Llanto por The Washington Post

Llanto por The Washington Post

Ben Bradlee contó que, en una de las últimas postales navideñas que le había enviado su patrona, a la que llamaba amistosamente Kay, ella le decía: “Ben, lo importante es seguir divirtiéndonos”. Pues sí, señora Graham, estaremos vivos mientras no renunciemos a seguir divirtiéndonos The Paper “Esperaba lo peor, pero lo peor es peor de lo que esperaba”, ha declarado Marty Baron, ex director de The Washington Post, en una entrevista concedida a María Ramírez para elDiario.es. Es una confesión tan dolorosa como lúcida que puede aplicarse al periódico de la capital estadounidense, al periodismo en general y, ya puestos, al estado de las cosas en la aldea local y en la global. Lo que llevamos de 2026 está resultando desconsolador. Aún no habíamos salido en España del dolor y el desbarajuste causados por el accidente ferroviario de Adamuz cuando hemos sufrido algo parecido al Diluvio Universal. En realidad, no me extraña: demasiada gente circulando en trenes por infraestructuras fatigadas, demasiadas construcciones en zonas inundables en plena crisis climática, demasiado querer hacer dinero a espuertas como si no hubiera un mañana. En cuanto al mundo, sigue estremecido por los delirios autoritarios e imperialistas de un Trump que, además, empieza a dar síntomas manifiestos de demencia senil. Da mucho susto imaginar que termine como el Hitler encerrado en el búnker de la cancillería de la película El hundimiento. Para entonces, Hitler ya no tenía ejércitos a su disposición, pero Trump sí los tiene, y con armas nucleares. Pero hoy quiero hablar del Post, el diario al que estuve suscrito durante los cinco años que viví en Washington. Ustedes ya saben que en 2013 lo compró Jeff Bezos, el dueño de Amazon y una de las tres personas más rica del planeta, y que Bezos está ahora procediendo a un despido masivo de su plantilla y a un recorte sustancial de sus servicios informativos. Lo hace, argumenta, para ahorrarse las pérdidas económicas del periódico, cifradas en 100 millones de dólares en 2024. Ni yo ni nadie se cree el pretexto de Bezos: esos 100 millones anuales son para él como para nosotros unos cien euros. Su fortuna, estimada en 250.000 millones de dólares, le permitiría soportar siglos de perdidas en el Post. El pasado verano, Bezos se gastó medio centenar de millones de dólares en celebrar su boda en Venecia. Y a su esposa le regaló un anillo de diamantes valorado en más de 10 millones. Marty Baron, que dirigió el periódico durante casi una década, ya con Bezos como dueño, no es el único que se malicia que el oligarca quiere cortarle las alas al Post para mejorar su relación con Trump. En las elecciones presidenciales de 2024, Bezos ya prohibió que publicara un editorial favorable a la candidatura de Kamala Harris, lo que le valió la pérdida de buena parte de su credibilidad y de un cuarto de millón de suscriptores. Ahora, coincidiendo con la salida del filme sobre Melania Trump que él ha financiado, da un nuevo paso en la doma del rotativo. Para mi generación periodística, el Washington Post ha sido un pilar de nuestro modo de entender el oficio como la defensa de los ciudadanos frente a los poderes políticos y económicos. El Post fue el diario que, con las investigaciones de los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein y bajo la dirección de Ben Bradlee, logró sacar de la Casa Blanca al sinvergüenza de Nixon por el caso Watergate. Probablemente, la mayor victoria histórica del periodismo. Yo recibía el Post todas las mañanas en mi casa de Washington, una vivienda unifamiliar situada frente al Rock Creek Park, a la que solían acercarse ardillas, mapaches y ciervos. Envuelto en un plástico, lo arrojaba al césped un chavalín que circulaba en bicicleta. Era lo que había visto en tantas películas americanas y me encantaba salir en bata, recogerlo y darle una ojeada durante el desayuno. Era un diario local, con una detallada cobertura de todo lo que pasaba en el DC y los vecinos Estados de Maryland y Virginia, pero también tenía la mejor información posible sobre los asuntos de la Casa Blanca y el Capitolio y competía muy dignamente con The New York Times en materia internacional. En aquel último lustro del siglo XX, seguía siendo propiedad de Katharine Graham, la dama que se había enfrentado a Nixon en defensa de las investigaciones de su periódico sobre Watergate. Almorcé una vez con Katharine Graham, no mano a mano, sino en un encuentro colectivo con corresponsales extranjeros en la capital estadounidense. Me encantó respirar durante un par de horas el mismo aire que aquella octogenaria anglosajona tan culta, tan educada, tan distinguida con su collar de doble fila de perlas a juego con sus pendientes. No éramos conscientes entonces de que estaba agonizando todo un tiempo del periodismo, el de los diarios impresos propiedad de familias burguesas, ilustradas y liberales: los Sulzberger y Graham en la Costa Este norteamericana, los Godó y Polanco en España. Pero es lo que estaba ocurriendo. La CNN marcaba el camino de las cadenas informativas de televisión 24/7, y estas cadenas formaban parte de grupos multimedia conectados con el mundo financiero. En paralelo, la información a través de Internet iniciaba su vertiginosa ascensión. Bezos dijo que compraba The Washington Post para ponerlo al abrigo de estos tsunamis, para preservar su condición de medio adscrito esencialmente a la producción de informaciones verdaderas y relevantes. Sin embargo, no ha tardado mucho en convertirlo en rehén de sus ambiciones globales. Si sus otras empresas quieren contratos con el Gobierno federal estadounidense, la voz siempre crítica del Post debe enmudecer. Es el fin de un mundo, pero quizá no sea el fin del mundo. El periodismo aún puede seguir dando la batalla en el mundo digital mientras queden lectores que lo deseen independiente y veraz. Lectores que estén de acuerdo con aquello que dijo Thomas Jefferson: “Si tuviera que elegir entre tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un momento en preferir lo segundo”. El funeral de Katharine Graham en Washington, en julio de 2001, fue una de las últimas noticias que cubrí como corresponsal de El País en la capital del imperio. Recuerdo que Ben Bradlee contó que, en una de las últimas postales navideñas que le había enviado su patrona, a la que llamaba amistosamente Kay, ella le decía: “Ben, lo importante es seguir divirtiéndonos”. Pues sí, señora Graham, estaremos vivos mientras no renunciemos a seguir divirtiéndonos.

Llanto por The Washington Post

Llanto por The Washington Post

Ben Bradlee contó que, en una de las últimas postales navideñas que le había enviado su patrona, a la que llamaba amistosamente Kay, ella le decía: “Ben, lo importante es seguir divirtiéndonos”. Pues sí, señora Graham, estaremos vivos mientras no renunciemos a seguir divirtiéndonos The Paper “Esperaba lo peor, pero lo peor es peor de lo que esperaba”, ha declarado Marty Baron, ex director de The Washington Post, en una entrevista concedida a María Ramírez para elDiario.es. Es una confesión tan dolorosa como lúcida que puede aplicarse al periódico de la capital estadounidense, al periodismo en general y, ya puestos, al estado de las cosas en la aldea local y en la global. Lo que llevamos de 2026 está resultando desconsolador. Aún no habíamos salido en España del dolor y el desbarajuste causados por el accidente ferroviario de Adamuz cuando hemos sufrido algo parecido al Diluvio Universal. En realidad, no me extraña: demasiada gente circulando en trenes por infraestructuras fatigadas, demasiadas construcciones en zonas inundables en plena crisis climática, demasiado querer hacer dinero a espuertas como si no hubiera un mañana. En cuanto al mundo, sigue estremecido por los delirios autoritarios e imperialistas de un Trump que, además, empieza a dar síntomas manifiestos de demencia senil. Da mucho susto imaginar que termine como el Hitler encerrado en el búnker de la cancillería de la película El hundimiento. Para entonces, Hitler ya no tenía ejércitos a su disposición, pero Trump sí los tiene, y con armas nucleares. Pero hoy quiero hablar del Post, el diario al que estuve suscrito durante los cinco años que viví en Washington. Ustedes ya saben que en 2013 lo compró Jeff Bezos, el dueño de Amazon y una de las tres personas más rica del planeta, y que Bezos está ahora procediendo a un despido masivo de su plantilla y a un recorte sustancial de sus servicios informativos. Lo hace, argumenta, para ahorrarse las pérdidas económicas del periódico, cifradas en 100 millones de dólares en 2024. Ni yo ni nadie se cree el pretexto de Bezos: esos 100 millones anuales son para él como para nosotros unos cien euros. Su fortuna, estimada en 250.000 millones de dólares, le permitiría soportar siglos de perdidas en el Post. El pasado verano, Bezos se gastó medio centenar de millones de dólares en celebrar su boda en Venecia. Y a su esposa le regaló un anillo de diamantes valorado en más de 10 millones. Marty Baron, que dirigió el periódico durante casi una década, ya con Bezos como dueño, no es el único que se malicia que el oligarca quiere cortarle las alas al Post para mejorar su relación con Trump. En las elecciones presidenciales de 2024, Bezos ya prohibió que publicara un editorial favorable a la candidatura de Kamala Harris, lo que le valió la pérdida de buena parte de su credibilidad y de un cuarto de millón de suscriptores. Ahora, coincidiendo con la salida del filme sobre Melania Trump que él ha financiado, da un nuevo paso en la doma del rotativo. Para mi generación periodística, el Washington Post ha sido un pilar de nuestro modo de entender el oficio como la defensa de los ciudadanos frente a los poderes políticos y económicos. El Post fue el diario que, con las investigaciones de los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein y bajo la dirección de Ben Bradlee, logró sacar de la Casa Blanca al sinvergüenza de Nixon por el caso Watergate. Probablemente, la mayor victoria histórica del periodismo. Yo recibía el Post todas las mañanas en mi casa de Washington, una vivienda unifamiliar situada frente al Rock Creek Park, a la que solían acercarse ardillas, mapaches y ciervos. Envuelto en un plástico, lo arrojaba al césped un chavalín que circulaba en bicicleta. Era lo que había visto en tantas películas americanas y me encantaba salir en bata, recogerlo y darle una ojeada durante el desayuno. Era un diario local, con una detallada cobertura de todo lo que pasaba en el DC y los vecinos Estados de Maryland y Virginia, pero también tenía la mejor información posible sobre los asuntos de la Casa Blanca y el Capitolio y competía muy dignamente con The New York Times en materia internacional. En aquel último lustro del siglo XX, seguía siendo propiedad de Katharine Graham, la dama que se había enfrentado a Nixon en defensa de las investigaciones de su periódico sobre Watergate. Almorcé una vez con Katharine Graham, no mano a mano, sino en un encuentro colectivo con corresponsales extranjeros en la capital estadounidense. Me encantó respirar durante un par de horas el mismo aire que aquella octogenaria anglosajona tan culta, tan educada, tan distinguida con su collar de doble fila de perlas a juego con sus pendientes. No éramos conscientes entonces de que estaba agonizando todo un tiempo del periodismo, el de los diarios impresos propiedad de familias burguesas, ilustradas y liberales: los Sulzberger y Graham en la Costa Este norteamericana, los Godó y Polanco en España. Pero es lo que estaba ocurriendo. La CNN marcaba el camino de las cadenas informativas de televisión 24/7, y estas cadenas formaban parte de grupos multimedia conectados con el mundo financiero. En paralelo, la información a través de Internet iniciaba su vertiginosa ascensión. Bezos dijo que compraba The Washington Post para ponerlo al abrigo de estos tsunamis, para preservar su condición de medio adscrito esencialmente a la producción de informaciones verdaderas y relevantes. Sin embargo, no ha tardado mucho en convertirlo en rehén de sus ambiciones globales. Si sus otras empresas quieren contratos con el Gobierno federal estadounidense, la voz siempre crítica del Post debe enmudecer. Es el fin de un mundo, pero quizá no sea el fin del mundo. El periodismo aún puede seguir dando la batalla en el mundo digital mientras queden lectores que lo deseen independiente y veraz. Lectores que estén de acuerdo con aquello que dijo Thomas Jefferson: “Si tuviera que elegir entre tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un momento en preferir lo segundo”. El funeral de Katharine Graham en Washington, en julio de 2001, fue una de las últimas noticias que cubrí como corresponsal de El País en la capital del imperio. Recuerdo que Ben Bradlee contó que, en una de las últimas postales navideñas que le había enviado su patrona, a la que llamaba amistosamente Kay, ella le decía: “Ben, lo importante es seguir divirtiéndonos”. Pues sí, señora Graham, estaremos vivos mientras no renunciemos a seguir divirtiéndonos.

«Nuestros productos cada vez valen menos y siguen firmando acuerdos comerciales, no podemos más»

«Nuestros productos cada vez valen menos y siguen firmando acuerdos comerciales, no podemos más»

En conversación con ABC, algunos de los agricultores que han acudido a Madrid esta mañana para una movilización en la que han participado cerca de 10.000 personas y 500 tractores expresan su malestar por el exceso de burocracia y la competencia desleal desde terceros países, que aseguran que pone en riesgo el modo de vida de sus familias. Entre los testimonios que ha recogido este diario, no pocos aseguran que han vendido a pérdidas alguna vez o tienen márgenes de beneficio muy estrechos, mientras viven enterrados en un mar de papeles. Muchos tienen hijos, pero pocos creen que les podrán suceder en un oficio que temen que desaparezca. Los datos están ahí... más de la mitad de los profesionales del sector superan los 65 años. Quico (47 años), un productor de tabaco y pimentón de Talayuela (Cáceres), ha venido a Madrid esta mañana porque «la Comunidad Europea y España nos están traicionando», se queja, antes de añadir que «de momento» su negocio es rentable, pero teme que pronto no lo sea por «la burocracia» y las medidas que está impulsando el Gobierno. «Aquí cada día sube la Seguridad Social, el gasoil, el abono... todo». Tiene dos hijos, y asegura que le gustaría que se dedicaran al campo porque es un agricultor «a mucha honra», uno que disfruta de su trabajo: «El campo es lo mejor que hay». Sin embargo, teme por el futuro de sus vástagos si se dedicaran al mismo oficio que él y por eso les ha dicho que «se alejen porque aquí no hay futuro». Le preguntamos si celebra la posición que ha tomado algún partido con respeto a la agricultura, y responde de forma tajante: «Ninguno». «El acuerdo con Mercosur desprotege a todas las explotaciones españolas, a las que nos exigen un montón de historias mientras las importaciones que llegan no pasan ni la mitad de los controles que pasamos nosotros». Este comentario de Julio (47 años) resume bien la opinión del sector agrícola para con el pacto con el bloque sudamericano. Este gallego, que produce patatas en la provincia de Orense, asegura que en la última campaña vendió su producto a pérdidas. Por eso está en Madrid, aunque tiene poca fe en que los partidos políticos resuelvan su situación, de la que culpa en buena parte al exceso de burocracia: «Ellos (los políticos) saben bien lo que están haciendo. Que lo sigan haciendo y el día que desaparezcamos todos, pues que busquen soluciones en China». Ricardo (53 años) se ha levantado a las seis de la mañana para venir a Madrid desde Santa Amalia (Badajoz), donde tiene varias explotaciones de almendro, olivo, arroz, tomate y maíz. Lo hace «con ánimo», dice, porque quiere protestar por un acuerdo comercial que abre la competencia a unos productos contra los que «no podemos competir» -se queja-. Ricardo opina que en el sector primario, «que es de donde comemos», «no podemos fiarlo todo a exportaciones internacionales». Entre otras cosas, sigue, porque no es sostenible «transportar productos que están a 11.000 kilómetros de distancia». Le preguntamos por los políticos, y nos dice que aunque el PP «quiere» apoyarles, acostumbra a «ponerse de perfil» a la hora de la verdad. Carles Vicente (57 años) lleva dos días fuera de casa, cosa que es «dura» pero «hoy tocaba», zanja. Produce aceite y tiene algo de huerta y un pequeño negocio de agroturismo en La Bisbal de Montsant (Tarragona), y de cara a la continuidad de su modo de vida le preocupa el acuerdo con Mercosur «porque no tiene clausulas de salvaguardia» -opina- y la reforma de la PAC. En lo que refiere a esto último, cree que «al menos» el próximo presupuesto europeo debería proporcionarles a los agricultores los mismos fondos que les llegaban hasta ahora. En el fondo, continúa, en el dinero para el campo el país se juega el estar «enraizado» en el territorio. Sandra (35 años) ha venido de Burgos con su marido, con el que hace poco empezó una explotación agrícola de cereal. Nos dice que es «nueva agricultora» y que en este corto período de tiempo ya se ha dado de bruces con el torrente de burocracia ligado a la PAC. Reconoce que es un trabajo difícil, y con un futuro incierto por la entrada de competencia de terceros países que no está sometida «a la misma regulación que tenemos aquí». Viene con su hija, de la que dice que le gustaría que se dedicara al campo, pero no lo ve claro: «La despoblación es una realidad». Patricia (18 años) ha venido a Madrid para acompañar a su padre, que es un agricultor de 48 años que «no puede aguantar más». Cultiva almendras, pistacho, viña y olivar en un pueblo de Toledo, pero asegura que lo hace con «fastidio». No porque no le guste, sino porque «cada vez lo nuestro vale menos», se queja, mientras «tenemos todos estos tratados y estos acuerdos que se hacen a espaldas de los agricultores». Interviene su hija, Patricia, para decirnos que ve «el sacrificio de su padre», que le hace «sufrir mucho» porque «van a por ellos». «No podemos dejar que vayan a por el sector primario, que jueguen con ellos y les engañen», zanja.

«Nuestros productos cada vez valen menos y siguen firmando acuerdos comerciales, no podemos más»

«Nuestros productos cada vez valen menos y siguen firmando acuerdos comerciales, no podemos más»

En conversación con ABC, algunos de los agricultores que han acudido a Madrid esta mañana para una movilización en la que han participado cerca de 10.000 personas y 500 tractores expresan su malestar por el exceso de burocracia y la competencia desleal desde terceros países, que aseguran que pone en riesgo el modo de vida de sus familias. Entre los testimonios que ha recogido este diario, no pocos aseguran que han vendido a pérdidas alguna vez o tienen márgenes de beneficio muy estrechos, mientras viven enterrados en un mar de papeles. Muchos tienen hijos, pero pocos creen que los podrán suceder en un oficio que temen que desaparezca. Los datos están ahí... más de la mitad de los profesionales del sector superan los 65 años. Quico (47 años), un productor de tabaco y pimentón de Talayuela (Cáceres), ha venido a Madrid esta mañana porque «la Comunidad Europea y España nos están traicionando», se queja, antes de añadir que «de momento» su negocio es rentable, pero teme que pronto no lo sea por «la burocracia» y las medidas que está impulsando el Gobierno. «Aquí cada día sube la Seguridad Social, el gasoil, el abono... todo». Tiene dos hijos, y asegura que le gustaría que se dedicaran al campo porque es un agricultor «a mucha honra», uno que disfruta de su trabajo: «El campo es lo mejor que hay». Sin embargo, teme por el futuro de sus vástagos si se dedicaran al mismo oficio que él y por eso les ha dicho que «se alejen porque aquí no hay futuro». Le preguntamos si celebra la posición que ha tomado algún partido con respeto a la agricultura, y responde de forma tajante: «Ninguno». «El acuerdo con Mercosur desprotege a todas las explotaciones españolas, a las que nos exigen un montón de historias mientras las importaciones que llegan no pasan ni la mitad de los controles que pasamos nosotros». Este comentario de Julio (47 años) resume bien la opinión del sector agrícola para con el pacto con el bloque sudamericano. Este gallego, que produce patatas en la provincia de Orense, asegura que en la última campaña vendió su producto a pérdidas. Por eso está en Madrid, aunque tiene poca fe en que los partidos políticos resuelvan su situación, de la que culpa en buena parte al exceso de burocracia: «Ellos (los políticos) saben bien lo que están haciendo. Que lo sigan haciendo y el día que desaparezcamos todos, pues que busquen soluciones en China». Riacardo (53 años) se ha levantado a las seis de la mañana para venir a Madrid desde Santa Amalia (Badajoz), donde tiene varias explotaciones de almendro, olivo, arroz, tomate y maíz. Lo hace «con ánimo», dice, porque quiere protestar por un acuerdo comercial que les abre a unos productos contra los que «no podemos competir» -se queja-. Ricardo opina que en el sector primario, «que es de donde comemos», «no podemos fiarlo todo a exportaciones internacionales». Entre otras cosas, sigue, porque no es sostenible «transportar productos que están a 11.000 kilómetros de distancia». Le preguntamos por los políticos, y nos dice que aunque el PP «quiere» apoyarles, acostumbra a «ponerse de perfil» a la hora de la verdad. Carles Vicente (57 años) lleva dos días fuera de casa, cosa que es «dura» pero «hoy tocaba», zanja. Produce aceite y tiene algo de huerta y un pequeño negocio de agroturismo en La Bisbal de Montsant (Tarragona), y de cara a la continuidad de su modo de vida le procupa el acuerdo con Mercosur, «porque no tiene clausulas de salvaguardia», dice, y la reforma de la PAC. En lo que refiere a esto último, creee que «al menos» el próximo presupuesto europeo debería proporcionarles a los agricultores los mismos fondos que les llegaban hasta ahora. En el fondo, continúa, en el dinero para el campo el país se juega el estar «enraizado» en el territorio y su soberanía. Sandra (35 años) ha venido de Burgos con su marido, con el que hace poco empezó una explotación agrícola de cereal. Nos dice que es «nueva agricultora», y que en este corto período de tiempo ya se ha dado de bruces con el torrente de burocracia ligado a la PAC. Reconoce que es un trabajo difícil, y con un futuro incierto por la entrada de competencia de terceros países que no está sometida «a la misma regulación que tenemos aquí». Viene con su hija, de la que dice que le gustaría que se dedicara al campo, pero no lo ve claro: «La desploblación es una realidad». Patricia (18 años) ha venido a Madrid para acompañar a su padre, que es un agricultor de 48 años que «no puede aguantar más». Cultiva almendras, pistacho, viña y olivar en un pueblo de Toledo, pero asegura que lo hace con «fastidio». No porque no le guste, sino porque «cada vez lo nuestro vale menos», se queja, mientras «tenemos todos estos tratados y estos acuerdos que se hacen a espaldas de los agricultores». Interviene su hija Patricia, para decirnos que ve «el sacrificio de su padre», que le hace «sufrir mucho» porque «van a por ellos». «No podemos dejar que vayan a por el sector primario, que jueguen con ellos y les engañen».

La construcció creix amb força i agafa empenta

La construcció creix amb força i agafa empenta

L’augment del PIB del sector el quart trimestre del 2025 ha estat del 7% interanual, l'ocupació ha crescut de gairebé un 8% en el mateix període i el consum de ciment d’un 12% els onze primers mesos de l'any passat. S'obre una escletxa que deixa veure una mica de llum en la foscor d’aquests darrers temps

Tres años de cárcel por abusar de dos menores en La Vila Joiosa, una de ellas hermana de su novia

Tres años de cárcel por abusar de dos menores en La Vila Joiosa, una de ellas hermana de su novia

La Audiencia de Alicante ha impuesto penas que suman tres años de prisión a un acusado de abusar de dos menores de edad en La Vila Joiosa, una de ellas hermana de su novia, según la sentencia a la que ha tenido acceso este diario. El hombre, de 34 años de edad, se declaró culpable en el juicio y pagó 4.600 euros en concepto de las indemnizaciones que se le reclamaban. De hecho, el fallo recuerda que fue el propio acusado quien puso en conocimiento los hechos de la autoridad gubernativa antes de que se hubiera presentado denuncia alguna contra él. Los hechos ocurrieron en la primavera de 2021, cuando el acusado mantuvo por separado relaciones con dos jóvenes que contaban entonces con 13 y 14 años de edad, amigas entre sí y una de ellas hermana de su pareja sentimental. El juicio se cerró con una conformidad en la Sección Tercera de la Audiencia de Alicante, donde el acusado admitió los hechos que se le imputaban.

El Valencia CF no descarta ir al mercado por la lesión de Foulquier

El Valencia CF no descarta ir al mercado por la lesión de Foulquier

El Valencia CF sopesa acudir al mercado de laterales diestros libres para poder reemplazar a Dimitri Foulquier, que pasará este jueves por quirófano para ser intervenido mediante cirugía artroscópica de su rodilla izquierda. Para poder firmar, el club debería solicitar la baja médica, condicionada al tiempo de baja del jugador. Como desvelamos en COPE hace días, existía temor dentro del club a que el de Gualalupe pudiera perderse lo que resta de temporada. Llegados a este punto, no basta con buscar un lateral, sino que deberán encontrar un perfil que les cuadre. No es sencillo. Foulquier lleva todo el curso sufriendo con la rodilla. A principio de curso se llegó a perder casi dos meses de competición debido al mismo problema en dicha articulación. Se le hinchaba la rodilla y cada cierto tiempo tenían que extraerle el líquido sinovial. Una situación muy incómoda y dolorosa que privó al lateral de poder estar disponible durante el citado tiempo. De hecho, llegó a completar únicamente tres sesiones de entrenamiento en un mes. Regresaba con el grupo y le tocaba volver a parar. En este último tramo de competición había encontrado la continuidad, especialmente tras la lesión de Thierry el 9 de enero. Pero Foulquier ha venido jugando todo este tiempo con dolor para poder complacer las necesidades de su entrenador. No sin recibir pitos desde la grada por su rendimiento. Corberán lleva semanas cuidándolo, gestionando sus cargas y haciéndole entrenar muy poco para que pudiera llegar a jugar. Pero ante el Real Madrid ya no pudo ser. La sesión previa al Athletic en Copa no la pudo completar, y sin embargo fue la última que pudo trabajar con el grupo. Desde entonces ninguna más. En COPE adelantamos que se quedaba fuera de la lista del partido ante el equipo de Arbeloa, lo que hizo a Corberán tener que recurrir al cambio de sistema, ya que Thierry no estaba para jugar de inicio. Precisamente ese regreso del portugués ha impulsado también al jugador y al club a pasar por quirófano para tratar de dejar atrás el dolor. No obstante, Thierry viene de un problema muscular y tiene cierta propensión a sufrirlos, por lo que el Valencia CF peina el mercado de jugadores libres para explorar las opciones de reforzar el lateral diestro. Rubo Iranzo, que venía siendo solución en Copa, sufrió un esguince en el ligamento lateral interno durante un entrenamiento de la pasada semana, como desveló este medio, y estará más de un mes de baja. La opción de Unai Núñez, que entrenó alguna sesión en el '2', no termina de convencerle. Mientras se decide qué hacer y cómo actuar, Corberán ha subido a entrenar a Miguel Monferrer, jugador del filial de la generación 2006.

Óscar Puente agita ante el PP las denuncias de los trabajadores de SFM: «Ustedes lo harían muchísimo mejor que yo»

Óscar Puente agita ante el PP las denuncias de los trabajadores de SFM: «Ustedes lo harían muchísimo mejor que yo»

El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha agitado este miércoles en el Congreso de los Diputados las denuncias de los trabajadores de Serveis Ferroviaris de Mallorca (SFM) para defenderse de las críticas del PP. Ha sido en contestación al diputado balear José Vicente Marí Bosó, cuando éste pedía su dimisión por el accidente de Adamuz y el caos en Rodalies.

Multan a una empresa por un vertido ilegal de alperujo en Lorca

Multan a una empresa por un vertido ilegal de alperujo en Lorca

El Ayuntamiento de Lorca ha sancionado a una empresa por un vertido ilegal de alperujo, un subproducto de las almazaras, en un paraje de la pedanía de Río. El gobierno local (PP-Vox) ha confirmado que la unidad de medio ambiente de la Policía Local identificó hace días a la empresa responsable, que no es del municipio. La actuación se conoce después de que el PSOE de Lorca haya denunciado el caso este miércoles. Según el consistorio, ya se ha reclamado a la compañía la retirada del vertido, que según las previsiones se ejecutaría a lo largo del día. El concejal socialista Juan Carlos Segura ha alertado de que el vertido “incontrolado e imprudente de los desechos de almazara supone un gran impacto ambiental”. Segura ha calificado la sustancia de “muy contaminante” y ha señalado que desprende “un fuerte hedor”, motivo de las denuncias vecinales. Desde el PSOE han reclamado “un control férreo sobre este tipo de prácticas industriales” que, afirman, degradan el paisaje y afectan a la salubridad de la zona. Los socialistas se suman a las quejas de los vecinos para exigir al gobierno de Fulgencio Gil (PP y Vox) la retirada inmediata de los residuos.