Egos se refuerza en salud capilar con la integración de CCCI
La cadena de clínicas abrirá un nuevo centro capilar en Barcelona y una instalación hospitalaria en el Vallès. Leer
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Esta acción certifica nuevamente el desprecio del mandatario por las políticas medioambientales activadas por sus predecesores El Gobierno de Trump anuncia el fin del despliegue masivo de agentes migratorios en Minesota
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Letizia repite el mono de Teresa Helbig, la prenda de su armario que más detractores tiene, pero que a ella le encanta.
El nuevo avance de la entrevista de Silvia Bronchalo en 'De Viernes' ha mostrado nuevas declaraciones de la madre de Daniel Sancho en las que se muestra especialmente crítica con el impacto mediático de la docuserie 'El Caso Sancho' y su posible repercusión en el procedimiento judicial. En este nuevo fragmento, Bronchalo mantiene un tono sereno pero firme y deja una frase que resume su postura: «Ha perjudicado su imagen (la de Rodolfo) y el proceso (judicial)». Una afirmación que llega después de semanas de silencio y que reabre el debate sobre el peso de los formatos televisivos cuando un caso sigue siendo objeto de análisis público. Lejos de matizar sus palabras, Silvia insiste en que la narrativa audiovisual ha añadido más ruido que claridad. En su intervención en en el citado programa apunta directamente al efecto colateral que, en su opinión, ha tenido la serie tanto en la figura de su expareja como en el desarrollo mediático del caso. No cuestiona únicamente el contenido, sino el momento en el que se produjo su emisión. El instante más incómodo llega cuando Santi Acosta le recuerda una de las frases pronunciadas por Rodolfo Sancho en el documental —«seguramente la vida le había estado preparando para llegar a ese momento»—. Su reacción es inmediata: «No sé qué contestar a esa, ¿me entiendes?». Una respuesta breve, pero cargada de significado, que evidencia la distancia emocional con el relato ofrecido en pantalla. Las nuevas imágenes también profundizan en su situación personal. Al ser preguntada por su relación actual con Rodolfo Sancho, responde con un rotundo «No», confirmando que no existe comunicación entre ambos. Una contestación concisa que dibuja con claridad el punto en el que se encuentra ese vínculo tras meses de tensión mediática. En paralelo, reafirma el lazo con su hijo pese a todo lo ocurrido. «Sigue siendo mi hijo y yo le sigo queriendo», dice visiblemente emocionada, dejando claro que el plano afectivo permanece intacto. También admite que la exposición pública ha alterado por completo su vida —«En mi caso no creo que nada vuelva a ser igual»—, una confesión que resume el desgaste personal que arrastra desde que estalló el caso.
Una parte sustancial de las imágenes difundidas parece haber sido grabada en el despacho de Epstein en dicha residencia.
La Comisión Europea presentará "varias opciones" a los gobiernos europeos en el Consejo Europeo de marzo. Desde la crisis energética, España reclama un cambio para que el gas deje de encarecer el coste del conjunto que se ignoró en la reciente revisión del mercado eléctrico. También el Informe Draghi reconocía que el sistema actual evita que los consumidores se beneficien de los bajos precios de las renovables.
Un árbol de grandes dimensiones ha caído en la calle San Jacinto en la mañana de este viernes. El viento ha partido en dos su tronco, lo que ha provocado que las ramas invadan la calzada y que el trozo caído ocupe todo el ancho de la vía , llegando la copa a la acera contraria. Hasta el lugar se han desplazado efectivos de la Policía Local que han asegurado y acordonado la zona. El árbol se ubicaba en la citada calle a la altura de la plaza José Hernández Díaz . La que es una de las vías principales del barrio de Triana ya ha sufrido los estragos del último tren de borrascas que dejó varios árboles caídos como consecuencia de las fuertes rachas de viento. Para este viernes el Ayuntamiento de Sevilla ha activado el Plan Territorial de Emergencias, en fase Preemergencia, tras el aviso nivel amarillo por fuertes vientos con rachas de 70 kilómetros por hora .
La prohibición de esta organización la equipara a organizaciones como Estado Islámico o Al Qaeda
La afición de La Real no está enfadada. Está cansada. Cansada de mirar al árbitro más que al balón, de justificar lo evidente, de sentir que siempre hay algo que se inclina en el momento decisivo. En las últimas semanas la secuencia es demasiado clara: los dos partidos de sanción a Brais, el penalti no señalado a Laporte, la amarilla que no vio Adama Boiro, la amarilla a Guedes y el penalti que nunca llegó. Son hechos. No opiniones. Y cuando los hechos se alinean siempre en la misma dirección, la explicación del “error humano” empieza a quedarse corta. La Real ha sido históricamente un matapoderosos. Un club grande que compite desde la coherencia, y eso genera respeto e incomodidad. No hablo de conspiraciones. Hablo de inercias. De un ecosistema que tiende a proteger a los que ya están arriba y a examinar con lupa al que insiste en subir. La Real siempre ha estado llamando a esa puerta. Y cada pequeño detalle arbitral pesa más cuando te juegas ese salto definitivo. Aquí la memoria no es neutra. Crecí en los ochenta. He visto cómo una época oscura erosionó relaciones, amistades, familias. El rencor no siempre se exhibe. A veces se filtra por las grietas. Por eso, cuando en Donostia alguien dice que “esto no es casualidad”, no siempre habla desde la paranoia. Habla desde una historia compartida donde reconstruir confianza costó demasiado. Y cuando algo la pone en duda, aunque sea un simple silbato, la reacción no es ligera. Nunca me gustó pensar mal. Pero cuando los errores se encadenan siempre en el mismo lado del marcador, las alarmas suenan solas. No porque haya pruebas de nada turbio, sino porque falta lo básico: una explicación convincente. La Real no pide trato de favor. Pide igualdad. Pide que el criterio sea el mismo en San Sebastián que en cualquier estadio. Pide que el VAR no sea un decorado tecnológico que aparece tarde y decide peor. He visto vestuarios quedarse en silencio tras una injusticia. No hay gritos. Hay una mezcla de rabia y dignidad. Esa mezcla, repetida, desgasta más que cualquier derrota. Podemos llamarlo mala suerte. Podemos hablar de fallos humanos. Pero cuando la sensación de agravio se convierte en rutina, el problema ya no es una jugada. Es el sistema que la rodea. Y en una tierra que sabe lo que cuesta recomponer la confianza, eso no es un detalle. Porque al final, el mayor daño no es un penalti no pitado. Es la sospecha de que competir limpio no siempre basta.
La afición de La Real no está enfadada. Está cansada. Cansada de mirar al árbitro más que al balón, de justificar lo evidente, de sentir que siempre hay algo que se inclina en el momento decisivo. En las últimas semanas la secuencia es demasiado clara: los dos partidos de sanción a Brais, el penalti no señalado a Laporte, la amarilla que no vio Adama Boiro, la amarilla a Guedes y el penalti que nunca llegó. Son hechos. No opiniones. Y cuando los hechos se alinean siempre en la misma dirección, la explicación del “error humano” empieza a quedarse corta. La Real ha sido históricamente un matapoderosos. Un club grande que compite desde la coherencia, y eso genera respeto e incomodidad. No hablo de conspiraciones. Hablo de inercias. De un ecosistema que tiende a proteger a los que ya están arriba y a examinar con lupa al que insiste en subir. La Real siempre ha estado llamando a esa puerta. Y cada pequeño detalle arbitral pesa más cuando te juegas ese salto definitivo. Aquí la memoria no es neutra. Crecí en los ochenta. He visto cómo una época oscura erosionó relaciones, amistades, familias. El rencor no siempre se exhibe. A veces se filtra por las grietas. Por eso, cuando en Donostia alguien dice que “esto no es casualidad”, no siempre habla desde la paranoia. Habla desde una historia compartida donde reconstruir confianza costó demasiado. Y cuando algo la pone en duda, aunque sea un simple silbato, la reacción no es ligera. Nunca me gustó pensar mal. Pero cuando los errores se encadenan siempre en el mismo lado del marcador, las alarmas suenan solas. No porque haya pruebas de nada turbio, sino porque falta lo básico: una explicación convincente. La Real no pide trato de favor. Pide igualdad. Pide que el criterio sea el mismo en San Sebastián que en cualquier estadio. Pide que el VAR no sea un decorado tecnológico que aparece tarde y decide peor. He visto vestuarios quedarse en silencio tras una injusticia. No hay gritos. Hay una mezcla de rabia y dignidad. Esa mezcla, repetida, desgasta más que cualquier derrota. Podemos llamarlo mala suerte. Podemos hablar de fallos humanos. Pero cuando la sensación de agravio se convierte en rutina, el problema ya no es una jugada. Es el sistema que la rodea. Y en una tierra que sabe lo que cuesta recomponer la confianza, eso no es un detalle. Porque al final, el mayor daño no es un penalti no pitado. Es la sospecha de que competir limpio no siempre basta.
La fortuna volvió a hacer escala anoche en Montilla. El sorteo de la Bonoloto celebrado ayer, 12 de febrero, dejó en la localidad un premio de segunda categoría dotado con 45.601,21 euros, gracias a un boleto validado en la Administración de Loterías número 3, situada en la Corredera, a escasos metros de la esquina con la calle Angustias.
València: El Ayuntamiento inyecta tres millones de euros al Palau de la Música, deporte y una Cátedra de Emprendimiento
El presentador habría mantenido la relación de una forma discreta hasta ahora, que se ha hecho pública en una conocida revista de corazón.