente aterradoras. Alonso remarca que: “Las mujeres heterosexuales y bisexuales tenemos la desgracia —esta frase me va a costar infinidad de mensajes de odio, pero qué daño le hace una raya más al tigre— de tener que relacionarnos con nuestro mayor depredador, el hombre heterosexual”. También explica que hay hombres que en sus perfiles especifican que no quieren mujeres feministas “Al menos, eso funciona como filtro. Yo no querría jamás hablar o respirar cerca de alguien así”. Ningún usuario de apps de dating está libre de sufrir una agresión, evidentemente. Alonso habla en su libro de Lydia Vargas, CEO de Zyrcled: “La primera app que asegura el consentimiento claro y el control de las interacciones”. En esta se han quitado dinámicas de comportamientos incómodos o peligrosos que en el resto se habían normalizado e incluye funcionalidades para que los usuarios o usuarias se sientan seguros. Por ejemplo, la opción de incluir un contacto de seguridad que puede recibir una notificación cuando empiece una cita. La escritora expone en el ensayo que: “En el caso de que no desactive la función o se agote el tiempo definido, la app envía de forma automática su ubicación en tiempo real y la foto de perfil de la cita al contacto de seguridad. Creo que es evidente que hay una mujer detrás de todo esto, ¿verdad? No sé si a un señor se le habría ocurrido”. Que nadie se espere encontrar en la obra de Alonso un libro de tono severo sino todo lo contrario. El ensayo cumple con el rigor que se le exige a este tipo de trabajo pero lo combina con la ironía humorística. Cabe la duda de si quien habla en el texto es la persona o un personaje detectivesco creado para investigar en el universo de las apps de citas. Alonso deja claro que: “Hace tiempo que persona y personaje se mimetizaron. Soy consciente de que me he convertido en una caricatura de mí misma”. También se empeña en presentarse como una soltera sin remedio, aunque por su trabajo posiblemente sepa más de los usos amorosos del siglo XXI en España que muchos de los que ahora se van a casar. Este no es su único libro sobre el amor: en 2017 sacó Antimanual de autodestrucción amorosa (Aguilar) además de Pulsus interruptus (Flash) y en 2020 S i echas de menos el principio, vuelve a empezar (Temas de hoy). ¿Por qué, entonces, ese presentimiento de soltería? “Me temo que habría que preguntar a mis citas (aunque hace tiempo que tiré la toalla y dejé de tenerlas) por qué soy tan inaguantable”.

Marita Alonso analiza la tiranía de ligar en tiempos de apps de citas: “Nos hemos convertido en terroristas emocionales”

Marita Alonso analiza la tiranía de ligar en tiempos de apps de citas: “Nos hemos convertido en terroristas emocionales”

La periodista publica 'La venus del smartphone. Así han cambiado las aplicaciones de citas nuestra forma de relacionarnos' (Carpe Noctem), donde explora si la pantalla se ha convertido en un elemento obligado para ligar La vida con un matrimonio abierto, según Molly Roden: “Tengo tres novios y un marido y soy muy feliz, pero ha sido duro” La periodista Marita Alonso es experta en descifrar los entresijos de las relaciones en la sociedad actual del mundo occidental. Colabora en diversos medios nacionales con artículos sobre cultura, entretenimiento y estilo de vida, así que lo mismo entrevista a la escritora del momento que investiga sobre las razones que llevan a que un matrimonio se vaya al garete. Como buena freelance, su tiempo es tan valioso como su agenda de contactos, pero ha conseguido guardar horas, entre artículo y artículo, para escribir un nuevo libro: La venus del smartphone . Así han cambiado las aplicaciones de citas nuestra forma de relacionarnos (editorial Carpe Noctem). En su volumen, que ella prefiere llamar “ensayo y error”, analiza precisamente si la pantalla se ha convertido en un elemento obligado para ligar. Y comienza con un dato apabullante: desde que se lanzó en 2012, Tinder (la app de citas por excelencia): “Se ha descargado más de 630 millones de veces, lo que ha dado lugar a más de 100.000 millones de matches, y presta servicio a unos 50 millones de usuarios al mes en 190 países y más de 45 idiomas”. Además, la encuesta Influencia de la tecnología en la vida de los españoles , realizada por la empresa de ciberseguridad Kaspersky, muestra que en España el 40% de la población ha usado o usa aplicaciones para ligar y el 18,6% ha conocido a su pareja en internet. Con estos datos, entre los otros muchos que ha incluido en el libro: ¿es cierto que ya no se liga (o es mucho más difícil) si no hay una pantalla entre los individuos? “Hemos perdido la capacidad de empatizar con el otro, y me doy pereza a mí misma al lanzar una frase tan ceniza y lapidaria”, dice a elDiario.es. “Interactuar con pantallas de por medio ha hecho que muchas personas tengan el superpoder de evaporarse, de desaparecer del mapa, y lo hacen sin dar explicaciones. Nos hemos convertido en terroristas emocionales”. Pese a ser herramientas que han influido de una manera tan decisiva en la forma de relacionarse de las personas, aún no se ha investigado demasiado (o tanto como ha ocurrido con otros temas decisivos) desde el campo académico. Alonso cita a diversas autoras en las páginas de su ensayo, pero, en su opinión: “Todo lo relacionado con las emociones y con las relaciones amorosas se considera menor”. Por lo tanto, en su libro quería dejar claro que “el amor nos atraviesa a todas y a todos” y no se le puede restar importancia a la influencia de las aplicaciones de citas. “Estas apps han llevado la búsqueda de pareja al ámbito privado, a una esfera social diferente, y no estamos estudiando sus consecuencias de forma oportuna”, afirma. Aquí están y aquí seguirán Además, aunque de manera recurrente aparezcan titulares que pronostican la muerte de Tinder y sus compañeras, Marita Alonso está plenamente convencida de que no será así. “A no ser que las empresas, de repente, faciliten la conciliación y se preocupen de verdad por la salud mental y por las condiciones de sus empleados”, sentencia. En un momento en el que mucha gente se siente arrollada por los horarios de trabajo excesivos, la dificultad de pagar el alquiler y otras calamidades de la vida moderna, encontrar pareja a través de una app es más fácil que por métodos más tradicionales. “Somos interlocutores terribles y tenemos cantidad de conversaciones simultáneas, algo clave para encontrar el amor en las aplicaciones”. Además, la adicción que crea el algoritmo especialmente diseñado para ello y la satisfacción inmediata que supone un match (gustar a una persona que te gusta) son dos factores esenciales para la supervivencia de las apps. Si aún hay gente en Facebook, ¿cómo va a desaparecer Bumble? Pero el funcionamiento de estas plataformas tienen a equipos enormes detrás que se encargan de mantener enganchado a su público y, por lo tanto, ganar dinero. Un factor en el que raramente se piensa cuando se miran los perfiles de los usuarios desde el sofá. Interactuar con pantallas de por medio ha hecho que muchas personas tengan el superpoder de evaporarse, de desaparecer del mapa, y lo hacen sin dar explicaciones “Creo que, de alguna manera, aunque pensemos que las cosas dependen del algoritmo o de las flechas de Cupido —que tiene malísima puntería, por cierto—, pensar que encontrar el amor depende de alguna manera de ti, de bajarte una app y de conversar con aquellas personas con quienes haces match , te otorga cierta sensación de control, algo que funciona como un Lexatín en tiempos incontrolables”, desarrolla Alonso. ¿Y qué ocurrirá cuando la IA tome el control de todo este entramado? “Tengo la esperanza de que haya un giro de guion y la IA se limite a hacernos la colada, la cena y quizás le recuerde a esa persona a la que estamos conociendo que se está comportando como un patán”, aprecia Alonso, “no quiero ser Black Mirror , que siempre tiene esa mirada fatalista al hablar de la tecnología”. Fenómeno Mamdani vs heterofatalismo Puede que fuese Zohran Mamdani , el actual y muy reciente alcalde de Nueva York, quien llevó el nombre de Hinge (la aplicación donde conoció a su esposa Rama Duwaji) a todos los rincones del planeta. Esta se ha convertido, esencialmente, en la plataforma de quienes buscan el amor verdadero (su lema, de hecho, es ‘la app diseñada para ser eliminada’) y no relaciones esporádicas. ¿Cómo consiguen acertar tanto en los emparejamientos? Según Alonso, a través de Hinge Labs: “Que analiza las experiencias de citas de los usuarios desde la descarga de la aplicación hasta la cita y el borrado del perfil. De esta manera, estudian los elementos que marcan la diferencia y hacen que surja el amor”. Alonso también achaca la popularidad actual de Hinge al “isomorfismo mimético, una forma mediante la cual las empresas copian los modelos, innovaciones, estética y tecnología de las más exitosas, las aplicaciones se parecen muchísimo entre sí”. No deja de ser una muestra de que, por muchas vueltas se le haya dado a la toxicidad del amor romántico, las personas todavía se quieren enamorar: “Seguimos buscando el amor incluso cuando todo parece perdido’ es una frase de la que habla bell hooks en Todo sobre el amor . Al ir a trabajar, cada día veía ese graffiti, que sintió que le hablaba al corazón. Y es cierto… Al final, hasta los más descreídos, incluso quienes en lugar de corazón ya tenemos un tartar, buscamos amor”. Aunque según augura la autora de La Venus del smartphone las apps no desaparecerán, sí sufren altibajos en sus números. Por ejemplo, ella misma cuenta en su libro que: “Según The Economist, aplicaciones como Bumble o Tinder bajaron sus descargas un 20% y perdieron 17 millones de suscriptores en el segundo trimestre de 2024”. El agotamiento vital o aspectos como el heteropesimismo , un término que ya es habitual en el lenguaje popular, sean factores decisivos. En relación al segundo, Alonso señala que cuando la ensayista Asa Seresin acuñó el término lo hizo con la intención de “cuestionar el tono negativo con el que se suele hablar de la heterosexualidad”. Pero ahora, el vocablo se ha transformado y más bien recoge que: “Cada vez hay menos usuarios porque [las mujeres] estamos hartas de falta de responsabilidad afectiva, de la ausencia de empatía, de egos inflados… No queremos bajarnos apps , sino bajarnos del mundo. Del amoroso, al menos”. Estas apps han llevado la búsqueda de pareja al ámbito privado, a una esfera social diferente, y no estamos estudiando sus consecuencias de forma oportuna Cualquiera que haya sido usuario de aplicaciones de citas tendrá alguna anécdota más o menos rocambolesca relacionada con las conversaciones que se mantienen en ellas o personas con las que hacen match. Algunas serán graciosas y otras posiblemente aterradoras. Alonso remarca que: “Las mujeres heterosexuales y bisexuales tenemos la desgracia —esta frase me va a costar infinidad de mensajes de odio, pero qué daño le hace una raya más al tigre— de tener que relacionarnos con nuestro mayor depredador, el hombre heterosexual”. También explica que hay hombres que en sus perfiles especifican que no quieren mujeres feministas “Al menos, eso funciona como filtro. Yo no querría jamás hablar o respirar cerca de alguien así”. Ningún usuario de apps de dating está libre de sufrir una agresión, evidentemente. Alonso habla en su libro de Lydia Vargas, CEO de Zyrcled: “La primera app que asegura el consentimiento claro y el control de las interacciones”. En esta se han quitado dinámicas de comportamientos incómodos o peligrosos que en el resto se habían normalizado e incluye funcionalidades para que los usuarios o usuarias se sientan seguros. Por ejemplo, la opción de incluir un contacto de seguridad que puede recibir una notificación cuando empiece una cita. La escritora expone en el ensayo que: “En el caso de que no desactive la función o se agote el tiempo definido, la app envía de forma automática su ubicación en tiempo real y la foto de perfil de la cita al contacto de seguridad. Creo que es evidente que hay una mujer detrás de todo esto, ¿verdad? No sé si a un señor se le habría ocurrido”. Que nadie se espere encontrar en la obra de Alonso un libro de tono severo sino todo lo contrario. El ensayo cumple con el rigor que se le exige a este tipo de trabajo pero lo combina con la ironía humorística. Cabe la duda de si quien habla en el texto es la persona o un personaje detectivesco creado para investigar en el universo de las apps de citas. Alonso deja claro que: “Hace tiempo que persona y personaje se mimetizaron. Soy consciente de que me he convertido en una caricatura de mí misma”. También se empeña en presentarse como una soltera sin remedio, aunque por su trabajo posiblemente sepa más de los usos amorosos del siglo XXI en España que muchos de los que ahora se van a casar. Este no es su único libro sobre el amor: en 2017 sacó Antimanual de autodestrucción amorosa (Aguilar) además de Pulsus interruptus (Flash) y en 2020 S i echas de menos el principio, vuelve a empezar (Temas de hoy). ¿Por qué, entonces, ese presentimiento de soltería? “Me temo que habría que preguntar a mis citas (aunque hace tiempo que tiré la toalla y dejé de tenerlas) por qué soy tan inaguantable”.

El mensaje oculto de Bad Bunny

El mensaje oculto de Bad Bunny

El cantante dio una alternativa entusiasta y positiva en la Super Bowl. Conectó con una necesidad de liderazgo progresista que no puede construir nada sólido solo estando a la contra de la ultraderecha. La coalición que propone Gabriel Rufián es difícil, pero refrescaría la tierra quemada del desencanto para una ciudadanía huérfana de soluciones prácticas La actuación del puertorriqueño Bad Bunny en el intermedio de la Super Bowl no fue solo música . Tampoco fue solo política. Por supuesto que no fue una escena de costumbrismo latino. Fue la alegre celebración de la latinidad, la humanidad, los migrantes, el español y la reivindicación entusiasta de ser sin tener que pedir perdón o esconderse por ello. Fue la alternativa festiva y aplastante para un gobierno en Estados Unidos que alienta el odio y el supremacismo blanco. Benito Antonio dijo su nombre real, dijo “somos y pertenecemos”, sin necesidad de que nadie nos integre o nos dé permiso de existir. Contra los comentarios odiosos de un cascarrabias inmisericorde y todo su ecosistema de estómagos agradecidos, la música jubilosa que mira a los ojos con dignidad. Una bola de nieve, caña de azúcar y culturas que arrastró a su paso el mal recuerdo de arrestos de niños ecuatorianos, personas asesinadas a tiros, migrantes atrincherados y muertos de miedo. Trump no asistió, después de ser abucheado en la última edición. No ha trascendido si a estas horas el magnate está pensando en declarar la guerra a la liga de fútbol americano o en comprársela. La música de Bad Bunny fue bálsamo y esperanza porque barrió con su carisma la inhumanidad que llega desde EEUU y amordazó con sus múltiples pentagramas todas las bocas que tanto hablan contra los migrantes, contra las mujeres, contra la ciencia, contra los desposeídos, contra Europa. Pero el cantante hizo algo más el pasado domingo. Dio una alternativa que conectó con una necesidad de amparo y liderazgo, porque no se puede construir solo a la contra. Recordó que hay que dar un mensaje claro y esperanzador por la vía de los hechos, en lugar de acabar discutiendo contra el extremismo en la esquina que proponen los radicales y con sus mismas armas. El mundo que cree en la justicia social, en los derechos y acompaña a los vulnerables se ha enredado en argumentar contra los trumpistas y en desmentir a los ultraderechistas, perdiendo en ello su tiempo y energía. También ha perdido la atención de sus votantes. Tan enfrascados en desmentir supuestas recetas mágicas y evitar la debacle, tan atareados en sobrevivir y defender el mundo que ayudaron a levantar y que ahora minusvaloran los jóvenes, han olvidado renovarlo, hacerlo creíble, apetecible, reivindicarlo con un mensaje claro y limpio. Según los indicadores, vivimos el momento de la humanidad más avanzado en derechos, democracia o ciencia. Pero no solo de indicadores vive el hombre. ¿Qué nos falta? ¿Qué nos pasa? ¿A quién le pasa? Un buen líder debiera contestar esas preguntas y dedicar su liderazgo a ello. Está pendiente amoldar el precio de las casas a los salarios, los precios del supermercado al monedero, ajustar las escuelas y su climatización, que la universidad pública tenga plazas suficientes y los metros y trenes de Cercanías cumplan sus horarios. Queda lo más pequeño, que es lo más grande. En España, la izquierda hace el enésimo intento de alinearse en un gesto de futuro. Gabriel Rufián ambiciona que se unan incluso los partidos nacionalistas, que pueden tener intereses centrípetos pero que también gozan de un mínimo común denominador entre ellos sobre el que podría pivotar todo. Su partido, ERC, ya le ha dicho que no lo ve, tapándose un ojo. Quizás sea esta la última oportunidad de crear una alternativa real y creíble, que no practique la parálisis por análisis, que no hable solo de emboscar a la ultraderecha, sino que proponga objetivos claros y cumpla con asuntos obligados. Que no se destripe. Que luche con la cautivadora propuesta de la ultraderecha por la vía de los hechos y de una nueva comunicación, no solo por la dialéctica. Porque si el progresismo se mete al barro, pierde. Ahí es donde los que hablan más alto suelen asordinar y ganar el debate. Bad Bunny no necesitó nombrar a Trump o criticar sus políticas del sufrimiento y la esquilmación, ni con un solo gesto. Salió y cantó al mundo otro modelo. El que teníamos hace décadas, pero que hoy ha cobrado un nuevo sentido y se explica de un nuevo modo. Un nuevo mundo con una nueva coalición política sería casi la única bala para parar la ultraderechización que recorre el planeta y que bebe del poderío de las redes sociales y el adormilamiento de una izquierda (y una derecha) que sigue intentando parar el golpe. Como dice un amigo que se dedica a la política, cuando el partido va mal, queda un minuto y no hay delanteros, si la única opción es que el portero coja el balón para recorrerse el campo e intentar marcar el gol, quizás haya que hacerlo. No es ortodoxo, es arriesgado, no estaba en el guion, es imprevisible, tiene un coste, puede ser un desastre. Pero una coalición poderosa que hable a las personas refrescaría la tierra quemada del desencanto para una ciudadanía progresista huérfana de soluciones y necesitada de esperanza.

El mensaje oculto de Bad Bunny

El mensaje oculto de Bad Bunny

El cantante dio una alternativa entusiasta y positiva en la Super Bowl. Conectó con una necesidad de liderazgo progresista que no puede construir nada sólido solo estando a la contra de la ultraderecha. La coalición que propone Gabriel Rufián es difícil, pero refrescaría la tierra quemada del desencanto para una ciudadanía huérfana de soluciones prácticas La actuación del puertorriqueño Bad Bunny en el intermedio de la Super Bowl no fue solo música . Tampoco fue solo política. Por supuesto que no fue una escena de costumbrismo latino. Fue la alegre celebración de la latinidad, la humanidad, los migrantes, el español y la reivindicación entusiasta de ser sin tener que pedir perdón o esconderse por ello. Fue la alternativa festiva y aplastante para un gobierno en Estados Unidos que alienta el odio y el supremacismo blanco. Benito Antonio dijo su nombre real, dijo “somos y pertenecemos”, sin necesidad de que nadie nos integre o nos dé permiso de existir. Contra los comentarios odiosos de un cascarrabias inmisericorde y todo su ecosistema de estómagos agradecidos, la música jubilosa que mira a los ojos con dignidad. Una bola de nieve, caña de azúcar y culturas que arrastró a su paso el mal recuerdo de arrestos de niños ecuatorianos, personas asesinadas a tiros, migrantes atrincherados y muertos de miedo. Trump no asistió, después de ser abucheado en la última edición. No ha trascendido si a estas horas el magnate está pensando en declarar la guerra a la liga de fútbol americano o en comprársela. La música de Bad Bunny fue bálsamo y esperanza porque barrió con su carisma la inhumanidad que llega desde EEUU y amordazó con sus múltiples pentagramas todas las bocas que tanto hablan contra los migrantes, contra las mujeres, contra la ciencia, contra los desposeídos, contra Europa. Pero el cantante hizo algo más el pasado domingo. Dio una alternativa que conectó con una necesidad de amparo y liderazgo, porque no se puede construir solo a la contra. Recordó que hay que dar un mensaje claro y esperanzador por la vía de los hechos, en lugar de acabar discutiendo contra el extremismo en la esquina que proponen los radicales y con sus mismas armas. El mundo que cree en la justicia social, en los derechos y acompaña a los vulnerables se ha enredado en argumentar contra los trumpistas y en desmentir a los ultraderechistas, perdiendo en ello su tiempo y energía. También ha perdido la atención de sus votantes. Tan enfrascados en desmentir supuestas recetas mágicas y evitar la debacle, tan atareados en sobrevivir y defender el mundo que ayudaron a levantar y que ahora minusvaloran los jóvenes, han olvidado renovarlo, hacerlo creíble, apetecible, reivindicarlo con un mensaje claro y limpio. Según los indicadores, vivimos el momento de la humanidad más avanzado en derechos, democracia o ciencia. Pero no solo de indicadores vive el hombre. ¿Qué nos falta? ¿Qué nos pasa? ¿A quién le pasa? Un buen líder debiera contestar esas preguntas y dedicar su liderazgo a ello. Está pendiente amoldar el precio de las casas a los salarios, los precios del supermercado al monedero, ajustar las escuelas y su climatización, que la universidad pública tenga plazas suficientes y los metros y trenes de Cercanías cumplan sus horarios. Queda lo más pequeño, que es lo más grande. En España, la izquierda hace el enésimo intento de alinearse en un gesto de futuro. Gabriel Rufián ambiciona que se unan incluso los partidos nacionalistas, que pueden tener intereses centrípetos pero que también gozan de un mínimo común denominador entre ellos sobre el que podría pivotar todo. Su partido, ERC, ya le ha dicho que no lo ve, tapándose un ojo. Quizás sea esta la última oportunidad de crear una alternativa real y creíble, que no practique la parálisis por análisis, que no hable solo de emboscar a la ultraderecha, sino que proponga objetivos claros y cumpla con asuntos obligados. Que no se destripe. Que luche con la cautivadora propuesta de la ultraderecha por la vía de los hechos y de una nueva comunicación, no solo por la dialéctica. Porque si el progresismo se mete al barro, pierde. Ahí es donde los que hablan más alto suelen asordinar y ganar el debate. Bad Bunny no necesitó nombrar a Trump o criticar sus políticas del sufrimiento y la esquilmación, ni con un solo gesto. Salió y cantó al mundo otro modelo. El que teníamos hace décadas, pero que hoy ha cobrado un nuevo sentido y se explica de un nuevo modo. Un nuevo mundo con una nueva coalición política sería casi la única bala para parar la ultraderechización que recorre el planeta y que bebe del poderío de las redes sociales y el adormilamiento de una izquierda (y una derecha) que sigue intentando parar el golpe. Como dice un amigo que se dedica a la política, cuando el partido va mal, queda un minuto y no hay delanteros, si la única opción es que el portero coja el balón para recorrerse el campo e intentar marcar el gol, quizás haya que hacerlo. No es ortodoxo, es arriesgado, no estaba en el guion, es imprevisible, tiene un coste, puede ser un desastre. Pero una coalición poderosa que hable a las personas refrescaría la tierra quemada del desencanto para una ciudadanía progresista huérfana de soluciones y necesitada de esperanza.

Las razones (económicas) de la sanidad pública

Las razones (económicas) de la sanidad pública

Porque si algo define al siglo XXI no es la expansión del mercado, sino la expansión de lo común. A medida que nos adentramos en la sociedad del conocimiento, cada vez más aspectos de nuestra vida dependen de bienes que no pueden fragmentarse en decisiones individuales ni resolverse con pólizas privadas La Comunidad de Madrid ha perdonado 71 millones a Quirón y Ribera Salud tras asumir y tratar a sus pacientes Arrecia la tormenta en torno a la sanidad. En Twitter hace meses que hay fuerte marejada y cada poco se vuelven a reabrir los debates sobre si debería ser pública o privada. Lo que hasta hace muy poco parecía un consenso universal del Estado del Bienestar hoy está en cuestión, se tambalea. Viéndolas venir, ayer la ministra de Sanidad, Mónica García, reveló que llevará al parlamento una ley para impedir el modelo de privatización de los hospitales de la Comunidad de Madrid. Ayuso, que nunca pierde comba, no tardó en convertir el tema en arma arrojadiza y anunció que llevará el asunto a los tribunales. La bronca está servida. Pero más allá de la enésima batallita –que solo durará hasta que llegue la siguiente– este de la sanidad no es un debate cualquiera. Al contrario, bajo una aparente disputa política se esconde la cuestión económica más importante del siglo (una que no es la productividad): ¿cómo financiamos las cosas que no se pueden comprar y vender en los mercados?. Para desentrañarlo tenemos que empezar por explicar que cuando hablamos de “sanidad” estamos mezclando –al menos– tres bienes económicos distintos: El primero es la salud pública, que es el bienestar colectivo del que cualquier persona disfruta cuando el conjunto de la población está sana. La salud pública minimiza los riesgos sanitarios y es un bien económico de primer orden. Sin ella, nos contagiaríamos de cualquier cosa, los sistemas asistenciales no darían abasto, no podría haber actividad productiva, ni mercados funcionales, ni siquiera vida social organizada. Por esa razón una de las funciones más básicas de los estados es desplegar una batería inmensa de medidas que van desde la vacunación al control de plagas, del saneamiento al mantenimiento de la calidad del agua y del control de fronteras a la educación sanitaria o la vigilancia epidemiológica para reducir al mínimo posible las enfermedades que circulan entre la población. ¿Por qué los estados, y no los mercados? Porque la salud pública es lo que en economía se denomina un “bien público”, esto es, un recurso que está a disposición de cualquiera desde el momento en que está disponible para una persona. Si un agente (sea el que sea) erradica la viruela en un territorio, lo está haciendo igual para una persona que para toda la población. El resultado es un bien que representa un problema insalvable para los mercados porque es imposible cobrar por él: erradicar la viruela es demasiado caro para que un individuo lo pague por su cuenta, pero una vez erradicada, todos se benefician por igual sin que nadie pueda cobrarles individualmente por ello. En economía se dice que son bienes cuyo consumo “no es rival” y que no son “excluibles”. Adam Smith, que era muy consciente de este problema, fue el primero en plantear que “[el deber] de la comunidad es el de erigir y mantener aquellas instituciones públicas y aquellas obras públicas que, aunque pueden ser del más alto grado ventajosas para una gran sociedad, son, sin embargo, de tal naturaleza que el beneficio nunca podría compensar el gasto a ningún individuo o a un pequeño número de individuos, y por lo tanto, no se puede esperar que ningún individuo las erija o mantenga.” O, en otras palabras, que el rol principal de los Estados es proveer aquellos bienes que el mercado no puede proveer. Por eso no hay ningún país del mundo, ni lo ha habido en la historia, donde la salud pública se provea desde el ámbito privado. El segundo de los bienes que conforman eso que llamamos genéricamente “sanidad” es un seguro colectivo. Es la garantía de que, si caemos enfermos, podremos acudir a un hospital y recibir el mejor tratamiento disponible, tengamos o no dinero para pagarlo, sepamos o no dónde acudir y con independencia de lo que nos haya ocurrido. Para que esta garantía sea real, hace falta mantener permanentemente una red de hospitales, servicios de urgencias y centros de salud que funcionen todos los días del año, tanto si hay pacientes en ese momento, como si no. O lo que es lo mismo: es necesario mantener un sistema que está disponible para todo el mundo desde el momento en el que existe para una persona: otro bien público que los mercados no pueden proveer. Aunque pueda resultar confuso hay que entender que este bien económico —al que llamaremos “seguro sanitario”— no es lo mismo que el servicio médico que nos atiende cuando efectivamente enfermamos y vamos al hospital. Son dos cosas distintas. Igual que cuando contratamos un seguro del hogar entendemos que una cosa es pagar la póliza que te cubre todo el año (aunque no te pase nada) y otra muy distinta es el servicio del técnico que viene cuando realmente se te rompe el fregadero, el seguro sanitario es la garantía; el pediatra, igual que el fontanero, es el servicio concreto. Este último escalón —el de los “servicios médicos”— es el tercero de los bienes económicos de los que hablamos cuando hablamos de sanidad. Y es el único de los tres que sí podría funcionar como una prestación de servicios privados, como un bien excluible y cuyo consumo es rival; que se presta a una persona concreta, en un momento puntual y podría cobrarse directamente a quien lo recibe. La prueba fehaciente es que existen de hecho multitud de servicios médicos que operan al margen de los seguros sanitarios e incluso sectores enteros (como la salud dental) donde el Estado casi no existe. Es decir, mientras que la salud pública beneficia a todos por igual (nadie puede ser “excluido” de respirar aire limpio) y los seguros sanitarios necesitan estar disponibles para todos constantemente, el servicio médico individual —la consulta, la operación, el tratamiento— sí es excluible: puedo dártelo a ti y no a otro, y puedo cobrártelo directamente cuando lo usas. De manera que cuando hablamos de sanidad, estamos colocando tres bienes sobre la mesa: dos que no se pueden prestar desde el ámbito privado y otro que sí. ¿Cómo que no? ¿No existen acaso los seguros privados del hogar? ¿No existen seguros privados de salud? Existen, sí. Pero se sostienen sobre una trampa: solo cubren el último eslabón de la cadena hecha de una serie de bienes públicos. Tomemos el caso del hogar. Un seguro privado te indemniza si tu casa arde o si una tubería revienta. Pero solo puede hacerlo porque antes existe todo un entramado colectivo (de bienes públicos) que reduce drásticamente la probabilidad de que eso ocurra. Ese sistema se compone de facultades de arquitectura que forman profesionales y los colegios que los supervisan, normativas que dictan qué materiales pueden utilizarse en la edificación y cuáles no, sistemas de responsabilidad civil para las constructoras, Inspecciones técnicas, cuerpos de bomberos, de policía y juzgados. Y también existe una suerte de “salud pública” de los edificios. Para proteger tu vivienda hace falta que sean seguras todas las del barrio. Porque si el edificio contiguo se derrumba o arde, tu póliza individual no basta para aislarte del daño. Sin esa infraestructura preventiva, sin esa red colectiva que distribuye riesgos y responsabilidades antes de que el desastre suceda, ningún seguro privado podría comprometerse a pagarte nada. De la misma manera, la iniciativa privada no puede hacerse cargo de prestar un seguro sanitario universal, como pretende el modelo de la Comunidad de Madrid. Porque su mecánica interna dicta que necesita vender y sacar un beneficio de cada paciente. Y esa lógica es incompatible con la prestación de un bien público. Por eso suele ocurrir que cuando una administración obliga a una empresa privada a proveer un bien público, lo que está haciendo es poner a la empresa de turno entre la espada de la prestación del servicio y la pared de los beneficios que esperan sus inversores. Esto, y no otra cosa, es lo que hemos visto en el caso del Hospital de Torrejón y lo que observamos en muchas otras concesiones: los intereses privados, que son incapaces de proveer un bien público, dan un mal servicio a los ciudadanos. De manera que, más allá de la disputa ideológica, lo que propone el Ministerio de Sanidad es de absoluto sentido común económico: el Estado debe dedicarse a proveer los bienes públicos porque está mucho más capacitado para ello que el mercado; porque precisamente para eso existen los Estados. Con todo, sería también de sentido común no oponerse ideológicamente a cualquier participación de la iniciativa privada. Como hemos visto, en la prestación de servicios médicos (el tercero de los bienes que hemos desglosado) las empresas tienen mucho que aportar. De hecho, cada vez es más habitual que los hospitales privados funcionen como plataformas donde distintos médicos pueden tener su consulta privada. Para dar el mejor servicio público se puede y se debe hacer mucho con las empresas y con los profesionales de la medicina. La tarea central de los Estados modernos no debería ser cerrarse en banda en una batalla entre lo privado y lo público, sino aprender a gestionar mejor, a medir mejor, a financiar mejor y a innovar en la provisión de bienes públicos con la misma ambición con la que en el siglo XX se innovó en la producción industrial. Porque si algo define al siglo XXI no es la expansión del mercado, sino la expansión de lo común. A medida que nos adentramos en la sociedad del conocimiento, cada vez más aspectos de nuestra vida dependen de bienes que no pueden fragmentarse en decisiones individuales ni resolverse con pólizas privadas: la información, la calidad del aire, la ciberseguridad, las infraestructuras digitales, la investigación científica, la prevención de pandemias o la autonomía energética son bienes que solo existen si existen para todos. Y la pregunta que debería ordenar la política y la economía ya no será cuánto Estado o cuánto mercado, sino algo más exigente y más práctico: ¿cómo diseñamos, financiamos y mejoramos los bienes públicos de los que depende nuestra vida colectiva?

La disolución anticipada es un arma de doble filo

La disolución anticipada es un arma de doble filo

El trato humillante que VOX puede dispensar al PP no tiene más límite que el que Santiago Abascal quiera. A partir de este momento, el programa del PP es para Abascal lo que el Derecho Internacional es para Donald Trump El órdago de Vox a Guardiola: exige Agricultura, Economía y una vicepresidencia que tendría Interior, Seguridad e Inmigración Las elecciones extremeñas y aragonesas han sido elecciones opcionales. No se había agotado la legislatura en ninguna de las dos comunidades autónomas y, en consecuencia, no se tenían por qué celebrar. En el Estado de las Autonomías tal como fue configurado por el constituyente y desarrollado a través de la aprobación de los Estatutos de Autonomía de País Vasco y Catalunya y los Pactos Autonómicos de 1981, no se habrían podido convocar, ya que la disolución electoral no se contemplaba para los Parlamentos de las Comunidades Autónomas, sino únicamente para las Cortes Generales. La disolución es una institución propia del constitucionalismo monárquico, que no debería haber permanecido en el constitucionalismo democrático, ya que, en última instancia, supone desconocer la decisión del cuerpo electoral y obligarlo a tomar una nueva. ¿Con base en que principio de legitimidad se puede dar cobertura a esta decisión? No, desde luego, con el de legitimidad democrática. Por eso, en los países que no conocieron el constitucionalismo monárquico, no existe la disolución y las elecciones se celebran “por calendario”, igual que los Campeonatos del Mundo de los distintos deportes o los Juegos Olímpicos. Así viene ocurriendo en los Estados Unidos desde finales del siglo XVIII. Pero en Europa, en general, y en España muy en particular, la Monarquía ha dejado su huella en la Constitución democrática y el instituto de la disolución ha permanecido como parte de la fórmula de gobierno. Con poco impacto cuando la democracia opera de manera razonablemente satisfactoria y con bastante impacto cuando no lo hace de esa manera. La trayectoria de la democracia española desde la entrada en vigor de la Constitución es un magnífico ejemplo. Tanto en el Estado como en las Comunidades Autónomas. Sea como sea, la disolución parlamentaria se ha convertido en un arma política con la que hay que contar. Arma de doble filo, ya que el riesgo que corre quien hace uso de la prerrogativa no es pequeño. Puede errar o acertar. Pedro Sánchez erró en 2019 por no aceptar a Pablo Iglesias como vicepresidente y acertó en 2023 al disolver y convocar elecciones para el 23 de julio tras el fracaso electoral de las elecciones autonómicas y municipales de mayo del mismo año. Si no hubiera errado en 2019, no habría necesitado muy probablemente el 23 de julio y todo lo que está viniendo después. Pero las consecuencias de un error en la disolución son siempre muy gravosas. En el terreno del PP, aunque formalmente no ha sido Alberto Núñez Feijóo quien ha disuelto los parlamentos de Extremadura y Aragón y ha convocado elecciones, hay pocas dudas de que materialmente la decisión ha sido suya. La disolución anticipada de los parlamentos extremeño y aragonés no han sido pensadas para la mejor dirección política de ambas comunidades, sino que han sido diseñadas como estaciones en el camino hacia la Moncloa del presidente del PP. La justificación de la decisión así lo pone de manifiesto. La dirección nacional, no las direcciones regionales, pretendía matar dos pájaros de un tiro: debilitar al presidente del Gobierno y “liberar” al PP de la sombra de VOX mediante la obtención de una mayoría absoluta que permitiera gobernar ambas comunidades en solitario. De esta manera Alberto Núñez Feijóo acudiría a las próximas elecciones generales libre de polvo y paja. Ambos objetivos estaban estrechamente relacionados. La intensidad del debilitamiento del presidente del Gobierno era directamente proporcional a la “liberación” del PP de VOX. Únicamente las mayorías absolutas de Guardiola y Azcón suponían una victoria para Núñez Feijóo y una derrota inequívoca de Pedro Sánchez. De no ser así, el tiro salía por la culata. Que es lo que ha ocurrido. Los errores en el ejercicio de la prerrogativa de la disolución, como ya he dicho, tienen siempre un coste muy alto. Pedro Sánchez todavía está pagando su resistencia a contar con Pablo Iglesias. Y Pablo Iglesias lo está pagando todavía más, aunque no fue responsable de la decisión. La primera disolución de 2019 ha tenido un coste muy alto para las izquierdas españolas. Ahora son las derechas las que tienen que hacer frente al coste de las disoluciones extremeña y aragonesa. La candidata a la presidencia de Extremadura ha tenido la ocurrencia de pedir la abstención del PSOE. Lo ha hecho públicamente y con la anuencia inmediata de Alberto Núñez Feijóo. Desconozco, si antes de dar publicidad a esta iniciativa, ha habido alguna aproximación para comprobar si había agua en la piscina, pero la impresión es que no ha habido ninguna. La imprudencia de la publicidad ha dejado inerme al PP frente a VOX, que puede exigir que Guardiola deje de ser la candidata a la investidura con la misma legitimidad que el PP ha intentado dejar a VOX fuera de juego. Si usted pretende sacarme del tablero de juego, yo puedo hacer lo mismo. O el PP renuncia a la candidatura de Guardiola o nuevas elecciones. O quiero tantas consejerías con el presupuesto correspondiente y con la aplicación de un programa, firmado ante notario, que cuente con el visto bueno de la dirección nacional de VOX. El trato humillante que VOX puede dispensar al PP no tiene más límite que el que Santiago Abascal quiera. A partir de este momento, el programa del PP es para Santiago Abascal lo que el Derecho Internacional es para Donald Trump. Pero la ocurrencia no va a tener efectos en Extremadura exclusivamente. ¿En qué condiciones ha dejado Guardiola a Azcón para negociar la investidura? ¿Y en qué condiciones acude el PP a las elecciones en Castilla y León? ¿E incluso en Andalucía, aunque Moreno Bonilla ha salido fortalecido con su respuesta a las inundaciones? Los últimos sondeos ya no le daban al PP la mayoría absoluta. Es posible que los próximos se la den. Pero es más probable que el desgaste de las investiduras de Extremadura, Aragón, y Castilla y León y el consiguiente fortalecimiento de VOX, le fuercen a depender de VOX. Esa es la mochila con la que Alberto Núñez Feijóo tendrá que cargar hasta que se agote la legislatura o Pedro Sánchez decida darla por agotada.

La disolución anticipada es un arma de doble filo

La disolución anticipada es un arma de doble filo

El trato humillante que VOX puede dispensar al PP no tiene más límite que el que Santiago Abascal quiera. A partir de este momento, el programa del PP es para Abascal lo que el Derecho Internacional es para Donald Trump El órdago de Vox a Guardiola: exige Agricultura, Economía y una vicepresidencia que tendría Interior, Seguridad e Inmigración Las elecciones extremeñas y aragonesas han sido elecciones opcionales. No se había agotado la legislatura en ninguna de las dos comunidades autónomas y, en consecuencia, no se tenían por qué celebrar. En el Estado de las Autonomías tal como fue configurado por el constituyente y desarrollado a través de la aprobación de los Estatutos de Autonomía de País Vasco y Catalunya y los Pactos Autonómicos de 1981, no se habrían podido convocar, ya que la disolución electoral no se contemplaba para los Parlamentos de las Comunidades Autónomas, sino únicamente para las Cortes Generales. La disolución es una institución propia del constitucionalismo monárquico, que no debería haber permanecido en el constitucionalismo democrático, ya que, en última instancia, supone desconocer la decisión del cuerpo electoral y obligarlo a tomar una nueva. ¿Con base en que principio de legitimidad se puede dar cobertura a esta decisión? No, desde luego, con el de legitimidad democrática. Por eso, en los países que no conocieron el constitucionalismo monárquico, no existe la disolución y las elecciones se celebran “por calendario”, igual que los Campeonatos del Mundo de los distintos deportes o los Juegos Olímpicos. Así viene ocurriendo en los Estados Unidos desde finales del siglo XVIII. Pero en Europa, en general, y en España muy en particular, la Monarquía ha dejado su huella en la Constitución democrática y el instituto de la disolución ha permanecido como parte de la fórmula de gobierno. Con poco impacto cuando la democracia opera de manera razonablemente satisfactoria y con bastante impacto cuando no lo hace de esa manera. La trayectoria de la democracia española desde la entrada en vigor de la Constitución es un magnífico ejemplo. Tanto en el Estado como en las Comunidades Autónomas. Sea como sea, la disolución parlamentaria se ha convertido en un arma política con la que hay que contar. Arma de doble filo, ya que el riesgo que corre quien hace uso de la prerrogativa no es pequeño. Puede errar o acertar. Pedro Sánchez erró en 2019 por no aceptar a Pablo Iglesias como vicepresidente y acertó en 2023 al disolver y convocar elecciones para el 23 de julio tras el fracaso electoral de las elecciones autonómicas y municipales de mayo del mismo año. Si no hubiera errado en 2019, no habría necesitado muy probablemente el 23 de julio y todo lo que está viniendo después. Pero las consecuencias de un error en la disolución son siempre muy gravosas. En el terreno del PP, aunque formalmente no ha sido Alberto Núñez Feijóo quien ha disuelto los parlamentos de Extremadura y Aragón y ha convocado elecciones, hay pocas dudas de que materialmente la decisión ha sido suya. La disolución anticipada de los parlamentos extremeño y aragonés no han sido pensadas para la mejor dirección política de ambas comunidades, sino que han sido diseñadas como estaciones en el camino hacia la Moncloa del presidente del PP. La justificación de la decisión así lo pone de manifiesto. La dirección nacional, no las direcciones regionales, pretendía matar dos pájaros de un tiro: debilitar al presidente del Gobierno y “liberar” al PP de la sombra de VOX mediante la obtención de una mayoría absoluta que permitiera gobernar ambas comunidades en solitario. De esta manera Alberto Núñez Feijóo acudiría a las próximas elecciones generales libre de polvo y paja. Ambos objetivos estaban estrechamente relacionados. La intensidad del debilitamiento del presidente del Gobierno era directamente proporcional a la “liberación” del PP de VOX. Únicamente las mayorías absolutas de Guardiola y Azcón suponían una victoria para Núñez Feijóo y una derrota inequívoca de Pedro Sánchez. De no ser así, el tiro salía por la culata. Que es lo que ha ocurrido. Los errores en el ejercicio de la prerrogativa de la disolución, como ya he dicho, tienen siempre un coste muy alto. Pedro Sánchez todavía está pagando su resistencia a contar con Pablo Iglesias. Y Pablo Iglesias lo está pagando todavía más, aunque no fue responsable de la decisión. La primera disolución de 2019 ha tenido un coste muy alto para las izquierdas españolas. Ahora son las derechas las que tienen que hacer frente al coste de las disoluciones extremeña y aragonesa. La candidata a la presidencia de Extremadura ha tenido la ocurrencia de pedir la abstención del PSOE. Lo ha hecho públicamente y con la anuencia inmediata de Alberto Núñez Feijóo. Desconozco, si antes de dar publicidad a esta iniciativa, ha habido alguna aproximación para comprobar si había agua en la piscina, pero la impresión es que no ha habido ninguna. La imprudencia de la publicidad ha dejado inerme al PP frente a VOX, que puede exigir que Guardiola deje de ser la candidata a la investidura con la misma legitimidad que el PP ha intentado dejar a VOX fuera de juego. Si usted pretende sacarme del tablero de juego, yo puedo hacer lo mismo. O el PP renuncia a la candidatura de Guardiola o nuevas elecciones. O quiero tantas consejerías con el presupuesto correspondiente y con la aplicación de un programa, firmado ante notario, que cuente con el visto bueno de la dirección nacional de VOX. El trato humillante que VOX puede dispensar al PP no tiene más límite que el que Santiago Abascal quiera. A partir de este momento, el programa del PP es para Santiago Abascal lo que el Derecho Internacional es para Donald Trump. Pero la ocurrencia no va a tener efectos en Extremadura exclusivamente. ¿En qué condiciones ha dejado Guardiola a Azcón para negociar la investidura? ¿Y en qué condiciones acude el PP a las elecciones en Castilla y León? ¿E incluso en Andalucía, aunque Moreno Bonilla ha salido fortalecido con su respuesta a las inundaciones? Los últimos sondeos ya no le daban al PP la mayoría absoluta. Es posible que los próximos se la den. Pero es más probable que el desgaste de las investiduras de Extremadura, Aragón, y Castilla y León y el consiguiente fortalecimiento de VOX, le fuercen a depender de VOX. Esa es la mochila con la que Alberto Núñez Feijóo tendrá que cargar hasta que se agote la legislatura o Pedro Sánchez decida darla por agotada.

Las razones (económicas) de la sanidad pública

Las razones (económicas) de la sanidad pública

Porque si algo define al siglo XXI no es la expansión del mercado, sino la expansión de lo común. A medida que nos adentramos en la sociedad del conocimiento, cada vez más aspectos de nuestra vida dependen de bienes que no pueden fragmentarse en decisiones individuales ni resolverse con pólizas privadas La Comunidad de Madrid ha perdonado 71 millones a Quirón y Ribera Salud tras asumir y tratar a sus pacientes Arrecia la tormenta en torno a la sanidad. En Twitter hace meses que hay fuerte marejada y cada poco se vuelven a reabrir los debates sobre si debería ser pública o privada. Lo que hasta hace muy poco parecía un consenso universal del Estado del Bienestar hoy está en cuestión, se tambalea. Viéndolas venir, ayer la ministra de Sanidad, Mónica García, reveló que llevará al parlamento una ley para impedir el modelo de privatización de los hospitales de la Comunidad de Madrid. Ayuso, que nunca pierde comba, no tardó en convertir el tema en arma arrojadiza y anunció que llevará el asunto a los tribunales. La bronca está servida. Pero más allá de la enésima batallita –que solo durará hasta que llegue la siguiente– este de la sanidad no es un debate cualquiera. Al contrario, bajo una aparente disputa política se esconde la cuestión económica más importante del siglo (una que no es la productividad): ¿cómo financiamos las cosas que no se pueden comprar y vender en los mercados?. Para desentrañarlo tenemos que empezar por explicar que cuando hablamos de “sanidad” estamos mezclando –al menos– tres bienes económicos distintos: El primero es la salud pública, que es el bienestar colectivo del que cualquier persona disfruta cuando el conjunto de la población está sana. La salud pública minimiza los riesgos sanitarios y es un bien económico de primer orden. Sin ella, nos contagiaríamos de cualquier cosa, los sistemas asistenciales no darían abasto, no podría haber actividad productiva, ni mercados funcionales, ni siquiera vida social organizada. Por esa razón una de las funciones más básicas de los estados es desplegar una batería inmensa de medidas que van desde la vacunación al control de plagas, del saneamiento al mantenimiento de la calidad del agua y del control de fronteras a la educación sanitaria o la vigilancia epidemiológica para reducir al mínimo posible las enfermedades que circulan entre la población. ¿Por qué los estados, y no los mercados? Porque la salud pública es lo que en economía se denomina un “bien público”, esto es, un recurso que está a disposición de cualquiera desde el momento en que está disponible para una persona. Si un agente (sea el que sea) erradica la viruela en un territorio, lo está haciendo igual para una persona que para toda la población. El resultado es un bien que representa un problema insalvable para los mercados porque es imposible cobrar por él: erradicar la viruela es demasiado caro para que un individuo lo pague por su cuenta, pero una vez erradicada, todos se benefician por igual sin que nadie pueda cobrarles individualmente por ello. En economía se dice que son bienes cuyo consumo “no es rival” y que no son “excluibles”. Adam Smith, que era muy consciente de este problema, fue el primero en plantear que “[el deber] de la comunidad es el de erigir y mantener aquellas instituciones públicas y aquellas obras públicas que, aunque pueden ser del más alto grado ventajosas para una gran sociedad, son, sin embargo, de tal naturaleza que el beneficio nunca podría compensar el gasto a ningún individuo o a un pequeño número de individuos, y por lo tanto, no se puede esperar que ningún individuo las erija o mantenga.” O, en otras palabras, que el rol principal de los Estados es proveer aquellos bienes que el mercado no puede proveer. Por eso no hay ningún país del mundo, ni lo ha habido en la historia, donde la salud pública se provea desde el ámbito privado. El segundo de los bienes que conforman eso que llamamos genéricamente “sanidad” es un seguro colectivo. Es la garantía de que, si caemos enfermos, podremos acudir a un hospital y recibir el mejor tratamiento disponible, tengamos o no dinero para pagarlo, sepamos o no dónde acudir y con independencia de lo que nos haya ocurrido. Para que esta garantía sea real, hace falta mantener permanentemente una red de hospitales, servicios de urgencias y centros de salud que funcionen todos los días del año, tanto si hay pacientes en ese momento, como si no. O lo que es lo mismo: es necesario mantener un sistema que está disponible para todo el mundo desde el momento en el que existe para una persona: otro bien público que los mercados no pueden proveer. Aunque pueda resultar confuso hay que entender que este bien económico —al que llamaremos “seguro sanitario”— no es lo mismo que el servicio médico que nos atiende cuando efectivamente enfermamos y vamos al hospital. Son dos cosas distintas. Igual que cuando contratamos un seguro del hogar entendemos que una cosa es pagar la póliza que te cubre todo el año (aunque no te pase nada) y otra muy distinta es el servicio del técnico que viene cuando realmente se te rompe el fregadero, el seguro sanitario es la garantía; el pediatra, igual que el fontanero, es el servicio concreto. Este último escalón —el de los “servicios médicos”— es el tercero de los bienes económicos de los que hablamos cuando hablamos de sanidad. Y es el único de los tres que sí podría funcionar como una prestación de servicios privados, como un bien excluible y cuyo consumo es rival; que se presta a una persona concreta, en un momento puntual y podría cobrarse directamente a quien lo recibe. La prueba fehaciente es que existen de hecho multitud de servicios médicos que operan al margen de los seguros sanitarios e incluso sectores enteros (como la salud dental) donde el Estado casi no existe. Es decir, mientras que la salud pública beneficia a todos por igual (nadie puede ser “excluido” de respirar aire limpio) y los seguros sanitarios necesitan estar disponibles para todos constantemente, el servicio médico individual —la consulta, la operación, el tratamiento— sí es excluible: puedo dártelo a ti y no a otro, y puedo cobrártelo directamente cuando lo usas. De manera que cuando hablamos de sanidad, estamos colocando tres bienes sobre la mesa: dos que no se pueden prestar desde el ámbito privado y otro que sí. ¿Cómo que no? ¿No existen acaso los seguros privados del hogar? ¿No existen seguros privados de salud? Existen, sí. Pero se sostienen sobre una trampa: solo cubren el último eslabón de la cadena hecha de una serie de bienes públicos. Tomemos el caso del hogar. Un seguro privado te indemniza si tu casa arde o si una tubería revienta. Pero solo puede hacerlo porque antes existe todo un entramado colectivo (de bienes públicos) que reduce drásticamente la probabilidad de que eso ocurra. Ese sistema se compone de facultades de arquitectura que forman profesionales y los colegios que los supervisan, normativas que dictan qué materiales pueden utilizarse en la edificación y cuáles no, sistemas de responsabilidad civil para las constructoras, Inspecciones técnicas, cuerpos de bomberos, de policía y juzgados. Y también existe una suerte de “salud pública” de los edificios. Para proteger tu vivienda hace falta que sean seguras todas las del barrio. Porque si el edificio contiguo se derrumba o arde, tu póliza individual no basta para aislarte del daño. Sin esa infraestructura preventiva, sin esa red colectiva que distribuye riesgos y responsabilidades antes de que el desastre suceda, ningún seguro privado podría comprometerse a pagarte nada. De la misma manera, la iniciativa privada no puede hacerse cargo de prestar un seguro sanitario universal, como pretende el modelo de la Comunidad de Madrid. Porque su mecánica interna dicta que necesita vender y sacar un beneficio de cada paciente. Y esa lógica es incompatible con la prestación de un bien público. Por eso suele ocurrir que cuando una administración obliga a una empresa privada a proveer un bien público, lo que está haciendo es poner a la empresa de turno entre la espada de la prestación del servicio y la pared de los beneficios que esperan sus inversores. Esto, y no otra cosa, es lo que hemos visto en el caso del Hospital de Torrejón y lo que observamos en muchas otras concesiones: los intereses privados, que son incapaces de proveer un bien público, dan un mal servicio a los ciudadanos. De manera que, más allá de la disputa ideológica, lo que propone el Ministerio de Sanidad es de absoluto sentido común económico: el Estado debe dedicarse a proveer los bienes públicos porque está mucho más capacitado para ello que el mercado; porque precisamente para eso existen los Estados. Con todo, sería también de sentido común no oponerse ideológicamente a cualquier participación de la iniciativa privada. Como hemos visto, en la prestación de servicios médicos (el tercero de los bienes que hemos desglosado) las empresas tienen mucho que aportar. De hecho, cada vez es más habitual que los hospitales privados funcionen como plataformas donde distintos médicos pueden tener su consulta privada. Para dar el mejor servicio público se puede y se debe hacer mucho con las empresas y con los profesionales de la medicina. La tarea central de los Estados modernos no debería ser cerrarse en banda en una batalla entre lo privado y lo público, sino aprender a gestionar mejor, a medir mejor, a financiar mejor y a innovar en la provisión de bienes públicos con la misma ambición con la que en el siglo XX se innovó en la producción industrial. Porque si algo define al siglo XXI no es la expansión del mercado, sino la expansión de lo común. A medida que nos adentramos en la sociedad del conocimiento, cada vez más aspectos de nuestra vida dependen de bienes que no pueden fragmentarse en decisiones individuales ni resolverse con pólizas privadas: la información, la calidad del aire, la ciberseguridad, las infraestructuras digitales, la investigación científica, la prevención de pandemias o la autonomía energética son bienes que solo existen si existen para todos. Y la pregunta que debería ordenar la política y la economía ya no será cuánto Estado o cuánto mercado, sino algo más exigente y más práctico: ¿cómo diseñamos, financiamos y mejoramos los bienes públicos de los que depende nuestra vida colectiva?