Bruselas advierte a Sánchez: la residencia «no es un cheque en blanco» y «los ilegales deben irse»

Bruselas advierte a Sánchez: la residencia «no es un cheque en blanco» y «los ilegales deben irse»

El comisario europeo de Migración, Magnus Brunner, ha lanzado un mensaje contundente y poco habitual este martes en el Parlamento: «Hay que hacer que, como regla general, las personas en situación irregular abandonen la Unión Europea; si no, las reglas no son creíbles». Brunner ha advertido de que «un permiso de residencia no es un … Continuar leyendo "Bruselas advierte a Sánchez: la residencia «no es un cheque en blanco» y «los ilegales deben irse»"

Alberto Conejero sorprende con un profundo retrato generacional de la mujer en 'Tres noches en Ítaca'

Alberto Conejero sorprende con un profundo retrato generacional de la mujer en 'Tres noches en Ítaca'

La obra teatral, con Marta Nieto como protagonista, nos interpela desde un teatro de una emocionalidad a flor de piel Entrevista - Alice Rohrwacher, cineasta: “Hacer una película con dinero público es un orgullo y una responsabilidad” La nueva obra de Alberto Conejero dividirá más que nunca a esa población llamada público. Tres noches en Ítaca , esta historia de tres hermanas que velan y entierran el cuerpo de su madre, girará por toda España después de su estreno en Madrid. Y el público, ese ser informe de muchas cabezas, tendrá que decidir a qué va al teatro, qué es lo que busca. Muchos navegarán por la emoción de la obra como por aguas propias, pero otros tendrán que decidir si están abiertos a acoger esa pequeña puñalada que tantas veces no nos permitimos: la del sentimiento que brota como un animal que oprime el pecho. Muchos, porque muchos años estuvo en parrilla, nos hemos educado sentimentalmente no al modo de Gustave Flaubert, sino con 'Estrenos TV', aquel programa de RTVE en que se exhibían películas de bajo coste, realizadas para la televisión y que trataban conflictos de familia o pareja de la manera más edulcorada. Varias generaciones se vieron más de una vez un domingo a la tarde hipando con vergüenza de sí mismos ante cualquier película con Kate Jackson o sus infinitas replicantes en esas casas tan americanas e iguales. Los españoles sufrimos una malformación, tuvimos que saber luchar y pertrecharnos ante tanto manejo espurio de emociones. Por supervivencia. Y sobrevivimos, pero quedamos también, de algún modo, inhabilitados para la emoción en el arte. Tres noches en Ítaca nos cuenta el encuentro entre tres hermanas en la Isla de Ítaca por la repentina muerte de su madre, profesora de griego que un día decide abandonar a su marido e irse a vivir a una pequeña casa en la isla griega. Durante tres noches conoceremos a Penélope, la hermana mayor (Amaia Lizarralde); a Elena, la hermana mediana (Cecilia Freire); y a la pequeña, Ariadna (Marta Nieto). Y veremos cómo van afluyendo secretos y frustraciones mientras todas ellas comienzan a lidiar con la ausencia dolorosa de su madre. Las actrices Cecilia Freire, Amaia Lizarralde y Marta Nieto Conejero no ha realizado un melodrama. Tampoco la obra es una comedia dramática, ni una tragicomedia, aunque contiene ciertos gramos de cada uno de esos géneros. Tres noches en Ítaca es, eso sí, un cambio en el teatro de este dramaturgo. El teatro de Conejero, con obras como La geometría del trigo , Usuahia, La piedra oscura o El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca , se centró en indagar el pasado y la memoria, pero buscando cómo habita ese pasado en nuestros presentes y los transforma. Un teatro también de emoción, pero salpicado de giros formales, desde la irrupción autobiográfica hasta la ruptura del tiempo teatral a través de pretextos o anomalías lógicas y formales. En esta obra, esa carga formal desaparece. El dramaturgo arriesga todo a una comedia dramática donde se respeta la carpintería teatral del género: unidad de tiempo, tratamiento realista, presencia del humor como contrapunto. Y también conflicto: la hermana pequeña, Marta Nieto, una astrónoma entregada a su carrera científica, no perdona a la madre el haber abandonado la casa familiar. Será ese conflicto el que hará avanzar la pieza, que acabará en catarsis y con el público encogido. El día del estreno se podían intuir en las butacas vecinas el encogimiento, los pañuelos y un tragar saliva continuo y tenso. Ahí, el españolito mal formado en lides emocionales puede preguntarse si lo están manipulando, porque la tercera jornada es de aúpa. Una jornada en la que además, el dramaturgo, para echar más leña al fuego, se incorporará en la trama a través del elemento teatral romántico por excelencia: una carta. Las actrices Cecilia Freire y Amaia Lizarralde Esa decisión, la de sentirse dentro o expulsado, será una decisión intransferible de cada espectador. Pero también es de rigor decir que no es esta una emoción no sustentada que tenga como único fin hacer saltar la lágrima. Hay otros elementos que hacen el trabajo más poliédrico, que lo sustentan y lo enraízan. El primero es la escritura, pues Conejero escribe bien y, además, en esta obra está en territorio propio: el mundo heleno. El texto es cultista en el buen sentido, está lleno de referencias, pero no demostrativas, sino que van engarzando tradiciones y acercándolas. Conejero usa todo su conocimiento para contar y explicar quiénes son estas hermanas y quién es su madre fallecida. El segundo es su mirada continua, siendo militante, pura sensibilidad gay que se identifica y comparte el universo femenino, que consigue atrapar la esencia de esas mujeres en escena. Y el tercero es su conocimiento de la literatura clásica, que hace que el universo griego irrumpa con fuerza y buen tino. Los lestrigones, esos gigantes de Homero, se convierten en los monstruos a los que se enfrentan cada una de las hermanas: el alcohol y el deseo de Elena, la fidelidad autoimpuesta de Penélope, el minotauro de Ariadna que es ella misma. Los lotógafos, esa tribu que come loto para olvidar, seremos nosotros mismos mirando el móvil. E Ítaca, esa isla a la que regresar, se hace presente en escena, con todo su silencio todavía inocente y un “mar que todavía no se ha cansado de los hombres”. Además, los personajes de la obra llevan en sus venas pequeñas gotas de Chéjov, Ibsen y Williams. Mujeres fuertes pero también rotas. Blanches Dubois que se niegan a no vivir. Olgas que conforman su realidad a base de responsabilidades autoimpuestas que no son sino excusas. O Ninas que tienen que seguir dando portazos a un mundo construido contra ellas. Pero son gotas de sangres renovadas, no melancólicas. Los problemas a los que se enfrentan los tres personajes son actuales. Elena es actriz, vive en la intermitencia y precariedad del sector teatral agudizada por ser mujer de más de 40. Penélope es una mujer enredada entre dos mundos, el de la vida marital por la que ha optado y el deseo de seguir sintiéndose viva y deseada. La contradicción de la mujer contemporánea El dilema al que se enfrenta Ariadna consigue poner en escena una de las contradicciones actuales de la mujer contemporánea cuando grita: “¿Qué vocación hace que la vida te estorbe?”. Una científica de éxito se enfrenta a un mundo donde las humanidades son atacadas por tecnofeudalimos retrógrados. Ariadna, mientras, lucha contra los Escilas contemporáneos, esos monstruos de seis cabezas de la Odisea, y se le olvida vivir. Hay una frase de Ariadna que resuena fuerte en escena: “No me sostienen mis ancestros, ni tierra ni árbol. Me he quedado sin raíces. No tengo tradición, no tengo religión, trabajo en un idioma que no es el mío y nombro con él aquello que aún no existe, o que quizá nunca exista, mientras las palabras de mi casa y mi familia iban perdiendo sentido”. “Rojipardismo”, esgrimirán unos, pero el caso es que todas estas capas dotan a la obra de profundidad, de aristas y complejidad. Otra de las bazas de la obra es María Goiricelaya , dramaturga y directora de La Dramática Errante. Dirige a tres muy buenas actrices y sabe sacar jugo de cada una de ella. Además, es un acierto el haber incluido las didascalias, las notas de autor, en la trama. Cada actriz irá diciéndolas en escena, describiendo lo que las otras hacen, distanciando así la acción teatral, permitiendo que la carga reflexiva de la escritura de Conejero coja cuerpo en escena. La actriz Marta Nieto Aun así, la obra también genera dudas. Unas pequeñas y que irán desapareciendo. Marta Nieto es una gran actriz, pero su personaje recorre un gran arco emocional, desde la frialdad hasta el romperse en escena. En el estreno no lo tenía dominado por completo. Lo hará. Pero hay otras de más difícil solución. Una de ellas es la escenografía. Pablo Chaves es el responsable de varias maravillas como Pequeño cúmulo de abismos , La fortaleza o Los nuestros . En esta ocasión la propuesta es plana, por lamentablemente fea y por agarrarse a una estética del teatro moderno que delata una voluntad comercial que este montaje no necesita. La casa de la madre, ese observatorio al mundo donde transcurre la pieza, es de un blanco de IKEA poco soportable. Los laterales, de un simbolismo demasiado tópico, tampoco abren juego escénico. Chaves en un buen escenógrafo, pero este y su anterior trabajo, un disparate innecesario en una obra fallida, Historia de una maestra , hace que se imponga cierta reflexión sobre qué es teatral y qué no en la escenografía actual. El giro de Conejero al teatro de la comedia dramática es sorpresivo. Un género que en este siglo ha sido preeminentemente femenino en autoras como Denise Despeyroux , Lucía Carballal , Carolina África o Marta Buchaca . Conejero se inserta en ese flujo teatral donde los personajes luchan entre contradicciones propias y un mundo cada día menos humano, menos humanista, donde los cuidados, las brechas generacionales, los exilios, el dolor y la ausencia atraviesan a los personajes. La obra, después de Madrid, recorrerá Zamora y Málaga en abril, Murcia y Soria en mayo, Tenerife en junio, León en octubre, Euskadi en noviembre y enero… Una oportunidad para que cada espectador decida dónde está frente a un teatro que te interpela desde la emoción y que ausculta con qué mimbres hemos construido nuestra sensibilidad.

Pablo Jarillo-Herrero, el científico español que suena para el Nobel: "Según la física, el grafeno no debería existir"

Pablo Jarillo-Herrero, el científico español que suena para el Nobel: "Según la física, el grafeno no debería existir"

Este científico valenciano ha explicado en la Universidad de Zaragoza cómo colocar dos capas de grafeno con el ángulo exacto nos permite cambiar dramáticamente las propiedades del material, algo impensable hace décadas Sonia Fernández-Vidal, científica y divulgadora: “La física cuántica ha transformado la manera en que vivimos” El físico español Pablo Jarillo-Herrero , catedrático del MIT y uno de los investigadores más destacados de la física contemporánea, visitó el pasado jueves la capital aragonesa para impartir un coloquio en la Universidad de Zaragoza sobre materiales cuánticos bidimensionales. El físico valenciano es conocido por haber sido el primero en observar la superconductividad en grafeno bicapa rotado en un “ángulo mágico” de 1,1 grados, un hallazgo que dio origen al campo de la twistrónica y que le ha valido numerosos premios internacionales, entre ellos el Wolf y el Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA. Según el investigador, colocar dos capas de grafeno con el ángulo exacto “nos permite cambiar las propiedades del grafeno y cambiarlas dramáticamente. De hecho, podemos hacer todos los comportamientos de la materia que existen”. Este control sobre los materiales, señala, es algo que antes no existía: “Normalmente, para cambiar las propiedades de un material tienes que cambiar de material. En este caso no hace falta cambiar de material, simplemente hace falta cambiar de ángulo. Te da mucha más versatilidad para aplicaciones”. Durante su charla, Jarillo recordó un detalle que suele pasar desapercibido: según los teoremas clásicos de la física, los materiales de una sola capa de átomos no deberían existir por ser inestables. Sin embargo, el grafeno no solo existe, sino que se puede aislar de forma casi “artesanal”. Un átomo de espesor El grafeno es una lámina de carbono de un solo átomo de espesor, extraída del grafito —el mismo material de la mina de los lápices— y conocida por su resistencia, ligereza y alta conductividad. A pesar de tener la misma composición química que el diamante —ambos están formados por carbono—, estos materiales se comportan de manera muy distinta debido a cómo se organizan sus átomos: en el diamante los átomos forman una red tridimensional rígida, mientras que en el grafito están dispuestos en capas bidimensionales superpuestas. Esta estructura bidimensional del grafeno es clave para los comportamientos cuánticos que Jarillo‑Herrero estudia. Para obtenerlo, explicó una técnica sencilla: cinta adhesiva. Al pegar y despegar la cinta sobre el grafito, las capas se dividen sucesivamente (de dos a cuatro, de cuatro a ocho...) hasta quedar una sola lámina. “Es algo increíble que puedes aprender en una clase”, confesó el físico, recordando cómo aprendió esta técnica en Manchester. El ángulo mágico Este giro cambia el comportamiento de los electrones de forma radical. En el grafeno normal, los electrones viajan como si fueran partículas de luz que no interactúan entre sí. Pero al aplicar el ángulo mágico, la estructura los frena. “Cuando los electrones van muy despacio, la energía de repulsión entre ellos se vuelve dominante”, señaló Jarillo. Es en esa lentitud donde surge la “magia”: los electrones empiezan a coordinarse, permitiendo que el material se convierta en un superconductor o incluso en un imán, sin cambiar su composición química. En cuanto a las posibles aplicaciones de estos materiales, Jarillo-Herrero explicó que, aunque aún se encuentran en fase de investigación, las oportunidades son amplias. “Entre las aplicaciones para las que esto podría servir están la inteligencia artificial, la computación neuromórfica, nuevos detectores de luz y tecnologías cuánticas muy sensibles”, señala. Sin embargo, Jarillo advierte que queda trabajo por hacer antes de que estas aplicaciones sean viables a gran escala. Uno de los retos actuales, indica, es “intentar hacer que estos dispositivos se puedan escalar, que significa hacer muchos. Eso sería muy importante para tecnología, y todavía no tenemos muchos resultados, pero estamos trabajando en ello”. El investigador también reflexionó sobre el reconocimiento internacional de su trabajo. A pesar de haber recibido numerosos galardones y ser considerado candidato al premio Nobel, Jarillo-Herrero asegura que mantiene los pies en la tierra: “Ya me siento muy reconocido. Me hace ilusión cuando mis amigos me nominan a cosas, la comunidad me nomina a cosas y me dan galardones, pero lo importante es que la gente esté entusiasmada por hacer ciencia y esto sirve para entusiasmar a más gente joven”. Lo importante es que la gente esté entusiasmada por hacer ciencia y esto sirve para entusiasmar a más gente joven Durante su visita a Zaragoza, el científico ofreció también la charla titulada 'La magia de la materia cuántica de Moiré', en la que abordó los fundamentos de los materiales bidimensionales y explicó cómo la estructura y orientación de las capas atómicas determina su comportamiento. La charla combinó explicaciones dirigidas tanto a estudiantes como a especialistas, mostrando cómo la twistrónica permite generar fenómenos como superconductividad, magnetismo o aislantes correlacionados. El físico también se refirió al estado de la investigación en España. Reconoce que la inversión ha mejorado en las últimas décadas, pero advierte que aún no se alcanza el nivel de otros países: “Hace falta no solamente más recursos, que eso también hace falta, sino también menos burocracia, más meritocracia y más ambición de hacer las cosas al mismo nivel que se hacen en otros países”. Señala además que naciones como Suiza, Alemania o Corea del Sur han logrado avances significativos replicando modelos exitosos: “Solamente copiando ya se mejoraría mucho, no hay que reinventar la rueda”.

Alberto Conejero sorprende con un profundo retrato generacional de la mujer en 'Tres noches en Ítaca'

Alberto Conejero sorprende con un profundo retrato generacional de la mujer en 'Tres noches en Ítaca'

La obra teatral, con Marta Nieto como protagonista, nos interpela desde un teatro de una emocionalidad a flor de piel Entrevista - Alice Rohrwacher, cineasta: “Hacer una película con dinero público es un orgullo y una responsabilidad” La nueva obra de Alberto Conejero dividirá más que nunca a esa población llamada público. Tres noches en Ítaca , esta historia de tres hermanas que velan y entierran el cuerpo de su madre, girará por toda España después de su estreno en Madrid. Y el público, ese ser informe de muchas cabezas, tendrá que decidir a qué va al teatro, qué es lo que busca. Muchos navegarán por la emoción de la obra como por aguas propias, pero otros tendrán que decidir si están abiertos a acoger esa pequeña puñalada que tantas veces no nos permitimos: la del sentimiento que brota como un animal que oprime el pecho. Muchos, porque muchos años estuvo en parrilla, nos hemos educado sentimentalmente no al modo de Gustave Flaubert, sino con 'Estrenos TV', aquel programa de RTVE en que se exhibían películas de bajo coste, realizadas para la televisión y que trataban conflictos de familia o pareja de la manera más edulcorada. Varias generaciones se vieron más de una vez un domingo a la tarde hipando con vergüenza de sí mismos ante cualquier película con Kate Jackson o sus infinitas replicantes en esas casas tan americanas e iguales. Los españoles sufrimos una malformación, tuvimos que saber luchar y pertrecharnos ante tanto manejo espurio de emociones. Por supervivencia. Y sobrevivimos, pero quedamos también, de algún modo, inhabilitados para la emoción en el arte. Tres noches en Ítaca nos cuenta el encuentro entre tres hermanas en la Isla de Ítaca por la repentina muerte de su madre, profesora de griego que un día decide abandonar a su marido e irse a vivir a una pequeña casa en la isla griega. Durante tres noches conoceremos a Penélope, la hermana mayor (Amaia Lizarralde); a Elena, la hermana mediana (Cecilia Freire); y a la pequeña, Ariadna (Marta Nieto). Y veremos cómo van afluyendo secretos y frustraciones mientras todas ellas comienzan a lidiar con la ausencia dolorosa de su madre. Las actrices Cecilia Freire, Amaia Lizarralde y Marta Nieto Conejero no ha realizado un melodrama. Tampoco la obra es una comedia dramática, ni una tragicomedia, aunque contiene ciertos gramos de cada uno de esos géneros. Tres noches en Ítaca es, eso sí, un cambio en el teatro de este dramaturgo. El teatro de Conejero, con obras como La geometría del trigo , Usuahia, La piedra oscura o El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca , se centró en indagar el pasado y la memoria, pero buscando cómo habita ese pasado en nuestros presentes y los transforma. Un teatro también de emoción, pero salpicado de giros formales, desde la irrupción autobiográfica hasta la ruptura del tiempo teatral a través de pretextos o anomalías lógicas y formales. En esta obra, esa carga formal desaparece. El dramaturgo arriesga todo a una comedia dramática donde se respeta la carpintería teatral del género: unidad de tiempo, tratamiento realista, presencia del humor como contrapunto. Y también conflicto: la hermana pequeña, Marta Nieto, una astrónoma entregada a su carrera científica, no perdona a la madre el haber abandonado la casa familiar. Será ese conflicto el que hará avanzar la pieza, que acabará en catarsis y con el público encogido. El día del estreno se podían intuir en las butacas vecinas el encogimiento, los pañuelos y un tragar saliva continuo y tenso. Ahí, el españolito mal formado en lides emocionales puede preguntarse si lo están manipulando, porque la tercera jornada es de aúpa. Una jornada en la que además, el dramaturgo, para echar más leña al fuego, se incorporará en la trama a través del elemento teatral romántico por excelencia: una carta. Las actrices Cecilia Freire y Amaia Lizarralde Esa decisión, la de sentirse dentro o expulsado, será una decisión intransferible de cada espectador. Pero también es de rigor decir que no es esta una emoción no sustentada que tenga como único fin hacer saltar la lágrima. Hay otros elementos que hacen el trabajo más poliédrico, que lo sustentan y lo enraízan. El primero es la escritura, pues Conejero escribe bien y, además, en esta obra está en territorio propio: el mundo heleno. El texto es cultista en el buen sentido, está lleno de referencias, pero no demostrativas, sino que van engarzando tradiciones y acercándolas. Conejero usa todo su conocimiento para contar y explicar quiénes son estas hermanas y quién es su madre fallecida. El segundo es su mirada continua, siendo militante, pura sensibilidad gay que se identifica y comparte el universo femenino, que consigue atrapar la esencia de esas mujeres en escena. Y el tercero es su conocimiento de la literatura clásica, que hace que el universo griego irrumpa con fuerza y buen tino. Los lestrigones, esos gigantes de Homero, se convierten en los monstruos a los que se enfrentan cada una de las hermanas: el alcohol y el deseo de Elena, la fidelidad autoimpuesta de Penélope, el minotauro de Ariadna que es ella misma. Los lotógafos, esa tribu que come loto para olvidar, seremos nosotros mismos mirando el móvil. E Ítaca, esa isla a la que regresar, se hace presente en escena, con todo su silencio todavía inocente y un “mar que todavía no se ha cansado de los hombres”. Además, los personajes de la obra llevan en sus venas pequeñas gotas de Chéjov, Ibsen y Williams. Mujeres fuertes pero también rotas. Blanches Dubois que se niegan a no vivir. Olgas que conforman su realidad a base de responsabilidades autoimpuestas que no son sino excusas. O Ninas que tienen que seguir dando portazos a un mundo construido contra ellas. Pero son gotas de sangres renovadas, no melancólicas. Los problemas a los que se enfrentan los tres personajes son actuales. Elena es actriz, vive en la intermitencia y precariedad del sector teatral agudizada por ser mujer de más de 40. Penélope es una mujer enredada entre dos mundos, el de la vida marital por la que ha optado y el deseo de seguir sintiéndose viva y deseada. La contradicción de la mujer contemporánea El dilema al que se enfrenta Ariadna consigue poner en escena una de las contradicciones actuales de la mujer contemporánea cuando grita: “¿Qué vocación hace que la vida te estorbe?”. Una científica de éxito se enfrenta a un mundo donde las humanidades son atacadas por tecnofeudalimos retrógrados. Ariadna, mientras, lucha contra los Escilas contemporáneos, esos monstruos de seis cabezas de la Odisea, y se le olvida vivir. Hay una frase de Ariadna que resuena fuerte en escena: “No me sostienen mis ancestros, ni tierra ni árbol. Me he quedado sin raíces. No tengo tradición, no tengo religión, trabajo en un idioma que no es el mío y nombro con él aquello que aún no existe, o que quizá nunca exista, mientras las palabras de mi casa y mi familia iban perdiendo sentido”. “Rojipardismo”, esgrimirán unos, pero el caso es que todas estas capas dotan a la obra de profundidad, de aristas y complejidad. Otra de las bazas de la obra es María Goiricelaya , dramaturga y directora de La Dramática Errante. Dirige a tres muy buenas actrices y sabe sacar jugo de cada una de ella. Además, es un acierto el haber incluido las didascalias, las notas de autor, en la trama. Cada actriz irá diciéndolas en escena, describiendo lo que las otras hacen, distanciando así la acción teatral, permitiendo que la carga reflexiva de la escritura de Conejero coja cuerpo en escena. La actriz Marta Nieto Aun así, la obra también genera dudas. Unas pequeñas y que irán desapareciendo. Marta Nieto es una gran actriz, pero su personaje recorre un gran arco emocional, desde la frialdad hasta el romperse en escena. En el estreno no lo tenía dominado por completo. Lo hará. Pero hay otras de más difícil solución. Una de ellas es la escenografía. Pablo Chaves es el responsable de varias maravillas como Pequeño cúmulo de abismos , La fortaleza o Los nuestros . En esta ocasión la propuesta es plana, por lamentablemente fea y por agarrarse a una estética del teatro moderno que delata una voluntad comercial que este montaje no necesita. La casa de la madre, ese observatorio al mundo donde transcurre la pieza, es de un blanco de IKEA poco soportable. Los laterales, de un simbolismo demasiado tópico, tampoco abren juego escénico. Chaves en un buen escenógrafo, pero este y su anterior trabajo, un disparate innecesario en una obra fallida, Historia de una maestra , hace que se imponga cierta reflexión sobre qué es teatral y qué no en la escenografía actual. El giro de Conejero al teatro de la comedia dramática es sorpresivo. Un género que en este siglo ha sido preeminentemente femenino en autoras como Denise Despeyroux , Lucía Carballal , Carolina África o Marta Buchaca . Conejero se inserta en ese flujo teatral donde los personajes luchan entre contradicciones propias y un mundo cada día menos humano, menos humanista, donde los cuidados, las brechas generacionales, los exilios, el dolor y la ausencia atraviesan a los personajes. La obra, después de Madrid, recorrerá Zamora y Málaga en abril, Murcia y Soria en mayo, Tenerife en junio, León en octubre, Euskadi en noviembre y enero… Una oportunidad para que cada espectador decida dónde está frente a un teatro que te interpela desde la emoción y que ausculta con qué mimbres hemos construido nuestra sensibilidad.

Pablo Jarillo-Herrero, el científico español que suena para el Nobel: "Según la física, el grafeno no debería existir"

Pablo Jarillo-Herrero, el científico español que suena para el Nobel: "Según la física, el grafeno no debería existir"

Este científico valenciano ha explicado en la Universidad de Zaragoza cómo colocar dos capas de grafeno con el ángulo exacto nos permite cambiar dramáticamente las propiedades del material, algo impensable hace décadas Sonia Fernández-Vidal, científica y divulgadora: “La física cuántica ha transformado la manera en que vivimos” El físico español Pablo Jarillo-Herrero , catedrático del MIT y uno de los investigadores más destacados de la física contemporánea, visitó el pasado jueves la capital aragonesa para impartir un coloquio en la Universidad de Zaragoza sobre materiales cuánticos bidimensionales. El físico valenciano es conocido por haber sido el primero en observar la superconductividad en grafeno bicapa rotado en un “ángulo mágico” de 1,1 grados, un hallazgo que dio origen al campo de la twistrónica y que le ha valido numerosos premios internacionales, entre ellos el Wolf y el Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA. Según el investigador, colocar dos capas de grafeno con el ángulo exacto “nos permite cambiar las propiedades del grafeno y cambiarlas dramáticamente. De hecho, podemos hacer todos los comportamientos de la materia que existen”. Este control sobre los materiales, señala, es algo que antes no existía: “Normalmente, para cambiar las propiedades de un material tienes que cambiar de material. En este caso no hace falta cambiar de material, simplemente hace falta cambiar de ángulo. Te da mucha más versatilidad para aplicaciones”. Durante su charla, Jarillo recordó un detalle que suele pasar desapercibido: según los teoremas clásicos de la física, los materiales de una sola capa de átomos no deberían existir por ser inestables. Sin embargo, el grafeno no solo existe, sino que se puede aislar de forma casi “artesanal”. Un átomo de espesor El grafeno es una lámina de carbono de un solo átomo de espesor, extraída del grafito —el mismo material de la mina de los lápices— y conocida por su resistencia, ligereza y alta conductividad. A pesar de tener la misma composición química que el diamante —ambos están formados por carbono—, estos materiales se comportan de manera muy distinta debido a cómo se organizan sus átomos: en el diamante los átomos forman una red tridimensional rígida, mientras que en el grafito están dispuestos en capas bidimensionales superpuestas. Esta estructura bidimensional del grafeno es clave para los comportamientos cuánticos que Jarillo‑Herrero estudia. Para obtenerlo, explicó una técnica sencilla: cinta adhesiva. Al pegar y despegar la cinta sobre el grafito, las capas se dividen sucesivamente (de dos a cuatro, de cuatro a ocho...) hasta quedar una sola lámina. “Es algo increíble que puedes aprender en una clase”, confesó el físico, recordando cómo aprendió esta técnica en Manchester. El ángulo mágico Este giro cambia el comportamiento de los electrones de forma radical. En el grafeno normal, los electrones viajan como si fueran partículas de luz que no interactúan entre sí. Pero al aplicar el ángulo mágico, la estructura los frena. “Cuando los electrones van muy despacio, la energía de repulsión entre ellos se vuelve dominante”, señaló Jarillo. Es en esa lentitud donde surge la “magia”: los electrones empiezan a coordinarse, permitiendo que el material se convierta en un superconductor o incluso en un imán, sin cambiar su composición química. En cuanto a las posibles aplicaciones de estos materiales, Jarillo-Herrero explicó que, aunque aún se encuentran en fase de investigación, las oportunidades son amplias. “Entre las aplicaciones para las que esto podría servir están la inteligencia artificial, la computación neuromórfica, nuevos detectores de luz y tecnologías cuánticas muy sensibles”, señala. Sin embargo, Jarillo advierte que queda trabajo por hacer antes de que estas aplicaciones sean viables a gran escala. Uno de los retos actuales, indica, es “intentar hacer que estos dispositivos se puedan escalar, que significa hacer muchos. Eso sería muy importante para tecnología, y todavía no tenemos muchos resultados, pero estamos trabajando en ello”. El investigador también reflexionó sobre el reconocimiento internacional de su trabajo. A pesar de haber recibido numerosos galardones y ser considerado candidato al premio Nobel, Jarillo-Herrero asegura que mantiene los pies en la tierra: “Ya me siento muy reconocido. Me hace ilusión cuando mis amigos me nominan a cosas, la comunidad me nomina a cosas y me dan galardones, pero lo importante es que la gente esté entusiasmada por hacer ciencia y esto sirve para entusiasmar a más gente joven”. Lo importante es que la gente esté entusiasmada por hacer ciencia y esto sirve para entusiasmar a más gente joven Durante su visita a Zaragoza, el científico ofreció también la charla titulada 'La magia de la materia cuántica de Moiré', en la que abordó los fundamentos de los materiales bidimensionales y explicó cómo la estructura y orientación de las capas atómicas determina su comportamiento. La charla combinó explicaciones dirigidas tanto a estudiantes como a especialistas, mostrando cómo la twistrónica permite generar fenómenos como superconductividad, magnetismo o aislantes correlacionados. El físico también se refirió al estado de la investigación en España. Reconoce que la inversión ha mejorado en las últimas décadas, pero advierte que aún no se alcanza el nivel de otros países: “Hace falta no solamente más recursos, que eso también hace falta, sino también menos burocracia, más meritocracia y más ambición de hacer las cosas al mismo nivel que se hacen en otros países”. Señala además que naciones como Suiza, Alemania o Corea del Sur han logrado avances significativos replicando modelos exitosos: “Solamente copiando ya se mejoraría mucho, no hay que reinventar la rueda”.

Maryse Condé narra la vida de su abuela en ‘Victoire’, la historia de una cocinera criolla que hizo de su habilidad un arte

Maryse Condé narra la vida de su abuela en ‘Victoire’, la historia de una cocinera criolla que hizo de su habilidad un arte

Un año después de la muerte de la escritora antillana, la editorial Impedimenta recuperó una de sus mejores novelas sobre mujeres, diversidad racial y colonialismo El resurgir de ‘Cumbres borrascosas': por qué el clásico de Emily Brontë sigue fascinando a lectores y espectadores “En estas páginas pretendo reivindicar el legado de una mujer que, aparentemente, no dejó ninguno. Establecer el nexo entre su creatividad y la mía. Conectar los sabores, colores y aromas de las carnes o las verduras con los sabores, colores y aromas de las palabras”. Con estas palabras describe Maryse Condé (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 1934-Apt, Vaucluse, 2024) su propósito al escribir Victoire (2006), una novela inspirada en la vida de su abuela. La editorial Impedimenta la publicó en castellano en 2025 con traducción de Martha Asunción Alonso, especialista en su obra y que ya se ocupó de sus libros previos. Maryse Condé logró una relativa notoriedad en los últimos años, gracias a la concesión del conocido como Nobel de Literatura alternativo de 2018 –año en el que el auténtico no se otorgó por el escándalo de abusos sexuales en la Academia Sueca– y a su doble candidatura al Man Booker Prize, en 2015 por toda su trayectoria y en 2023 por la traducción al inglés de El evangelio del nuevo mundo (2021; Impedimenta, 2023). Con todo, su edad avanzada, junto con los problemas de salud (en los últimos años se quedó ciega), no facilitaron la difusión y sigue siendo una desconocida para muchos lectores. Aun así, es digno de señalar el compromiso de Impedimenta para con la recuperación regular de su obra, vasta y versátil aunque no comenzó a publicar hasta los cuarenta. Además de narrativa, escribió libros de memorias, teatro y ensayo, siempre desde una mirada postcolonial y feminista que concilia la cultura autóctona de sus raíces y otras minorías étnicas con el enfoque de la mujer cultivada, cosmopolita y progresista que ella fue. Vivió en varios países, trabajó (e investigó) como profesora universitaria, se alejó de sus orígenes para alzarse en voz de denuncia contra las desigualdades. En cierto modo, ese Nobel alternativo, aunque tal vez le restó opciones de cara al verdadero, encaja a la perfección con su personalidad de escritora “periférica” con el foco puesto en la alteridad en sus múltiples representaciones (mujeres, colonialismo, negritud, clases sociales, folklore). Dos de sus libros más importantes, Yo, Tituba, la bruja negra de Salem (1986; Impedimenta, 2022) y el retelling “caribeño” de Cumbres borrascosas Windward Heights (2008; no traducido al castellano) son un buen ejemplo de ello. Victoire. La madre de mi madre también lo es. El hallazgo Una particularidad de Victoire es que, aun siendo una novela, la autora reflexiona además sobre el proceso de escritura. En las primeras páginas evoca el momento de su infancia en el que descubrió que su abuela, a la que no llegó a conocer, era muy blanca y, otra sorpresa, de extracción muy humilde. Victoire fue una cocinera que crio a su única hija sola, una realidad que choca con la de la pequeña Maryse, que crece en un ambiente culto, forma parte de una generación que ha prosperado. En ese hallazgo ya se le encendió la chispa, la curiosidad por esa mujer misteriosa, y años más tarde al fin encontró el tiempo para contar su historia, para reconstruir un pasado que también es el suyo. Desde el principio admite que su búsqueda tiene limitaciones: dada la falta de fuentes, la novela combina realidad e imaginación, no pretende ser una biografía novelada fiel. No puede asegurar cómo se sentía su abuela, cómo fueron sus relaciones, qué temía o anhelaba: “Se trata de una historia tachada, borrada de la memoria colectiva. Pero yo quiero saber”. La imaginación cumple una doble función: le permite rellenar huecos, completar silencios, trazar caminos e iluminar posibilidades; al mismo tiempo, refleja una verdad que, aunque no sea exacta para Victoire, bien puede ser la de otras mujeres. Impedimenta ha elegido subtitular la novela con el descriptivo La madre de mi madre . El original, en cambio, reza Victoire, les saveurs et les mots [ Victoire, los sabores y las palabras ], mucho más adecuado para el viaje compartido que realizan la protagonista y la escritora en esta exploración de la identidad femenina ligada a la práctica creativa. De todos modos, el título en castellano atina al enfatizar la conexión entre madre e hija, un vínculo que se enlazará a su vez con la autora y que constituye uno de los grandes temas de la obra, sobre todo en la segunda mitad. Mujer, pobre y de minoría étnica Victoire ya nació marcada: hija de una muchacha negra de catorce años que murió en el parto, fue criada por su abuela. Su progenitora no reveló la identidad del padre, pero ese color pálido de su piel señalaba a un hombre blanco. Un amo, y, por lo tanto, un abuso o una relación clandestina; algo que estigmatizó a la joven embarazada, en cualquier caso. A la condición de mujer, pobre y bastarda se le sumó esa “blancura australiana” que la alejaba de los guadalupeños: no era la única nacida fuera del matrimonio, pero, para sus semejantes, cuanto más oscura la piel, mayor era el grado de pertenencia. La niña se convirtió en una extraña en ambos mundos. Cuando creció, comenzó a servir como criada, y no tardó en repetir el patrón materno: embarazo no deseado –y en medio de un triángulo que complica su buena relación con la otra mujer, ambas son víctimas a su manera– y una única hija, la madre de la autora, a la que preparará para que aspire a un futuro mejor. En este sentido, Victoire, que con el tiempo adquiere reputación como cocinera y esto le granjea la simpatía de los amos, mantiene unas relaciones que pueden resultar controvertidas con el fin de costear los estudios de la pequeña. Por mucho que su cocina sea un prodigio, una cocinera sola no puede pagar una carrera. Maryse Condé afila la perspectiva de género en su análisis de la figura masculina y los patrones recurrentes en torno a las relaciones que dejan a las mujeres a la intemperie. Más allá del abuso sexual –la autora fantasea con la posibilidad de que hubiera amor–, hasta con consentimiento y deseo de por medio el hombre puede dejarla tirada sin ninguna consecuencia para él, mientras ella afronta un embarazo sola, sin recursos. Se trataba con cierta normalidad el hecho de que los hombres blancos fueran dejando hijos por la colonia, sin llegar a conocerlos ni interesarse lo más mínimo por ellos. Fotografía facilitada por la editorial Impedimenta de la escritora francesa Maryse Condé Además, entre los hombres existe una separación entre la esfera pública y la privada que en el caso de las mujeres se emborrona: el hombre blanco puede mantener relaciones extramatrimoniales e ir sembrando criaturas sin que su reputación profesional se vea perjudicada; mientras tanto, la mujer queda marcada de por vida en todos los aspectos. Él también tiene la libertad de viajar al continente cuando quiera, lo que no solo expande su mundo de un modo inalcanzable para los pobres, sino que aumenta todavía más su desatención de los hipotéticos hijos. La perspectiva poscolonial también aporta sus matices, como la diferente percepción del racismo (mientras que en la novela el “mestizaje” se condena, en los Estados Unidos los negros sin ascendencia blanca identificable siempre están más abajo en la escala social, por ejemplo) o, un aporte interesante, la fluidez de género en las relaciones íntimas, sin restricciones de clase ni de identidad sexual. No es que esto último se aceptara socialmente, pero la cultura popular lo tenía asumido, la autora lo narra con naturalidad, sin ese tabú con sentimiento de culpa que arrastra la cultura cristiana. Cuando la hija de Victoire crece, se produce el inevitable choque generacional: la joven, educada de acuerdo con el sistema occidental, rechaza el rol pasivo que adoptó la madre con respecto a sus patronos. No es que menosprecie sus raíces isleñas; lo que no tolera es que Victoire, y esa generación en general, acatara las órdenes y aceptara los abusos sin rebelarse, o con resistencias tan silenciosas que no se oyen. Victoire incluso les está agradecida porque costearon la educación de su hija. Sin embargo, esa niña ha crecido y forma parte de otro mundo. Están en los albores del siglo XX, todo está cambiando, hay movimientos, organizaciones. Las nuevas generaciones ya no se callan. Empoderamiento entre fogones En la tradición literaria, las artes culinarias suelen estar ligadas a mujeres que gracias a su destreza entre fogones logran emanciparse, rebelarse o liberarse de alguna atadura: Loxandra (1963), de Maria Iordanidu, Linden Hills (1985), de Gloria Naylor, Tomates verdes fritos (1987), de Fannie Flagg, Como agua para chocolate (1989), de Laura Esquivel, Afrodita (1996), de Isabel Allende, Chocolat (1999), de Joanne Harris, El último chef chino (2007), de Nicole Mones, o Mãn (2013), de Kim Thúy, son solo algunos ejemplos. Victoire puede inscribirse en esta categoría. Aunque comienza con las tareas domésticas más ingratas, Victoire, avispada, se fija en el trabajo de las cocineras, del modo en el que tantas mujeres, tantos marginados por la sociedad, han aprendido: a hurtadillas. En cuanto se le presenta la oportunidad, saca a relucir sus habilidades, que sorprenden a todos. Su ingenio reside en el uso de alimentos autóctonos de manera imaginativa, de tal manera que despierta el gusto por la comida criolla en los propietarios. Sin proponérselo, Victoire rinde homenaje a sus ancestros y reivindica su legado con algo tan íntimo, y tan omnipresente, como la alimentación. De forma consciente o no, Maryse Condé tiene otro rasgo en común con la protagonista: la capacidad de sobreponerse a las adversidades, seguir adelante sin quejarse, labrarse el camino por sí mismas A través de su trabajo se hilvana el entramado de relaciones con la familia y el resto del servicio (que no es idílico, en absoluto). Hay blancos y negros, pero solo por fuera: los personajes y sus nexos están llenos de ambigüedades y sombras, como es la naturaleza humana. La autora, como reconoce desde el principio, ve la labor meticulosa y solitaria de su abuela como un arte equivalente al de la escritura; ambas son artistas en su taller que canalizan de forma creativa las inquietudes que les bullen por dentro. Es probable que Victoire no se percibiera a sí misma de este modo, pero esto es una novela, y como símbolo literario es poderoso. Además de la emancipación, su concepción culinaria también refleja el paso del tiempo: dado que mezcla la tradición con sus propias innovaciones, está creando algo nuevo que anticipa una era en la que la identidad (las identidades) gana protagonismo. El individuo busca distinguirse, como los autóctonos buscarán derribar las cadenas del colonialismo y reivindicar su cultura masacrada. Hay varios puntos de inflexión en los que Victoire se reinventa; el último le llega de mano de su hija, y supondrá una ruptura traumática. Preparó a la niña para el nuevo siglo, pero en ese nuevo siglo Victoire ya no encaja. Una “victoria” literaria De forma consciente o no, Maryse Condé tiene otro rasgo en común con la protagonista: la capacidad de sobreponerse a las adversidades, seguir adelante sin quejarse, labrarse el camino por sí mismas, sin victimizarse aunque tendrían motivos para hacerlo. Eso, y un compromiso absoluto con su arte: incluso en sus últimos años, impedida y ciega, dictaba sus historias porque aún tenía mucho que contar, historias inspiradoras como esta, sobre personajes que no tienen voz, sobre lugares y costumbres ninguneados por el Occidente blanco. Sus novelas se leen con deleite, y a la vez resultan instructivas (son dignas de mención las notas aclaratorias de la traductora, fundamentales para contextualizar). La autora demuestra sus dotes para la narración con un estilo ameno, de diálogos vivos y personajes que se robustecen a medida que avanza la peripecia. Se aproxima a la vida colonial y la cultura antillana a través de la vivencia individual de su abuela, que, como ya advirtió, no es fiel a la Victoire real, pero sí representa la realidad de muchas mujeres de su época. Quién sabe cuántos lectores tendría hoy Maryse Condé si hubiera recibido el Premio Nobel verdadero; sea como sea, no hace falta ningún pretexto para disfrutar de la buena literatura, y esta novela lo es. Otra victoria literaria de una gran escritora.

El teatro revive Cerro Belmonte, el barrio de Madrid que se independizó de España y visitó Cuba para frenar la especulación

El teatro revive Cerro Belmonte, el barrio de Madrid que se independizó de España y visitó Cuba para frenar la especulación

'Un verano por metro cuadrado' llega el jueves al Teatro del Barrio de Madrid para recuperar y vincular con el presente una fascinante historia de lucha vecinal desde el humor, la ternura o la sátira política. "Necesitamos escuchar cómo la gente pudo responder y resistir", cuentan sus autoras Gentrificación y amor prohibido se dan la mano en 'Lavapiés', una versión de Romeo y Julieta en tiempos de Airbnb ¿Qué une la historia de un barrio que quiso independizarse de Madrid y del resto del país hace 36 años con las dificultades de hoy día para encontrar un piso decente a un precio no prohibitivo? La obra de teatro Un verano por metro cuadrado , que llega el jueves al Teatro del Barrio de Lavapiés, responde a esta pregunta con un argumento y una puesta en escena tan cómicos como reivindicativos en los que hacen memoria para abordar el presente. El pretexto es Cerro Belmonte, una zona del actual barrio de Valdezarza (en el distrito de Moncloa-Aravaca) que proclamó su autonomía respecto al resto de la ciudad en 1990. Este proyecto que viaja desde el noroeste de Madrid hasta la mismísima Cuba parte de la compañía 7 Minutos de Gloria, formada por artistas multidisciplinares de ámbitos como la escena, la música, la danza o el audiovisual: Manu Cantelli, Lucía Feijóo Robles, Laura Delgado, Nayarit Fuentes, Marta Guijarro Rojas, Cristina Marco, Paula Mira y Marina Margallo. Nayarit y Marta explican cómo empezaron a trabajar en la idea hace tres años, aunque han ido “a fuego” estos últimos meses. El concepto se había implantado en sus cabezas mucho antes: “La noticia nos llega a personas del colectivo en 2015. Estábamos con nuestra anterior obra, 7 minutos de gloria , y nos pareció brutal. Ya teníamos en el tintero hacer algo sobre vivienda por la situación social y por circunstancias personales, al final todas vivimos de alquiler”. Comenzaron entonces el trabajo de bucear en el archivo y la hemeroteca de una historia tan inaudita como premonitoria. El 6 de septiembre de 1990, los vecinos de Cerro Belmonte se enfrentaron a la expropiación por parte del propio Ayuntamiento liderado por Agustín Rodríguez Sahagún (UCD), que pretendía construir unos chalés de alto standing en sus terrenos. A cambio, les entregarían poco más de cinco mil pesetas (30 euros) por metro cuadrado y los reubicarían en pisos de Vallecas y Villaverde, en el otro extremo de Madrid. Los residentes se manifestaron y solicitaron una reunión con el alcalde. Por entonces una figura luego tan controvertida como la de Miguel Blesa , al frente de la gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento, defendía que la decisión ya estaba escrita en las directrices del Plan Inmobiliario de la ciudad. Pese a la cerrazón de la corporación municipal, los habitantes de lo que hoy es Valdezarza se negaron a abandonar sus casas bajas. "No queremos pertenecer a un Ayuntamiento que quiere explotarnos” “Resistiremos y además nos independizaremos de Madrid. No queremos pertenecer a un Ayuntamiento que quiere explotarnos”, espetó en un celebrado discurso la abogada y representante vecinal Esther Castellano. La amenaza no se quedó en proclama vacía, sino que organizaron un referéndum en el que la declaración de Estado independiente durante una semana arrasó con 214 votos a favor y solo dos en contra (aunque algunas papeletas fueron nulas al incluir insultos al regidor). De La Habana al mito en TikTok La movilización fue tal que una comitiva del barrio, aprovechando una coyuntura internacional tensa entre el Gobierno español y el de Cuba, se trasladó a la isla para elevar su caso nada menos que a Fidel Castro después de que Castellano enviara una carta a su administración. “Castro sí escuchó a Cerro Belmonte y, para meter más el dedo en el ojo a las autoridades españolas, regaló 25 viajes de diez días a La Habana, sorteados entre los vecinos en una verbena a ritmo de salsa. La expedición rebelde es recibida por el Comandante como si fuese una visita de estado. Castro les obsequia con un lote de regalos (puros y libros) y les intenta convencer de que se queden, asegurándoles casa y trabajo, pero los belmonteños quieren volver a casa. A la vuelta del viaje, Sahagún continúa negándose a recibirlos, esta vez ya muy molesto por el espectáculo y las risas de dos continentes”, recuerda este artículo de El Salto . La presión vecinal e internacional acabó permitiendo la continuidad de los residentes, al menos por un tiempo. En lo que hoy es Valdezarza solo sobrevive una de aquellas casas bajas. Pero las autoras de Un verano por metro cuadrado no quisieron dejar al espectador con ese regusto amargo al plantear la obra y apuestan por adaptar lo ocurrido gracias al poder de la ficción: “¿Qué significa ganar? Simplemente, damos nuestro broche final sobre lo que nos hubiera gustado que ocurriera, que fuera. Para aprender de los errores y aciertos y hasta para saber por qué fue tan divertido”. Marta también quiere indagar en “por qué nos inspira, ya que necesitamos escuchar cómo la gente pudo responder y resistir, saber si en el sistema en el que vivimos se puede ganar del todo ante máquinas tan grandes”. Damos nuestro broche final sobre lo que nos hubiera gustado que ocurriera, que fuera. Para aprender de los errores y aciertos y hasta para saber por qué fue tan divertido Nayarit Fuentes — Coordinadora de dramaturgia y textos en 'Un verano por metro cuadrado' Un ejercicio de imaginación que nace también del perfil bajo actual de los implicados en aquellos sucesos: “Cuando creamos la historia quisimos respetar el derecho de los afectados que no querían hablar de ella. En redes sociales como TikTok ha llegado a idealizarse un poco y a usarse para el estractivismo. Además, aunque no queremos destripar el desenlace, está claro que no acabó como en los cuentos de hadas. No es una obra de teatro documental, así que la hemos derivado para abordar una idea de promesa colectiva”. Indican de hecho que el contacto ha sido mayor con la actual asociación vecinal de Valdezarza, “un barrio donde vive mucha gente joven”, que con las víctimas de los hechos originales. Teatro colectivo, satírico y con buen rollo Nayarit define así la propuesta como “una comedia feel good en un mundo de tragedia absoluta”. Una “sátira política” elaborada en colectivo, como los propios acontecimientos que retratan, ya que “ocho cerebros piensan más que uno y pulen mejor una historia”. “Es como un espejo entre creación y lo que ocurrió, también en lo difícil”, opina. “Si un tema es universal, es más difícil que un solo autor tenga la verdad absoluta”, apostilla Marta. Para ello echan mano de la técnica conocida como devising o teatro ideado, un método en el que el guion se origina a partir del trabajo colaborativo, a menudo improvisado, de un conjunto de interpretación. “La composición escénica se origina no solo a partir de un texto, sino de ideas, símbolos o movimientos”, describe Nayarit. Así, el “imaginario surrealista” de esta historia se entremezcla con un código escénico y de personajes muy concreto: noventero, de sitcom , divertido y tierno. Entre esos símbolos reconvertidos en hilo narrativo destaca una de las estrellas de la Comunidad de Madrid. Los vecinos de Cerro Belmonte, a modo de gesto, “secuestraron” este elemento de la bandera autonómica (incluido también en la del barrio) para negociar con el Ejecutivo regional. La idea, explica Nayid, era “revertir un símbolo institucional para el pópulo y hablar con ello de quién tiene la capacidad de toma de decisiones”. Una muestra de rebeldía que ha vertebrado la promoción, con la propia estrella como elemento que nos introduce en el relato. Una campaña que ha demostrado ser todo un éxito, visto que ya no quedan entradas para las cuatro funciones anunciadas los jueves 12 y 26 de febrero y 12 y 26 de marzo. Nayarit y Marta avanzan en conversación con Somos Madrid que ya trabajan en habilitar nuevas fechas. Un hilo con el presente: la expulsión “a cara destapada” convertida en “desahucios invisibles” Proceso creativo al margen, el argumento de Un verano por metro cuadrado pilla muy de cerca a sus creadoras, como señala Marta: “El de Cerro Belmonte era otro contexto, de propietarios, aunque fuera en viviendas autoconstruídas. Pero hay muchos puntos en común con lo que vivimos todas estando de alquiler en Madrid, en barrios como Puerta del Ángel o Carabanchel. Digamos que en los noventa la especulación y la expulsión era a cara destapada. Ahora, otro compañero y yo estamos sufriendo un desahucio invisible, después de subidas del alquiler del 200% que te obligan a marcharte. Es la misma historia pero con otras herramientas”. La comisión judicial comunica a una familia que van a ser desahuciados de su casa en Getafe (Madrid), en una de las fotografías de la exposición que acompaña a la obra. Este hilo conductor no ha pasado desapercibido para una entidad cultural tan volcada en el compromiso social como el Teatro del Barrio, del que partió la iniciativa de acompañar la obra con una exposición en sus instalaciones de imágenes de desahucios retratados por el prestigioso fotoperiodista Olmo Calvo . Marta, también miembro del Sindicato de Inquilinas de Madrid, adelanta asimismo que están trabajando en poner en marcha un taller con dicha organización: “Nos han ayudado además en la documentación con el guion, que ha sido compleja, ya que hemos tenido que estudiar planes urbanísticos de los noventa o estrategias de negociación en bloques que se quieren vender”. La agrupación de arrendatarios se revela así como un movimiento de resistencia que sigue el ejemplo de los vecinos de un barrio que removió cielo y tierra para no ceder su tierra, su identidad y su destino. 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Maryse Condé narra la vida de su abuela en ‘Victoire’, la historia de una cocinera criolla que hizo de su habilidad un arte

Maryse Condé narra la vida de su abuela en ‘Victoire’, la historia de una cocinera criolla que hizo de su habilidad un arte

Un año después de la muerte de la escritora antillana, la editorial Impedimenta recuperó una de sus mejores novelas sobre mujeres, diversidad racial y colonialismo El resurgir de ‘Cumbres borrascosas': por qué el clásico de Emily Brontë sigue fascinando a lectores y espectadores “En estas páginas pretendo reivindicar el legado de una mujer que, aparentemente, no dejó ninguno. Establecer el nexo entre su creatividad y la mía. Conectar los sabores, colores y aromas de las carnes o las verduras con los sabores, colores y aromas de las palabras”. Con estas palabras describe Maryse Condé (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 1934-Apt, Vaucluse, 2024) su propósito al escribir Victoire (2006), una novela inspirada en la vida de su abuela. La editorial Impedimenta la publicó en castellano en 2025 con traducción de Martha Asunción Alonso, especialista en su obra y que ya se ocupó de sus libros previos. Maryse Condé logró una relativa notoriedad en los últimos años, gracias a la concesión del conocido como Nobel de Literatura alternativo de 2018 –año en el que el auténtico no se otorgó por el escándalo de abusos sexuales en la Academia Sueca– y a su doble candidatura al Man Booker Prize, en 2015 por toda su trayectoria y en 2023 por la traducción al inglés de El evangelio del nuevo mundo (2021; Impedimenta, 2023). Con todo, su edad avanzada, junto con los problemas de salud (en los últimos años se quedó ciega), no facilitaron la difusión y sigue siendo una desconocida para muchos lectores. Aun así, es digno de señalar el compromiso de Impedimenta para con la recuperación regular de su obra, vasta y versátil aunque no comenzó a publicar hasta los cuarenta. Además de narrativa, escribió libros de memorias, teatro y ensayo, siempre desde una mirada postcolonial y feminista que concilia la cultura autóctona de sus raíces y otras minorías étnicas con el enfoque de la mujer cultivada, cosmopolita y progresista que ella fue. Vivió en varios países, trabajó (e investigó) como profesora universitaria, se alejó de sus orígenes para alzarse en voz de denuncia contra las desigualdades. En cierto modo, ese Nobel alternativo, aunque tal vez le restó opciones de cara al verdadero, encaja a la perfección con su personalidad de escritora “periférica” con el foco puesto en la alteridad en sus múltiples representaciones (mujeres, colonialismo, negritud, clases sociales, folklore). Dos de sus libros más importantes, Yo, Tituba, la bruja negra de Salem (1986; Impedimenta, 2022) y el retelling “caribeño” de Cumbres borrascosas Windward Heights (2008; no traducido al castellano) son un buen ejemplo de ello. Victoire. La madre de mi madre también lo es. El hallazgo Una particularidad de Victoire es que, aun siendo una novela, la autora reflexiona además sobre el proceso de escritura. En las primeras páginas evoca el momento de su infancia en el que descubrió que su abuela, a la que no llegó a conocer, era muy blanca y, otra sorpresa, de extracción muy humilde. Victoire fue una cocinera que crio a su única hija sola, una realidad que choca con la de la pequeña Maryse, que crece en un ambiente culto, forma parte de una generación que ha prosperado. En ese hallazgo ya se le encendió la chispa, la curiosidad por esa mujer misteriosa, y años más tarde al fin encontró el tiempo para contar su historia, para reconstruir un pasado que también es el suyo. Desde el principio admite que su búsqueda tiene limitaciones: dada la falta de fuentes, la novela combina realidad e imaginación, no pretende ser una biografía novelada fiel. No puede asegurar cómo se sentía su abuela, cómo fueron sus relaciones, qué temía o anhelaba: “Se trata de una historia tachada, borrada de la memoria colectiva. Pero yo quiero saber”. La imaginación cumple una doble función: le permite rellenar huecos, completar silencios, trazar caminos e iluminar posibilidades; al mismo tiempo, refleja una verdad que, aunque no sea exacta para Victoire, bien puede ser la de otras mujeres. Impedimenta ha elegido subtitular la novela con el descriptivo La madre de mi madre . El original, en cambio, reza Victoire, les saveurs et les mots [ Victoire, los sabores y las palabras ], mucho más adecuado para el viaje compartido que realizan la protagonista y la escritora en esta exploración de la identidad femenina ligada a la práctica creativa. De todos modos, el título en castellano atina al enfatizar la conexión entre madre e hija, un vínculo que se enlazará a su vez con la autora y que constituye uno de los grandes temas de la obra, sobre todo en la segunda mitad. Mujer, pobre y de minoría étnica Victoire ya nació marcada: hija de una muchacha negra de catorce años que murió en el parto, fue criada por su abuela. Su progenitora no reveló la identidad del padre, pero ese color pálido de su piel señalaba a un hombre blanco. Un amo, y, por lo tanto, un abuso o una relación clandestina; algo que estigmatizó a la joven embarazada, en cualquier caso. A la condición de mujer, pobre y bastarda se le sumó esa “blancura australiana” que la alejaba de los guadalupeños: no era la única nacida fuera del matrimonio, pero, para sus semejantes, cuanto más oscura la piel, mayor era el grado de pertenencia. La niña se convirtió en una extraña en ambos mundos. Cuando creció, comenzó a servir como criada, y no tardó en repetir el patrón materno: embarazo no deseado –y en medio de un triángulo que complica su buena relación con la otra mujer, ambas son víctimas a su manera– y una única hija, la madre de la autora, a la que preparará para que aspire a un futuro mejor. En este sentido, Victoire, que con el tiempo adquiere reputación como cocinera y esto le granjea la simpatía de los amos, mantiene unas relaciones que pueden resultar controvertidas con el fin de costear los estudios de la pequeña. Por mucho que su cocina sea un prodigio, una cocinera sola no puede pagar una carrera. Maryse Condé afila la perspectiva de género en su análisis de la figura masculina y los patrones recurrentes en torno a las relaciones que dejan a las mujeres a la intemperie. Más allá del abuso sexual –la autora fantasea con la posibilidad de que hubiera amor–, hasta con consentimiento y deseo de por medio el hombre puede dejarla tirada sin ninguna consecuencia para él, mientras ella afronta un embarazo sola, sin recursos. Se trataba con cierta normalidad el hecho de que los hombres blancos fueran dejando hijos por la colonia, sin llegar a conocerlos ni interesarse lo más mínimo por ellos. Fotografía facilitada por la editorial Impedimenta de la escritora francesa Maryse Condé Además, entre los hombres existe una separación entre la esfera pública y la privada que en el caso de las mujeres se emborrona: el hombre blanco puede mantener relaciones extramatrimoniales e ir sembrando criaturas sin que su reputación profesional se vea perjudicada; mientras tanto, la mujer queda marcada de por vida en todos los aspectos. Él también tiene la libertad de viajar al continente cuando quiera, lo que no solo expande su mundo de un modo inalcanzable para los pobres, sino que aumenta todavía más su desatención de los hipotéticos hijos. La perspectiva poscolonial también aporta sus matices, como la diferente percepción del racismo (mientras que en la novela el “mestizaje” se condena, en los Estados Unidos los negros sin ascendencia blanca identificable siempre están más abajo en la escala social, por ejemplo) o, un aporte interesante, la fluidez de género en las relaciones íntimas, sin restricciones de clase ni de identidad sexual. No es que esto último se aceptara socialmente, pero la cultura popular lo tenía asumido, la autora lo narra con naturalidad, sin ese tabú con sentimiento de culpa que arrastra la cultura cristiana. Cuando la hija de Victoire crece, se produce el inevitable choque generacional: la joven, educada de acuerdo con el sistema occidental, rechaza el rol pasivo que adoptó la madre con respecto a sus patronos. No es que menosprecie sus raíces isleñas; lo que no tolera es que Victoire, y esa generación en general, acatara las órdenes y aceptara los abusos sin rebelarse, o con resistencias tan silenciosas que no se oyen. Victoire incluso les está agradecida porque costearon la educación de su hija. Sin embargo, esa niña ha crecido y forma parte de otro mundo. Están en los albores del siglo XX, todo está cambiando, hay movimientos, organizaciones. Las nuevas generaciones ya no se callan. Empoderamiento entre fogones En la tradición literaria, las artes culinarias suelen estar ligadas a mujeres que gracias a su destreza entre fogones logran emanciparse, rebelarse o liberarse de alguna atadura: Loxandra (1963), de Maria Iordanidu, Linden Hills (1985), de Gloria Naylor, Tomates verdes fritos (1987), de Fannie Flagg, Como agua para chocolate (1989), de Laura Esquivel, Afrodita (1996), de Isabel Allende, Chocolat (1999), de Joanne Harris, El último chef chino (2007), de Nicole Mones, o Mãn (2013), de Kim Thúy, son solo algunos ejemplos. Victoire puede inscribirse en esta categoría. Aunque comienza con las tareas domésticas más ingratas, Victoire, avispada, se fija en el trabajo de las cocineras, del modo en el que tantas mujeres, tantos marginados por la sociedad, han aprendido: a hurtadillas. En cuanto se le presenta la oportunidad, saca a relucir sus habilidades, que sorprenden a todos. Su ingenio reside en el uso de alimentos autóctonos de manera imaginativa, de tal manera que despierta el gusto por la comida criolla en los propietarios. Sin proponérselo, Victoire rinde homenaje a sus ancestros y reivindica su legado con algo tan íntimo, y tan omnipresente, como la alimentación. De forma consciente o no, Maryse Condé tiene otro rasgo en común con la protagonista: la capacidad de sobreponerse a las adversidades, seguir adelante sin quejarse, labrarse el camino por sí mismas A través de su trabajo se hilvana el entramado de relaciones con la familia y el resto del servicio (que no es idílico, en absoluto). Hay blancos y negros, pero solo por fuera: los personajes y sus nexos están llenos de ambigüedades y sombras, como es la naturaleza humana. La autora, como reconoce desde el principio, ve la labor meticulosa y solitaria de su abuela como un arte equivalente al de la escritura; ambas son artistas en su taller que canalizan de forma creativa las inquietudes que les bullen por dentro. Es probable que Victoire no se percibiera a sí misma de este modo, pero esto es una novela, y como símbolo literario es poderoso. Además de la emancipación, su concepción culinaria también refleja el paso del tiempo: dado que mezcla la tradición con sus propias innovaciones, está creando algo nuevo que anticipa una era en la que la identidad (las identidades) gana protagonismo. El individuo busca distinguirse, como los autóctonos buscarán derribar las cadenas del colonialismo y reivindicar su cultura masacrada. Hay varios puntos de inflexión en los que Victoire se reinventa; el último le llega de mano de su hija, y supondrá una ruptura traumática. Preparó a la niña para el nuevo siglo, pero en ese nuevo siglo Victoire ya no encaja. Una “victoria” literaria De forma consciente o no, Maryse Condé tiene otro rasgo en común con la protagonista: la capacidad de sobreponerse a las adversidades, seguir adelante sin quejarse, labrarse el camino por sí mismas, sin victimizarse aunque tendrían motivos para hacerlo. Eso, y un compromiso absoluto con su arte: incluso en sus últimos años, impedida y ciega, dictaba sus historias porque aún tenía mucho que contar, historias inspiradoras como esta, sobre personajes que no tienen voz, sobre lugares y costumbres ninguneados por el Occidente blanco. Sus novelas se leen con deleite, y a la vez resultan instructivas (son dignas de mención las notas aclaratorias de la traductora, fundamentales para contextualizar). La autora demuestra sus dotes para la narración con un estilo ameno, de diálogos vivos y personajes que se robustecen a medida que avanza la peripecia. Se aproxima a la vida colonial y la cultura antillana a través de la vivencia individual de su abuela, que, como ya advirtió, no es fiel a la Victoire real, pero sí representa la realidad de muchas mujeres de su época. Quién sabe cuántos lectores tendría hoy Maryse Condé si hubiera recibido el Premio Nobel verdadero; sea como sea, no hace falta ningún pretexto para disfrutar de la buena literatura, y esta novela lo es. Otra victoria literaria de una gran escritora.

El teatro revive Cerro Belmonte, el barrio de Madrid que se independizó de España y visitó Cuba para frenar la especulación

El teatro revive Cerro Belmonte, el barrio de Madrid que se independizó de España y visitó Cuba para frenar la especulación

'Un verano por metro cuadrado' llega el jueves al Teatro del Barrio de Madrid para recuperar y vincular con el presente una fascinante historia de lucha vecinal desde el humor, la ternura o la sátira política. "Necesitamos escuchar cómo la gente pudo responder y resistir", cuentan sus autoras Gentrificación y amor prohibido se dan la mano en 'Lavapiés', una versión de Romeo y Julieta en tiempos de Airbnb ¿Qué une la historia de un barrio que quiso independizarse de Madrid y del resto del país hace 36 años con las dificultades de hoy día para encontrar un piso decente a un precio no prohibitivo? La obra de teatro Un verano por metro cuadrado , que llega el jueves al Teatro del Barrio de Lavapiés, responde a esta pregunta con un argumento y una puesta en escena tan cómicos como reivindicativos en los que hacen memoria para abordar el presente. El pretexto es Cerro Belmonte, una zona del actual barrio de Valdezarza (en el distrito de Moncloa-Aravaca) que proclamó su autonomía respecto al resto de la ciudad en 1990. Este proyecto que viaja desde el noroeste de Madrid hasta la mismísima Cuba parte de la compañía 7 Minutos de Gloria, formada por artistas multidisciplinares de ámbitos como la escena, la música, la danza o el audiovisual: Manu Cantelli, Lucía Feijóo Robles, Laura Delgado, Nayarit Fuentes, Marta Guijarro Rojas, Cristina Marco, Paula Mira y Marina Margallo. Nayarit y Marta explican cómo empezaron a trabajar en la idea hace tres años, aunque han ido “a fuego” estos últimos meses. El concepto se había implantado en sus cabezas mucho antes: “La noticia nos llega a personas del colectivo en 2015. Estábamos con nuestra anterior obra, 7 minutos de gloria , y nos pareció brutal. Ya teníamos en el tintero hacer algo sobre vivienda por la situación social y por circunstancias personales, al final todas vivimos de alquiler”. Comenzaron entonces el trabajo de bucear en el archivo y la hemeroteca de una historia tan inaudita como premonitoria. El 6 de septiembre de 1990, los vecinos de Cerro Belmonte se enfrentaron a la expropiación por parte del propio Ayuntamiento liderado por Agustín Rodríguez Sahagún (UCD), que pretendía construir unos chalés de alto standing en sus terrenos. A cambio, les entregarían poco más de cinco mil pesetas (30 euros) por metro cuadrado y los reubicarían en pisos de Vallecas y Villaverde, en el otro extremo de Madrid. Los residentes se manifestaron y solicitaron una reunión con el alcalde. Por entonces una figura luego tan controvertida como la de Miguel Blesa , al frente de la gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento, defendía que la decisión ya estaba escrita en las directrices del Plan Inmobiliario de la ciudad. Pese a la cerrazón de la corporación municipal, los habitantes de lo que hoy es Valdezarza se negaron a abandonar sus casas bajas. "No queremos pertenecer a un Ayuntamiento que quiere explotarnos” “Resistiremos y además nos independizaremos de Madrid. No queremos pertenecer a un Ayuntamiento que quiere explotarnos”, espetó en un celebrado discurso la abogada y representante vecinal Esther Castellano. La amenaza no se quedó en proclama vacía, sino que organizaron un referéndum en el que la declaración de Estado independiente durante una semana arrasó con 214 votos a favor y solo dos en contra (aunque algunas papeletas fueron nulas al incluir insultos al regidor). De La Habana al mito en TikTok La movilización fue tal que una comitiva del barrio, aprovechando una coyuntura internacional tensa entre el Gobierno español y el de Cuba, se trasladó a la isla para elevar su caso nada menos que a Fidel Castro después de que Castellano enviara una carta a su administración. “Castro sí escuchó a Cerro Belmonte y, para meter más el dedo en el ojo a las autoridades españolas, regaló 25 viajes de diez días a La Habana, sorteados entre los vecinos en una verbena a ritmo de salsa. La expedición rebelde es recibida por el Comandante como si fuese una visita de estado. Castro les obsequia con un lote de regalos (puros y libros) y les intenta convencer de que se queden, asegurándoles casa y trabajo, pero los belmonteños quieren volver a casa. A la vuelta del viaje, Sahagún continúa negándose a recibirlos, esta vez ya muy molesto por el espectáculo y las risas de dos continentes”, recuerda este artículo de El Salto . La presión vecinal e internacional acabó permitiendo la continuidad de los residentes, al menos por un tiempo. En lo que hoy es Valdezarza solo sobrevive una de aquellas casas bajas. Pero las autoras de Un verano por metro cuadrado no quisieron dejar al espectador con ese regusto amargo al plantear la obra y apuestan por adaptar lo ocurrido gracias al poder de la ficción: “¿Qué significa ganar? Simplemente, damos nuestro broche final sobre lo que nos hubiera gustado que ocurriera, que fuera. Para aprender de los errores y aciertos y hasta para saber por qué fue tan divertido”. Marta también quiere indagar en “por qué nos inspira, ya que necesitamos escuchar cómo la gente pudo responder y resistir, saber si en el sistema en el que vivimos se puede ganar del todo ante máquinas tan grandes”. Damos nuestro broche final sobre lo que nos hubiera gustado que ocurriera, que fuera. Para aprender de los errores y aciertos y hasta para saber por qué fue tan divertido Nayarit Fuentes — Coordinadora de dramaturgia y textos en 'Un verano por metro cuadrado' Un ejercicio de imaginación que nace también del perfil bajo actual de los implicados en aquellos sucesos: “Cuando creamos la historia quisimos respetar el derecho de los afectados que no querían hablar de ella. En redes sociales como TikTok ha llegado a idealizarse un poco y a usarse para el estractivismo. Además, aunque no queremos destripar el desenlace, está claro que no acabó como en los cuentos de hadas. No es una obra de teatro documental, así que la hemos derivado para abordar una idea de promesa colectiva”. Indican de hecho que el contacto ha sido mayor con la actual asociación vecinal de Valdezarza, “un barrio donde vive mucha gente joven”, que con las víctimas de los hechos originales. Teatro colectivo, satírico y con buen rollo Nayarit define así la propuesta como “una comedia feel good en un mundo de tragedia absoluta”. Una “sátira política” elaborada en colectivo, como los propios acontecimientos que retratan, ya que “ocho cerebros piensan más que uno y pulen mejor una historia”. “Es como un espejo entre creación y lo que ocurrió, también en lo difícil”, opina. “Si un tema es universal, es más difícil que un solo autor tenga la verdad absoluta”, apostilla Marta. Para ello echan mano de la técnica conocida como devising o teatro ideado, un método en el que el guion se origina a partir del trabajo colaborativo, a menudo improvisado, de un conjunto de interpretación. “La composición escénica se origina no solo a partir de un texto, sino de ideas, símbolos o movimientos”, describe Nayarit. Así, el “imaginario surrealista” de esta historia se entremezcla con un código escénico y de personajes muy concreto: noventero, de sitcom , divertido y tierno. Entre esos símbolos reconvertidos en hilo narrativo destaca una de las estrellas de la Comunidad de Madrid. Los vecinos de Cerro Belmonte, a modo de gesto, “secuestraron” este elemento de la bandera autonómica (incluido también en la del barrio) para negociar con el Ejecutivo regional. La idea, explica Nayid, era “revertir un símbolo institucional para el pópulo y hablar con ello de quién tiene la capacidad de toma de decisiones”. Una muestra de rebeldía que ha vertebrado la promoción, con la propia estrella como elemento que nos introduce en el relato. Una campaña que ha demostrado ser todo un éxito, visto que ya no quedan entradas para las cuatro funciones anunciadas los jueves 12 y 26 de febrero y 12 y 26 de marzo. Nayarit y Marta avanzan en conversación con Somos Madrid que ya trabajan en habilitar nuevas fechas. Un hilo con el presente: la expulsión “a cara destapada” convertida en “desahucios invisibles” Proceso creativo al margen, el argumento de Un verano por metro cuadrado pilla muy de cerca a sus creadoras, como señala Marta: “El de Cerro Belmonte era otro contexto, de propietarios, aunque fuera en viviendas autoconstruídas. Pero hay muchos puntos en común con lo que vivimos todas estando de alquiler en Madrid, en barrios como Puerta del Ángel o Carabanchel. Digamos que en los noventa la especulación y la expulsión era a cara destapada. Ahora, otro compañero y yo estamos sufriendo un desahucio invisible, después de subidas del alquiler del 200% que te obligan a marcharte. Es la misma historia pero con otras herramientas”. La comisión judicial comunica a una familia que van a ser desahuciados de su casa en Getafe (Madrid), en una de las fotografías de la exposición que acompaña a la obra. Este hilo conductor no ha pasado desapercibido para una entidad cultural tan volcada en el compromiso social como el Teatro del Barrio, del que partió la iniciativa de acompañar la obra con una exposición en sus instalaciones de imágenes de desahucios retratados por el prestigioso fotoperiodista Olmo Calvo . Marta, también miembro del Sindicato de Inquilinas de Madrid, adelanta asimismo que están trabajando en poner en marcha un taller con dicha organización: “Nos han ayudado además en la documentación con el guion, que ha sido compleja, ya que hemos tenido que estudiar planes urbanísticos de los noventa o estrategias de negociación en bloques que se quieren vender”. La agrupación de arrendatarios se revela así como un movimiento de resistencia que sigue el ejemplo de los vecinos de un barrio que removió cielo y tierra para no ceder su tierra, su identidad y su destino. 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Chris Hemsworth intenta alejarse de Thor: “Ya no podía esconderme bajo esa imagen de masculinidad”

Chris Hemsworth intenta alejarse de Thor: “Ya no podía esconderme bajo esa imagen de masculinidad”

El actor se reencuentra con otro habitual de Marvel, Mark Ruffalo, al frente de un intenso thriller policíaco que se refleja en una época pre-superhéroes de Hollywood Entrevista - Alice Rohrwacher, cineasta: “Hacer una película con dinero público es un orgullo y una responsabilidad” El Universo de Marvel ya había alcanzado algo así como un clímax a mediados de la década pasada. De modo que a Chris Hemsworth —uno de sus cimientos ineludibles al haber empezado a interpretar a Thor en 2011— no le quedaba otra que convertirse en una estrella de Hollywood en tiempo récord. Sin apenas tiempo de probar otro tipo de papeles, aunque tomando un par de decisiones muy llamativas alrededor del taquillazo histórico que fue Los Vengadores . En 2013, interpretó al piloto James Hunt en Rush , la estupenda película de Ron Howard dedicada a la Fórmula 1. Y, dos años después, se encontró a las órdenes de otro cineasta de prestigio. Este, sin embargo, tenía un trato mucho más difícil que Howard. “No quiero criticar a Michael Mann”, dice Hemsworth en un encuentro con varios periodistas justo antes de criticar a Michael Mann. “Pero su atención al detalle es enfermiza y agotadora. Es muy meticuloso, y para mí fue una experiencia desafiante”. Mann fichó a Hemsworth como protagonista de Blackhat : un thriller informático donde el intérprete de Thor daba vida a un improbable hacker . “Me sentía incómodo e inseguro, y cuestionaba todo lo que hacía. Dudo que de ahí saliera mi mejor interpretación”. Mann, que siempre ha tenido fama de perfeccionista, no se topó con críticas demasiado buenas en Blackhat . Y Hemsworth no tiene por qué lamentar que su experiencia con él no fuera del todo buena, porque desde entonces ha afrontado otros papeles igual de desafiantes con resultados más satisfactorios. El descacharrante alivio cómico de Cazafantasmas (2016). El villano esquizofrénico de Furiosa: De la saga Mad Max (2024). Hemsworth no tendría por qué acordarse de Mann, si no fuera porque el legado de este cineasta es bien palpable en Ruta de escape, s u última película como protagonista donde interpreta a un ladrón de férrea profesionalidad y arraigados principios. Él es Davis, y su gran perseguidor es el detective Lou Lubesnick, que encarna Mark Ruffalo tras haber acompañado a Hemsworth dentro del Universo de Marvel como Hulk —en Thor: Ragnarok incluso fueron coprotagonistas— para integrar una dupla que, desde lados distintos de la ley, acaba forjando una relación de respeto mutuo. Exactamente igual que Robert De Niro y Al Pacino en Heat , la película más famosa de Mann y un espejo en el que Ruta de escape se refleja inevitablemente. Su trama se ambienta asimismo en Los Ángeles. El ladrón deconstruido “No puedes hacer una película policíaca en Los Ángeles sin lidiar con la sombra de Heat ”, admite Bart Layton. Es el director de Ruta de escape . Su filmografía hasta ahora es escueta, pero ha mostrado un interés reiterado por abordar la delincuencia de EEUU desde el desconcierto y una ligera distancia. Porque él es inglés, de Londres, y llamó bastante la atención en 2018 con American Animals . Este filme protagonizado por Evan Peters y Barry Keoghan (también presente en Ruta de escape ) mezclaba ficción con documental para adentrarse en un sorprendente caso real: dos jóvenes que en 2004 habían intentado robar la biblioteca de su universidad. El interés de Layton por matizar psicológicamente a estos personajes halla continuidad en Ruta de escape , adaptación de un relato de Don Winslow. También con los policías y ladrones traumatizados de Heat , claro, aunque en este sentido Layton prefiere distanciarse. “Queríamos algo más cálido. Por supuesto que adoro Heat , pero yo buscaba personajes que se parecieran más a nosotros. Vulnerables, con defectos, con las mismas ansiedades que muchos tenemos. Esa era la idea aunque también queríamos que tuviera una cierta cualidad clásica”. Ahora la gente tiene su cine en casa, Netflix está en todas partes y existe el instinto de que, si vas al cine, ha de ser un evento. Aunque no sé exactamente qué es un evento Bart Layton — Cineasta En una escena de Ruta de escape Davis es comparado con los personajes que interpretó Steve McQueen en la década de los 60, entre Bullitt y, naturalmente, el ladrón de guante blanco de El caso de Thomas Crown . No obstante Hemsworth insiste en subrayar la vulnerabilidad de su personaje frente a McQueen o Robert De Niro, particularmente gracias a su colaboración con Layton. “Mi trato con Bart ha sido muy distinto de cuando trabajé con Mann. Él también tiene precisión y atención al detalle, pero, además, es colaborativo. Y adoro cómo te guía, cómo tiene los brazos abiertos a nuevas ideas. Seguramente esta haya sido mi mejor experiencia en un rodaje”, asegura. La personalidad de Davis se tejió alrededor del guion —coescrito por Layton y Peter Straughan, responsable de la adaptación de Cónclave — y de amplias conversaciones entre actor y director. “Fue muy constructivo hablar con Bart sobre su visión del personaje, sobre lo humano que era este tipo y lo mucho que dudaba de sí mismo”, explica Hemsworth. “Todas esas emociones humanas que normalmente no vemos dentro del sistema operativo del supuesto criminal, héroe o antihéroe, llámalo como quieras. Pensé que la vulnerabilidad podía conectar con el público”. Para el australiano fue “terapéutico” ponerse en la piel de David, cuyo último y más difícil golpe centra el argumento de Ruta de escape . “Al interpretarlo empecé a explotar esas emociones dentro de mí. Me metí en la piel de otra persona y vi el mundo a través de una lente diferente que también me permitía mirar hacia atrás, hacia mí mismo”. El mismo Hemsworth admite que ha sido un gran cambio tras los personajes que viene interpretando en otras películas de acción, desde Thor hasta el protagonista de Tyler Rake . “Puedes intentar que parezcan humanos, pero cuantos más tipos malos derrotan y más misiones cumplen, menos cercanos parecen”. “Cuando han recibido 4.000 disparos, y sabes que recibirán 4.000 más, y sabes que aun así estarán de vuelta en la siguiente película… El escapismo es divertido también, claro. Pero Davis no solo es un tipo duro, y lo que he encontrado en él ha sido tan desafiante como para desnudar mi propia personalidad”. Hemsworth sugiere que había llegado a creerse esa fachada viril antes de Ruta de escape: “He interpretado a un dios durante gran parte de mi carrera, y eso se queda contigo. Pero Bart estuvo muy encima de mí todo el tiempo por si le llegaba a recordar a Thor y a Tyler Rake. Y me sentí muy vulnerable porque ya no podía esconderme bajo esa imagen de masculinidad”. Un thriller a la vieja usanza Nada de esto significa que Hemsworth se haya cansado de Thor. “He hecho algo distinto con este personaje cada dos películas más o menos. Entre Taika Waititi, los Russo, Vengadores: Endgame … No lamento que mi camino haya sido así, pero ante todo quiero hacer películas que me desafíen, que sean complejas y diferentes”, cuenta el actor meses antes de que vaya a interpretar nuevamente al Dios del Trueno en Vengadores: Doomsday , próximo gran crossover de la franquicia. Ruta de escape , en ese sentido, es un intento sorprendentemente sólido de alejarse de algunas inercias productivas en las que ha ido cayendo Hollywood durante los últimos años. Comandada por actores de primera fila como Hemsworth, Ruffalo y Keoghan —a quienes hay que añadir a Halle Berry y Monica Barbaro, nominada al Oscar el año pasado por Un completo desconocido —, Ruta de escape es una producción de presupuesto medio que confía sobre todo en un guion punzante, cruzado por varias subtramas y personajes secundarios alrededor del ladrón protagonista. Layton es consciente de que es una rara avis , y lamenta el estado en el que se encuentra la industria. Monica Barbaro y Chris Hemsworth en 'Ruta de escape' “La covid aceleró algo que quizá iba a ocurrir de todas formas”, opina sobre la disminución de público en las salas tradicionales. “Ahora la gente tiene su cine en casa, Netflix está en todas partes y existe el instinto de que, si vas al cine, ha de ser un evento. Aunque no sé exactamente qué es un evento”, añade. “Supongo que Marvel y Star Wars . Pero antes teníamos experiencias diferentes, con películas de cualquier presupuesto. Y no había problemas si en los primeros 10 minutos no sucedía nada impactante”. Tanto Layton como Hemsworth tienen presentes unas declaraciones recientes de Matt Damon, asegurando que Netflix exige que todas sus películas empiecen con una gran escena de acción y contextualicen la trama a cada tanto, por si el espectador está mirando el móvil y se pierde. “Durante los 10 minutos iniciales de Ruta de escape no sabes qué está ocurriendo”, comenta Layton sobre la ambiciosa primera secuencia de su película. “Y ese es el sentimiento que buscamos. No sabes adónde vas, pero sabes que estás en buenas manos”. Hemsworth sostiene, por su parte, que “el evento debería limitarse a levantarse del sofá, reunir a la familia, ir al cine y pillar palomitas”. “Ese es todo el evento que necesitamos, pero nos han malacostumbrado a una gratificación instantánea y se ha acortado nuestra capacidad de atención, con tantos medios compitiendo entre sí y con algoritmos que obligan a hacer las películas de cierta manera”. Hemsworth y Layton coinciden en que otro aliciente de Ruta de escape —otro motivo para acudir al cine a verla— es su complejidad dramática. “Nuestro objetivo era que la historia fuera desafiante. Davis puede ser una persona corrupta en tanto a criminal, pero él tiene un código y muchos sistemas, en cambio, son corruptos. La policía, por ejemplo. Uno de los tipos con los que hablé para documentarme había dejado la policía de Los Ángeles por la presión de las cifras de arrestos. Sentía que su trabajo se estaba alejando de la comunidad para ser simplemente algo corporativo”. Es justo lo que le sucede al personaje de Ruffalo. Y lo que le hace empatizar con el de Hemsworth. El actor cree que el punto fuerte de Ruta de escape está en su ambigüedad y en el retrato de “los grises en las áreas de la ley”. “Que los tipos buenos no sean los que llevan la placa necesariamente, y que los tipos malos no sean tan malos como parece. Es lo que me gusta de la película, que representa a seres humanos reales. Se trata de eliminar prejuicios y de admitir que todos hacemos lo que podemos cada día, o al menos lo intentamos desde nuestra perspectiva. Sea cual sea”.

Textiles, luz y percepción: así pueden ayudarte a que tu casa sea un lugar más agradable

Textiles, luz y percepción: así pueden ayudarte a que tu casa sea un lugar más agradable

La temperatura de la luz puede contribuir a modificar el ánimo; la textura de una alfombra, a construir recogimiento o activación Por qué están desapareciendo las puertas de los baños El espacio no es neutral. Cuando entramos en una habitación, el cuerpo responde antes que la conciencia: la temperatura de la luz puede contribuir a modificar el ánimo, la textura de una alfombra, a construir recogimiento o activación. Los textiles y la luz ayudan a construir hogares que respondan al estado emocional, a la hora del día, a cómo necesitamos habitar en cada momento. Diseñadores como Werner Aisslinger, Patricia Urquiola o el estudio danés Aggebo & Henriksen trabajan desde esta comprensión, que también puede ser aplicada en cierta medida a nuestros espacios. Aisslinger recurre a fibras técnicas y estructuras modulares. Urquiola diseña la alfombra Trame, donde color y textura construyen profundidad visual. Aggebo & Henriksen exploran tejidos translúcidos que transforman la relación entre interior y exterior en algo gradual. Maurice Merleau-Ponty lo formuló en Fenomenología de la percepción: el cuerpo no ocupa el espacio, lo habita sensorialmente. Cada textura, cada temperatura cromática, cada grado de transparencia construye experiencia antes que imagen. Textiles que ayudan a cambiar el espacio En espacios abiertos, la alfombra delimita sin cerrar. Una pieza generosa bajo el sofá y la mesa construye territorio. Por ejemplo, el pelo largo en tonos tierra invita al descanso, las fibras planas y geométricas mantienen el espacio activo. El material modula la experiencia: la lana virgen aporta calidez táctil y acústica, el algodón o el yute mantienen la frescura. Las cortinas median entre interior y exterior. Los tejidos translúcidos filtran luz sin bloquearla, modulan la temperatura acústica absorbiendo reverberación y, según la fibra, pueden regular la humedad. Lilly Reich comprendió esta capacidad arquitectónica del textil en su colaboración con Mies van der Rohe. En el Pabellón de Barcelona de 1929 y la Casa Tugendhat, en ambos proyectos, las cortinas de terciopelo no decoraban sino que construían particiones espaciales móviles. Reich empleó telas suspendidas para desdibujar límites arquitectónicos, transformando el textil en elemento estructurante del espacio. En espacios abiertos, la alfombra delimita sin cerrar. Una pieza generosa bajo el sofá y la mesa construye territorio La superposición construye capas de función. Una cortina translúcida como primera barrera filtra la luz diurna. Una opaca proporciona oscuridad total. El color modifica la luz que penetra: los tonos cálidos tiñen el espacio de calidez, los fríos mantienen neutralidad. Los textiles móviles como las mantas, cojines o colchas, introducen variación sin permanencia. Una manta de lana o de un tejido grueso sobre el sofá regula la temperatura física y emocional. Su retirada en verano mantiene el espacio fresco. El color construye calidez o frescura perceptiva aunque no modifique grados reales. La luz como moduladora La luz no solo ilumina: contribuye a modular la actividad cerebral. La temperatura de color, medida en grados Kelvin, y la intensidad luminosa pueden operar sobre el sistema nervioso desencadenando respuestas fisiológicas específicas. Una luminaria cenital con alta intensidad genera un entorno funcional que facilita procesos de atención y concentración. Una lámpara con baja intensidad lumínica transforma el espacio en refugio nocturno, preparando al organismo para el descanso. Estos factores pueden contribuir a modificar ritmos circadianos y estados de ánimo. El color construye calidez o frescura perceptiva aunque no modifique grados reales La luz de tarea, focalizada mediante flexos o lámparas direccionales, responde a necesidades específicas de cada actividad: lectura, trabajo con ordenador, preparación de alimentos. Los espacios domésticos contemporáneos requieren estratificación lumínica en tres niveles operativos. La luz general, cenital o indirecta, establece la base lumínica sin crear zonas de contraste extremo. La luz de tarea, focalizada mediante flexos o lámparas direccionales, responde a necesidades específicas de cada actividad: lectura, trabajo con ordenador, preparación de alimentos. La luz ambiental construye atmósfera sin cumplir una función práctica directa, operando sobre la dimensión emocional y perceptiva del espacio. La regulación independiente de estos circuitos permite reconfigurar el espacio según las necesidades del momento. Los sistemas de bombillas regulables modifican la intensidad y temperatura cromática sin instalaciones complejas. Por la mañana, luz fría de alta intensidad activa. A mediodía, luz neutra para sostener la concentración. Al atardecer, la luz cálida de baja intensidad facilita la transición hacia el reposo. En proyectos recientes, esta lectura conjunta de luz y color se radicaliza en interiores como Espacio Singular , de Rosana Galián del estudio de Arquitectura Ambigua estudio, donde los 70 metros cuadrados de un apartamento en Benidorm se convierten en un único paisaje cromático y lumínico para cocinar, trabajar y recibir. Allí, un fondo continuo de blancura neutra convive con frentes azul eléctrico y fresa ácida, azulejos aerografiados pieza a pieza y vidrios coloreados que tamizan la luz como una vidriera; la misma planta soporta escenas muy distintas según cómo inciden los LED lineales, los focos sobre carril o la luz naranja filtrada en el baño–spa, que cambia por completo la temperatura emocional del espacio. Al atardecer, la luz cálida de baja intensidad facilita la transición hacia el reposo Cuatro aplicaciones prácticas para probar en casa La transformación de un espacio a través de textiles y luz no requiere una inversión significativa, sino comprensión de sus principios operativos. Un salón estándar puede reconfigurarse con cuatro intervenciones básicas. Primera: colocar una alfombra bajo el área de estar, dimensionada para que el sofá y las butacas reposen sobre ella con al menos las patas delanteras. El material depende del clima: lana para ganar calidez acústica y térmica, algodón o yute si buscas frescura. Segunda: instalar bombillas regulables en intensidad y temperatura cromática, organizando tres circuitos independientes correspondientes a luz general, tarea y ambiente. Tercera: incorporar textiles móviles que puedan retirarse o añadirse según la estación y el estado anímico, como por ejemplo una manta gruesa, cojines de distintas texturas o una colcha ligera para verano. Cuarta: instalar cortinas de doble capa en las ventanas principales, combinando tejido translúcido y opaco en la misma barra o en rieles paralelos. Estas cuatro intervenciones operan sobre las tres dimensiones perceptivas que determinan cómo habitamos el espacio. La alfombra organiza espacialmente y absorbe acústicamente, reduciendo reverberación. La iluminación regulable modifica temperatura cromática y construye escenarios lumínicos distintos para distintas actividades dentro del mismo día. Los textiles móviles introducen variación térmica y visual sin alterar la estructura física. Las cortinas modulan la relación con el exterior, construyendo gradaciones de apertura y clausura. La propuesta no consiste en seguir tendencias, sino en reconocer que los espacios domésticos contemporáneos, cada vez más pequeños y precarizados, requieren flexibilidad operativa. A menudo, el mismo salón funciona como oficina durante la mañana, comedor al mediodía y sala de estar al atardecer. Esta multiplicidad de usos no puede resolverse mediante arquitectura fija sin multiplicar los metros cuadrados, recurso cada vez más escaso en entornos urbanos. En espacios híbridos, buscar esa flexibilidad puede ir más allá del mobiliario, buscando apoyo en las superficies textiles y en la luz para recomponer la escena según lo que ocurre.